El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

KATÁBASIS: siete viajeros cubanos sobre el camino*

Cover Katabasis actual book

No un exilio de dos o tres lustros, sino de más de medio siglo es la manera en que los movimientos diaspóricos que marcaron la segunda mitad del siglo XX en muchas regiones del mundo se ensañaron con Cuba después del triunfo de la Revolución Cubana el primero de enero de 1959. Desde entonces, a dicho éxodo se han integrado, en diferentes oleadas, numerosos poetas cubanos de prácticamente todas las generaciones y promociones literarias del pasado siglo.

Con edades que oscilan entre los 84 y los 31 años, los siete poetas cubanos aquí incluidos —uno por década de nacimiento, desde la de 1920 hasta la de 1980— han experimentado en carne propia la residencia en otra tierra más o menos ajena a la suya de origen: ellos son Nivaria Tejera, Orlando Rossardi, Isel Rivero, Jesús J. Barquet, Damaris Calderón, Joaquín Badajoz y Yoandy Cabrera. Pero no se trata aquí del consabido cúmulo de ganancias, pérdidas o conflictos que resulta de la experiencia del destierro —la cual, como le ocurrió a José Martí en el siglo XIX, ha sido en varios de nuestros autores más extensa que la experiencia de vida dentro de la Isla—, sino de otra realidad quizás más significativa: el constatar que esta distancia espacial y temporal no ha logrado sustituir o borrar en ellos, es decir, en nosotros, la primera matriz de nuestro ser. (…)

He aquí textos que desde la lejanía —una de las diez categorías o esencias de lo cubano reveladas en nuestra poesía por Cintio Vitier— reconstruyen, no una Isla en el Trópico para deleite de los turistas de una u otra calaña, sino una íntima Nación en su trágico suceder contemporáneo, pues para los poetas de Katábasis dicha matriz no puede desentenderse de tal contextualización no sólo sociopolítica e histórica, sino también sicoemocional y familiar. Atentos a esa pulsión y dueños de un campo de referencias que transforma su asunto en materia transpersonal y transnacional, estos poemas piensan y metaforizan la Nación de una manera que se quiere trascendida. Corroboran así los siguientes sentidos que Vitier incluyó en su concepto de lejanía: entre otros, la historia y cultura como sueño, la ‘lejanización’ radical del mundo, los anhelos reminiscentes y la nostalgia desde fuera (emigración).

Según Vitier, la lejanía —diferente a la distancia, ya que esta “es un hecho físico”, mientras que “la lejanía pertenece al alma”— ha desempeñado un papel primordial en la sensibilidad de los cubanos: “lo cubano, en una de sus dimensiones esenciales, se manifiesta siempre como lejanía.” Y aunque algunos lo hayan olvidado o desconozcan, la primera iluminación lírica de Cuba —asegura Vitier— se verificó desde el destierro, en los versos de José María Heredia, quien hace que la Isla se convierta en patria, no en simple tierra natal sino “en patria que brilla distante, lejana, quizás inalcanzable.” Como ejemplo canónico, cita Vitier —y con él todo un tipo de tradición nostálgica— el trasplante imaginario de unas palmas (“símbolo de la patria”) al paisaje natural del Niágara descrito por el hablante poético de la famosa oda de Heredia: “¿Por qué no miro / alrededor de tu caverna inmensa / las palmas, ¡ay!, las palmas deliciosas, / que en las llanuras de mi ardiente patria / nacen del sol a la sonrisa, y crecen, / y al soplo de las brisas del Océano / bajo un cielo purísimo se mecen?”

Pero no es ese Heredia sumido o detenido en una visión falsamente paradisíaca de la patria lo que nos resulta ahora pertinente, sino el que altivo renace en la desatendida estrofa siguiente y corrige inmediatamente su estrabismo al reconocer —cambiando el lamentoso “ay” por un “oh” maravillado— que “Nada, ¡oh Niágara!, falta a tu destino, / ni otra corona que el agreste pino / a tu terrible majestad conviene.” La afirmación de Vitier de que en Heredia “se ilumina el perfil erguido, noble, ético, del paisaje”, es corroborada aquí, pero no con relación al supuesto edén insular donde crece la palma —edén que ahora Heredia califica de “frívolo jardín” que a su habitador sólo inspira “muelle placer”, “ocio blando” y “mezquino deleite”—, sino con relación al Niágara, al que “la suerte / guardó más digno objeto, más sublime”. Reconociéndose así en su nueva realidad, el ser nostálgico reafirma entonces la condición moral de su destierro cuando le dice al Niágara lo siguiente: “El alma libre, generosa, fuerte, / viene, te ve, se asombra, / el mezquino deleite menosprecia, / y aun se siente elevar cuando te nombra.”

Son muchos los libros y autores que han resumido e interpretado el período cubano comprendido entre 1959 y el presente, pero tal necesaria labor ha sido usualmente realizada con una u otra intención o subordinación, y desde la perspectiva del historiador, del ideólogo, del político, del economista, del sociólogo… Como ellos, hemos querido nosotros realizar aquí una labor parecida, pero desde el campo autónomo de la poesía, cuya escritura e imágenes trabajan más —diría Ángel Rama— “sobre la energía desatada y libre del deseo que sobre los datos reales que se insertan en el cañamazo ideológico para proporcionar el color-local convincente.”

En nuestra labor nos apoyan tres razones de estirpe origenista, resumidas por Vitier desde su frustración en diciembre de 1957 ante aquel otro —pero similar al actual— “callejón sin salida de nuestra historia” que le tocó vivir cuando impartió sus reveladoras conferencias sobre lo cubano en la poesía. Primera razón: “si la poesía es algo más que sonido, tiene derecho a que se oigan sus testimonios del ser libremente, sin traducirlos a otros bárbaros lenguajes”; segunda razón: “cuando el poeta cumple y es fiel a las intuiciones de su alma, no deja nunca de ofrecer a la postre un rendimiento claro para todos”; y no menos relevante que las anteriores es la tercera razón: la convicción tal vez ilusoria de que “la poesía nos cura de la historia.”

No obstante esa posible cura, en el denso entramado de nuestros poemas confluyen los más disímiles reclamos, angustias, denuncias, dudas y preguntas que les hacemos a la historia y a la intrahistoria nacionales de los últimos 54 años. Estas metafóricas propuestas son quizás acertijos, parábolas u oráculos sobre un presente prolongado ya en demasía y algún futuro que quisiéramos inconfiscablemente coral, como nos propusimos que fuera este libro. (…)

Fue Isel Rivero, autora del profético poema La marcha de los hurones (1960), quien propuso y justificó el título de Katábasis de la siguiente forma: “No hemos sido los únicos, ni tampoco los últimos. El viaje siempre fue búsqueda. El viaje forzado, como expulsión o escape, también representó exploración de límites. La situación, el lugar donde se está, donde se ha recalado, como eterna pregunta de quiénes somos, a dónde vamos y por qué estamos aquí. En ese viaje prima el descenso de la montaña hacia la costa, el descenso a los infiernos. De ahí el griego ‘katábasis’, por contraposición a ‘anábasis’. Quisimos buscar la bifurcación donde ausencia, partida o despedida deja de ser nostalgia y se trasciende a sí misma. Ahí comienza el verdadero viaje, el descenso, el encuentro con lo desconocido. Se vencen los terrores que acechan en las turbulentas aguas o en las cavernas del Averno. Si miramos atrás, no hemos estado solos en esta empresa. Nos acompañan siglos de errante vagar. La recompensa última es encontrarnos a nosotros mismos. (…) Lo que se afirma en [estas páginas] es que somos testigos, que nuestra voz ha asumido el reto y que estas palabras abren con un abrazo la experiencia vivida, única y compartida.” (…)

Nivaria, Orlando, Isel y yo fuimos como viajeros que por azar coinciden en un crucero del camino, ya que nuestros respectivos poemas se escribieron sin previa consulta entre nosotros y aparecieron por separado en diferentes publicaciones de los últimos años. Pero al leerlos, Isel y yo percibimos cierta imantación entre ellos: eran poemas largos que, cada uno a su modo, conformaban y proyectaban hacia el futuro una visión más abarcadora y concluyente de nuestra condición y experiencia histórica. Atribuimos entonces a la edad y mayor tiempo residiendo fuera de Cuba, el haber arribado a tal visión, pero bien podíamos estar equivocados y ser otras las razones, por lo que nos interesó averiguar si cubanos nacidos y llegados al exilio en décadas más recientes poseían poemas de similar intención. Informándoles de manera muy general lo que buscábamos, convocamos a varios de esos autores, y fueron Damaris, Joaquín y Yoandy quienes nos sacaron del error: expresamente revisadas (Damaris) o creadas (Joaquín y Yoandy) para Katábasis, sus colaboraciones cumplían de forma cabal con nuestro tema, el cual con ellos reveló no ser un asunto de tiempo físico sino de intensidad poética.

Al enviar su texto, me confesó Joaquín lo siguiente: “Te envío este texto, dedicado a ti, que has destapado los demonios del invierno. Tengo muy poca poesía dedicada, pero aquí se impone la dedicatoria porque lo cierto es que no tenía intención de esta mirada panóptica al pasado desde el presente, pero, como abogado del diablo y acicate, me has provocado este texto largo, angustioso quizás, que debí haber escrito en unos veinte años.”

Yoandy por su parte, sin saber que estaba experimentando el objetivo dialógico y especular de todo el libro, también comenta la gestación y sentido de su poema: “Quiero seguir creyendo en estos impulsos. De un golpe he escrito ‘Los sueños de Anu’, es la respuesta a mi poema anterior ‘El sueño de Gilgamesh’. Hay un momento en que la lectura y las vivencias se funden con el lirismo y la política. Entonces reverberan desde muy dentro, desde la vivencia más íntima. Esa mezcla es explosiva, volcánica, agónica en mí. Soy un animal civil. De ahí sale, en un solo golpe de escritura, ‘Los sueños de Anu’. La esencia del texto es dialógica y a la vez egótica, parte del referente babilónico que actualizo y hago mío, refleja nuestra ‘maldita circunstancia’, habla de un amor dividido por un hacha invisible, por fronteras y leyes absurdas, como casi todo lo humano. Es un dilema que todavía hoy enfrento. Mejor que cada uno lea su vivencia, como en un espejo, entre mis palabras.”

Dialogan los poemas entre sí, así como con los autores y textos que citan o encarnan, y más aún quisieran dialogar también con ustedes, los lectores. Para todos nosotros sea este cuaderno, entonces, un amuleto contra el olvido o una enfebrecida brújula o bitácora hacia un futuro imprevisible (…). Pero ojalá que nuestros cambios personales y la amplia diversidad que, hasta desconocida o excluida, ha caracterizado a nuestra Nación y su diáspora, no sigan siendo motivo para esas discordias irreconciliables que nos han querido imponer por décadas, sino para invocar un posible aunque inédito tiempo de coincidir, donde podría estar nuestra morada. (…)

Jesús J. Barquet

Las Cruces, septiembre de 2013

*Fragmentos del prefacio “Tiempo de coincidir” al libro Katábasis (Las Cruces: La Mirada, 2014), editado por Jesús J. Barquet e Isel Rivero.

Puede adquirir el libro, enviando un money order por US$ 12.00 para envío dentro de los Estados Unidos, o por US$ 16.00 para envío a otros países. El money order a nombre de Jesús Barquet debe ser enviado a:
1672 High St.
Las Cruces, NM 88011
Estados Unidos de América
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Esta entrada fue publicada el enero 30, 2014 por en Autores, Crítica, Tradición clásica.
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