El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

´Las suplicantes´ de Eurípides: la tragedia después de la tragedia

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Alrededor de la puerta Electra me quedé firme en pie y tomé como observatorio una torre despejada.

Eurípides

Las mujeres de Argos, las madres de los jóvenes muertos frente a las siete puertas, han venido a Eleusis a rogarle a Teseo ayuda para recobrar los cuerpos de sus hijos. El hijo de Egeo, frente a Adrasto que acompaña a las ancianas se muestra prudente y da las razones por las que considera que la empresa de Argos contra Tebas fue incorrecta y trasgresora, por lo que estima que su castigo, aunque terrible, es merecido. A pesar de las súplicas de los que han peregrinado desde Argos hasta Eleusis con la esperanza de que él los proteja y los ayude, Teseo, precisamente porque conoce lo importante que es conservar el orden y el  bien alcanzado, se niega a tal empresa. Pero su madre Etra que ha estado con las suplicantes desde el comienzo, trata de convencerlo con su llanto y sus palabras. Aunque el héroe no está nada convencido, acepta ir con algunos jóvenes (luego que se vote la mayoría entre los ciudadanos) por los cuerpos de los caídos que permanecen insepultos en suelo tebano.

Eurípides enfoca una vez más su discurso hacia los momentos después de la guerra, como hace en Las troyanas, donde cuenta los horrores y las consecuencias de la guerra de Troya, la visión de los vencidos. En esta pieza nos encontramos con unas mujeres que (como las troyanas, como en Hécuba) han perdido a los suyos en una batalla, en una guerra terrible. Y lo único que desean estas señoras es poder enterrar el cuerpo de sus hijos y tener una tumba que visitar como consuelo.

A diferencia de las troyanas, la guerra ha sido fuera de su ciudad, ellas no serán llevadas esclavas de nadie, el dilema que enfrentan es que sus hijos quedarán insepultos en tierra extraña y para los antiguos los rituales de enterramiento y funeral eran sagrados, era una ley común, no escrita que debía respetarse, cosa que no estaba haciendo Tebas ni Creonte con los que habían muerto junto a Polinices, uno de los yernos de Adrasto, hijo de Edipo, que por venganza quiso ir contra su propia ciudad (Tebas) y para ello convenció a su suegro.

Adrasto considera que toda la culpa es de él, porque cedió sin medir las consecuencias, se dejó llevar por el ímpetu de los más jóvenes. Teseo le reprocha el desatino de haber complacido a los que por edad les toca ser imprudentes, y no haberlos persuadido. Esta idea de la juventud como etapa de desatino y de inmadurez está también, por ejemplo, en Los persas de Esquilo, y es la razón que da el propio espectro de Darío para explicar la derrota de su hijo Jerjes frente a las tropas griegas en Atenas. Teseo, en la obra de Eurípides, se muestra prudente, conocedor de lo importante que es, más que la fuerza y la pujanza, la prudencia y el orden. Y eso es lo que desea conservar en su ciudad.

En el plano formal, esta obra también llama la atención desde el principio: si bien en Eurípides cada vez las partes corales están más alejadas del contenido que se trata, se tornan más líricas y hasta muchas veces se tiene que justificar su funcionalidad o su presencia en escena (como sucede en Hipólito), en este caso es uno de los personajes principales, sus parlamentos nunca se alejan del tema de la obra; ellas son las afectadas directamente por la guerra contra Tebas, por lo que (como en Las suplicantes de Esquilo o incluso más) ellas son las que generan el conflicto, constituyen el centro de la trama, las que con su dolor y sus súplicas generan la acción en torno. Como afirma Lesky,

Eurípides —nos gustaría saber si Esquilo [en Eleusinios, obra del mismo argumento] había hecho lo propio— despojó a las madres de los siete héroes y a estos mismos de su individualidad mítica para poner de relieve con toda claridad el problema humano universal. Si al principio de la obra vemos, pues, a las madres de los muertos con sus siervas junto al altar de Deméter en Eleusis, no debemos buscar a Yocasta o a ninguna otra, sino que debemos considerar el grupo de quince coreutas como expresión de un dolor y un ruego colectivos.

Otro importante elemento formal que tributa al énfasis en el dolor de la ciudad por la pérdida de sus jóvenes es la división del coro al final de la obra en dos semicoros, uno de mujeres y otro de niños. Estas mismas a veces terminan los parlamentos de los pequeños que se han visto privados de sus padres. La tragedia a causa del enfrentamiento bélico es así representada y se refleja en el sufrimiento de los padres, las esposas, las madres, los hijos frente a los huesos de los suyos.

La acción también se agiliza con recursos que se parecen a los que encontramos en Edipo Rey. En este caso, cuando Teseo pretende enviar a un Heraldo hasta Creonte, llega antes el enviado por Tebas a anunciar las palabras de su soberano.

escultura teseo y el minotauro

Teseo, desde el momento en que asegura que hay que consultar a toda la ciudad para llevar a cabo dicha empresa, se presenta como fundador y salvaguarda de la democracia en Atenas, elemento anacrónico que también nos recuerda el peculiar uso que hizo Esquilo del arsenal mítico en La Orestíada para instaurar el régimen democrático y defenderlo desde la escena. No obstante, muchas tradiciones relacionaban a Teseo con el surgimiento de la democracia. Guiños y referentes contemporáneos para los griegos del siglo V que para nada pasaban desapercibidos. Buscando más el cómo sucedían y cómo eran contadas las acciones en lugar del qué ocurría conocido por todos  a causa de la trasmisión oral del mito, los atenienses encontraban en estas pequeñas variaciones la razón de ser del teatro, del arte en general, donde el espectador se reconoce, como en un espejo narrado o representación refractaria desde la compasión y el terror ante lo que veían, como bien postuló Aristóteles. Lo que se dilucida en escena no es lo que sucedió en tiempos míticos, sino lo que ahora mismo está sucediendo en la ciudad. El arte de la representación se vuelve metáfora de la realidad. Grecia estaba en esta fecha inmersa en la guerra del Peloponeso y con ello dialoga el dramaturgo desde los referentes legendarios.

Con respecto a Teseo como representante de la democracia ateniense del siglo V, cito el siguiente fragmento en boca del personaje:

Das comienzo a tu discurso con un error, forastero, si vienes buscando un monarca aquí, pues no existe el gobierno de un solo hombre, sino que es libre la ciudad y el pueblo ostenta su soberanía por relevos periódicos una vez al año. Y al rico no concede privilegio alguno, sino que el pobre en igualdad tiene los mismos derechos.

Vamos, que este podría ser el resumen del concepto de la democracia ateniense de un estudiante actual.

La diatriba sofística entre Teseo y el heraldo tebano es otra peculiaridad de esta obra. Ya sabemos que Eurípides gusta de enfrentamientos equilibrados, donde tanto una parte como otra exponen sus muy pensadas y razonables opiniones (como sucede entre padre e hijo en Alcestis), pero eso es común entre personajes principales y no entre un protagonista y un mensajero. El propio Teseo reconoce que es este un mensajero ducho en el arte del decir, por lo que decide continuar el enfrentamiento dialéctico. La función más trascendente que encontramos en los mensajeros de la tragedia griega en general y en las obras de Eurípides en particular, es la de contar lo que sucede fuera de escena. Pero en este caso Eurípides opone al demócrata Teseo contra el monárquico tebano de modo que dicho diálogo, un verdadero espadeo verbal, es reflejo de las razones de cada cual para defender el tipo de gobierno que representan.

Esas diferencias políticas entre Tebas y Atenas dentro de esta pieza euripidea son, lamentablemente, no solo reflejo de las contradicciones de la Grecia del siglo V a.C., sino que cuando habla el heraldo me parece escuchar y reconocer las mismas razones de la monarquía borbónica en el siglo XVIII: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, y de algún modo reflejan las rivalidades actuales entre los distintos tipos de gobierno.

La oposición entre monarquía/oligarquía/totalitarismo y democracia sigue siendo la principal disyuntiva que enfrenta el mundo. Bien para los griegos que desde entonces lo expusieron, mal para nosotros que no hemos sabido hacer otra cosa que repetirlo incorrectamente durante 25 siglos. Los políticos, tanto de un bando como de otro, deberían leer con mucha atención a Eurípides. Creo que harían mejor las cosas.

Cuando Teseo responde al tebano sobre las razones por las que abraza la democracia le ordena que calle de una vez y se limite a dar el mensaje de su rey. Pero en verdad, el mensajero responde largamente y solo la sexta parte de su intervención son las palabras de Creonte, las cuales dice por medio del discurso directo. Sin dudas, que un mensajero hable así en representación de la monarquía y ante otro jefe de estado es más bien un acto de soberbia, una evidencia de la desmesura y el exceso (hybris) del gobierno al que él mismo representa. Por lo tanto, puede estar ya anunciándonos que la razón está del lado de Teseo y que este obtendrá el favor divino.

Una vez que el héroe termina de hablar con el mensajero tebano, decide partir a rescatar los cuerpos de los argivos muertos frente a las siete puertas, no acepta las amenazas de Creonte. Seguidamente, después de un stásimon, llega un heraldo ateniense a dar las buenas nuevas de la victoria de Teseo y su ejército, sin dilación. Ahora sí estamos en presencia no solo del mensajero acostumbrado de la tragedia griega, sino del propio euripideo especializado en intervenciones narrativas de un alto grado de perfección retórica, con un discurso vívido e ilustrativo de las acciones que han tenido lugar fuera de la escena. Lo que podría ser y era una limitación escénica al no poder representarse batallas o al ser difícil el cambio de locación, a través de la palabra se convierte en un logro, en una especialización de los heraldos dramáticos. El mensajero hace una vívida y tensa descripción narrativa de los acontecimientos bélicos por medio de la palabra, de sus gestos y entonación.

Teseo es, en esta obra, a diferencia de lo que veremos en otra pieza del propio autor como Hipólito, un gobernante sensato y equilibrado, representante de la justicia, de la piedad por el vencido y conocedor de las leyes que deben ser cumplidas por la comunidad helénica, como es la honra y sepultura a los muertos.

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La insistencia del hijo de Egeo a su regreso por que Adrasto cuente la verdad sobre quiénes eran aquellos hombres caídos en combate se encamina a contrastar con lo que leemos en Esquilo. Aproximadamente 40 años después de la obra esquilea sobre el mismo asunto (Los siete contra Tebas), el Adrasto de Eurípides nos presenta a hombres muy diferentes de los soberbios descritos por los heraldos tebanos a Eteocles en la pieza de Esquilo. Recordemos cómo Eteocles oponía un valiente y esforzado guerrero tebano ante cada blasfemo y titánico ofensor de la patria. Los argivos son presentados en Los siete… como titanes de una fuerza bruta, despiadada y desmedida que no saben encauzar y que los muestra como injustos extranjeros que vienen a perturbar el orden de una ciudad vecina. Sin dudas, en Esquilo, estos hombres, como los titanes que se enfrentaron a Zeus (dios de la justicia y la equidad), han de caer por su propia culpa y habrán de padecer sus mismos excesos. Algo muy diferente nos presenta Eurípides, según el cual, Capaneo, Eteoclo, Hipomedonte, Partenopeo, Tideo y Meleagro eran hombres de caracteres disímiles, pero fieles a la patria, defensores de su ciudad, humildes en sus hechos y palabras y a la vez valerosos en el combate.

Por otra parte, la Tebas misma que el propio Zeus apoyó fulminando a Capaneo con su rayo, es la que ahora, según la versión de Eurípides, se niega a cumplir lo que es justo: entregar los cuerpos de los vencidos y dejar que se les dé sepultura y honras fúnebres. Por esa soberbia será tomada y vencida en un futuro y en este caso cede a la presencia y las tropas de Teseo. La que antes había merecido el favor de los dioses ahora se había negado a aceptar y respetar lo que esos mismos dioses consideraban correcto y provechoso. La defensa que hace el autor de la democracia recuerda a los propósitos de Esquilo en Los persas al oponer ambos sistemas de gobierno y hacer ver que las divinidades estaban del lado de los atenienses.

El pasaje, casi al final y antes de la aparición de la dea ex machina (muy frecuente en Eurípides), de Evadne y su padre Ifis es curioso por varias razones: Evadne se lanza a la pira de su esposo Capaneo y arde con él vestida de gala para la ocasión, por lo que se suicida por amor como Hemón en Antígona de Sófocles; es interesante el protagonismo que estos dos personajes adquieren al cierre de la obra como reflejo de una sociedad herida ya para siempre: una esposa joven que se lanza a las llamas, que prefiere acompañar a su amado y seguirlo hasta más allá de la vida, y un padre que ha perdido a un honorable yerno, a su hijo Eteoclo y ahora a su propia hija por una guerra absurda. Ifis es, junto al coro que nos ha acompañado durante la pieza como personaje principal, reflejo y encarnación de los sufrimientos y los horrores que provoca la guerra en la gente justa y común. Si por un lado las coreutas representa el dolor colectivo, Ifis encarna la tragedia personal, desde el plano individual.

La aparición de Atenea al final (un cierre epifánico propio de las piezas de Eurípides) nos devuelve a la cruda realidad. La violencia engendra violencia, como asegura el coro de Esquilo en Agamenón, por lo que la diosa, como patrona de Atenas, exige a Teseo que se hagan juramentos por parte de los argivos de que nunca atacarán su ciudad y de que la defenderán de otros enemigos. Al mismo tiempo y como consecuencia de las guerras anteriores, Atenea ya adelanta quiénes estarán al frente del ejército argivo que ha de vengar la muerte de sus padres.

De algún modo, de esa violencia antigua entre ciudades y países somos hijos también nosotros. Grecia nos sirve como referente no solo para los bienes culturales que nos legó, sino para los errores y las cadenas de crímenes y enfrentamientos que poco han cambiado desde ellos hasta nuestro presente. Nos siguen moviendo las mismas razones de venganza, defensa, avaricia que leemos en los versos de Eurípides. He ahí gran parte de la vigencia de estas obras. La paz sigue siendo en el mundo una desconocida.

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Esta es una pieza que se revela, en más de un momento, muy didáctica, que pretende mostrar cómo hombres buenos y justos pueden morir por una causa injusta, y que persigue la buena educación de los hijos de una ciudad. Dicha obra es escrita por Eurípides en medio de la guerra del Peloponeso, en ella describe y denuncia los males que engendra el enfrentamiento entre los hombres, y al mismo tiempo, frente a la oligarquía espartana y sus aristocracia opone los valores de la democracia, a la cual defiende y prefiere, como es evidente en las palabras y los hechos apoyados por los dioses que lleva a cabo Teseo, representante de Atenas, hombre piadoso y justo, que acata el veredicto de la ciudad. En medio de la guerra entre Atenas y Esparta, la obra de Eurípides es un llamamiento a la paz, al entendimiento y una dolorosa descripción de los horrores que provoca la guerra en niños, doncellas, mujeres y ancianos.

YOANDY CABRERA

MADRID, 3 DE MARZO DE 2013

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Un comentario el “´Las suplicantes´ de Eurípides: la tragedia después de la tragedia

  1. José
    julio 7, 2013

    Sorprende lo actual de esta obra de Eurípides!!. No solo por los detenidos desaparecidos en Chile o Argentina, victimas de dictaduras militares casi recientes..sino también, por ejemplo, por la aparición constante de cadaveres en poblados mexicanos. Hay que leerla!

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Esta entrada fue publicada el marzo 3, 2013 por en Autores, Crítica, Tradición clásica, Tragedia griega.
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