El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Luis Cernuda: un dios avanza “en el fulgor implacable del estío”

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I. Dolorosa métrica hacia la libertad

El primer cambio evidente entre Primeras poesías (1924-27) y Égloga, Elegía, Oda (1927-28) de Luis Cernuda es de carácter formal. En su cuaderno iniciático los versos, en su gran mayoría, son de arte menor (heptasílabos y octosílabos); de los 23 poemas que conforman el cuaderno solo el VIII y el XIX están escritos en endecasílabos y, por tanto, en arte mayor.

Égloga… parte precisamente de ese endecasílabo poco frecuente de Primeras…, pero, además, después de “Homenaje”, el texto titulado “Égloga” mezcla los metros de arte menor (heptasílabos) con los de arte mayor (endecasílabos). En “Oda”, composición que cierra el libro Égloga, Elegía, Oda, los endecasílabos son más frecuentes y, aunque se mantiene la rima consonante y las medidas de versos, la musicalidad y la marea métrica es más variable e irregular.

Este viaje desde el arte menor y la medida regular hacia la mezcla de metros y el versolibrismo de un poemario a otro no es en absoluto gratuito en la obra cernudiana: refleja desde la forma algunas ideas que podemos leer en estos poemas: del cuarto y la intimidad, el sujeto salta al mundo, a la dispersión; del amnios doméstico a la naturaleza boscosa; de la inocencia primera e infantil al caos y las contradicciones de la juventud; del cuerpo oculto tras los muros del deseo al dios del estío y la luz; al mismo tiempo este camino anuncia la tendencia al versículo en poemas capitales posteriores del autor como, por ejemplo, “El joven marino”.

II. Un claro son asciende

En lo oscuro,

todo vibrante, un claro son asciende.

Luis Cernuda

“Homenaje” es un canto a una estatua ausente, al murmullo de algo que una vez fue “mármol absoluto” y que pudiera llegar a ser “humana vena”, pero que por el momento es solo eco, “cálida voz extinta”, “rumor celándose suave”, “silencio sólido”, un “claro son” que “asciende”. Es raro este silbo delicado, casi una arteria invisible, cuerpo que es ahora solo viento, soplo disperso, triste.

BRUNO BEST (18 of 65) copia El sueño de FidiasCon respecto al cuaderno anterior (Primeras poesías), Cernuda continúa usando en este libro pares de sustantivo y adjetivo que siguen teniendo un elemento desestabilizador, contradictorio, el cual crea un desequilibrio con el otro término. Además de los ejemplos antes señalados, podrían nombrarse “vuelo mortal”, “sombrío reposo melancólico”, “deshecho brío”, “paz estéril”. Si bien este procedimiento nos mantiene en tensión con respecto a la búsqueda de un equilibrio, el final del poema apunta hacia la esperanza, a la durabilidad de esa “lúcida hermosura”.

Más que un cuerpo, está su insinuación o su rumor, su promesa, su perfil en el aire que subsiste. La germinación egótica y dialógica que leemos en Primeras poesías continúa aquí su germinación, su historia.

III. La rama el cielo prometido anhela

En “Égloga”, la idea de verticalidad que ya leemos en “Homenaje” se robustece. Entre cielo y tierra la naturaleza irrumpe en chorro a través de heptasílabos y endecasílabos que ganan en musicalidad y que alternan las orillas estróficas. Si bien abunda la rima consonante, esta no es del todo regular.

Lo primero que aparece, desafiando la altura y el viento, es la rama. Luego surge la rosa a la que sostiene. Una rosa entre un cielo imposible y un agua “fría, cruel, inmóvil”. El sujeto lírico parece buscar detrás de la flauta del aire, del eco aéreo la figura “del labio que la exhala”, el cuerpo del que canta ya insinuado en textos anteriores. Pero “la dicha se esconde;/ su presencia rehúye/ la plenitud total ya prometida”; el “idílico paisaje” se interrumpe por un “frío celaje” que “se levanta ligero/ en cenicientas ráfagas veloces”.

Cuerpo que es sombra, rosa invisible, soplo efímero. Cuerpo negado,

Tanta dulce presencia

Aún próxima, es ausencia

En este instante plácido y vacío,

Cuando, elevado monte,

La sombra va negando el horizonte.

Si bien continúan las peculiares parejas de adjetivo y sustantivo que mantienen cierta tensión durante la búsqueda del cuerpo del horizonte por parte del sujeto lírico (“divina soledad”, “absorto reposo”, “delgada armonía”, “airoso desmayo”, “rosados torbellinos”, “ninfas verdaderas”, “nula felicidad”, “riqueza mentida”, “estéril pujanza”, “aire oscuro”), dichos pares alternan cada vez más con sintagmas más positivos y esperanzadores como “rizo prodigioso”, “resistente trama” o “cuerpos fabulosos y divinos”, que permiten esperar todavía la cristalización de una archiefebía que solo podemos intuir hasta ahora por la rama, el viento, la rosa o una voz que a lo lejos parece cantar.

A principio de “Homenaje” leemos que “fatal extiende/ su frontera insaciable el vasto muro/ por la tiniebla fúnebre”, pero seguidamente “un claro son asciende”. Hacia ese muro en sombra vuelve “Égloga” en su cierre; toda la dispersión sonora, luminosa y vibrante de la luz y la naturaleza desaparece y se impone un “invisible muro” que “su frontera más triste/ gravemente levanta”.

IV. Entre muros nace y muere la belleza

Venas de ardiente azul

Luis Cernuda

Si “Égloga” es una bucólica negada en su final, si la naturaleza en la conclusión sucumbe a la sombra y a su paredón; “Elegía” encierra en sus muros estróficos de endecasílabos perfectos y cuartetos de rima consonante, el nacimiento de un mito, de lo que luego será el joven marino cernudiano: un cuerpo que guarda y contiene en su perfección también el castigo, una imposibilidad, el abismo insalvable entre la realidad y el deseo. Que este descubrimiento del archiefebo se haga por medio de un canto elegíaco anuncia ya el desenlace fatal de dicha empresa. Cuerpo que es al mismo tiempo hermoso y terrible, milagro e imposibilidad.

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En medio de un entorno idílico, de una estancia “en lánguida atmósfera secreta” que invita al placer y al deseo, y que existe ajena a la noche y “sordamente feliz entre sus muros”, se descubren “venas de azul (…) de un contorno desnudo”. Este “prisionero” encarna la brisa y el viento “que abrían surcos/ tan indolentes de azul puro” y que se habían perdidos al final de “Égloga”. En su complexión se conjuga toda la indolencia y todo el azul de la naturaleza descrita en la obra anterior de Cernuda.

Junto a este arquetipo, nace también su negación. Dueño de una belleza que solo podremos contemplar, que provoca e invita al deseo, pero cuya “hermosura/ no rinde su abandono a ningún dueño”. Una vez que el sujeto lírico confirma que este es de mármol que respira, cuerpo vivo de un dios; constata que el mismo se mueve como en un sueño, en un espacio ideal y está hecho de una pureza que esquiva “la mortal caricia”. Sin embargo, al final, se impone un “nuevo albor”, una “luz dudosa”, y lo bello va deshaciendo un ya “remoto dejo de tristeza”.

V. Un joven dios avanza sonriendo

Precisamente en el inicio de “Oda”, la tristeza agonizante del final de “Elegía” sucumbe por fin, “alejando su vuelo con sombrío/ resplandor indolente”. La marea métrica, aunque se mantiene entre los heptasílabos y los endecasílabos, ensancha sus orillas al hacer más frecuente los versos de arte mayor que en “Égloga”, el otro poema en que el autor había mezclado antes estas dos medidas.

Se va la tristeza, se aleja la sombra. Llega el estío desbordado de luz y con él, “vivo, bello y divino/ un joven dios avanza sonriendo”. El efebo que había estado entre muros salta al mundo, al verano eterno del cual es él mismo la mayor y mejor definición. Un dios que encierra en sí todas las fuerzas de la naturaleza: el viento y el azul, la rosa y la soberbia esbeltez de la rama, el rayo de nieve y el estío.

Un ser divino, “contorno tibiamente pleno”, “mármol animado” que es también hombre, ser humano; y que por fin, después de ser insinuado tantas veces, de estar a punto de hacerse cuerpo tras la voz y el canto que lo anunciaban en “Égloga”, ha hecho su entrada. Dios hermoso y terrible, que engalana el entorno a su paso, aviva más el verde, humedece y perfuma el aire con sus gestos.

Si el agua en “Égloga” es descrita como  “fría, cruel, inmóvil”, ahora, al paso de este nuevo Apolo, de este Narciso recién abierto a la mañana

en tumulto alzándose, en revuelo

De rota espuma, al nadador ostenta

Ingrávido en su fuga a la deriva.

Y la forma se aviva

Con reflejos de plata;

Ata el río y desata,

En transparente lazo mal seguro,

Aquel rumbo veloz entre su oscuro

Anhelar ya resuelto en diamante.

Bruno Zeus (1 of 1) copia

Estos versos anuncian ya las nupcias mortuorias del joven marino con el mar, porque desde estos poemas solo la inmensidad del agua es merecedora y reflejo del cuerpo inmenso del dios.

La naturaleza se renueva a su paso, se reaviva. El joven esperado, que alguna vez pareció un sueño, que todavía andando es onírico, es también una verdad indolente, ajeno a “su silenciosa y lánguida hermosura”. Anochece, el dios se aleja y parece volar, como Atenea o Apolo en la Ilíada, hacia un lugar que tanto el lector como el sujeto lírico desconocen, posiblemente a esos muros del placer en que nació y nos fue presentado en “Elegía”.

Ha nacido un dios, o nos ha sido revelado ahora como encarnación de toda la belleza y el terror que nos circunda, como reflejo de nuestros propios anhelos y pasiones; nos dice Cernuda. Ha desatado un “bosque rumoroso”, una corriente incesante que anuncia ya el próximo libro: Un río, un amor. La carrera, junto al dios, ha comenzado. El primer muro queda, de una vez, atrás.

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Esta entrada fue publicada el marzo 4, 2013 por en Autores, Crítica, Tradición clásica.
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