El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Roberto Fernández Retamar: evocación y continuidad

Recién graduado de Clásicas en la Universidad de La Habana, escribí este texto como pequeña crónica de la presentación del libro Cinco poemas griegos de Roberto Fernández Retamar publicado por Ediciones Boloña con un profundo estudio introductorio de Elina Miranda, en el Museo de Arqueología Clásica “Juan Miguel Dihigo y Mestre” de la UH . Aquí quiero rescatar esas palabras que salieron publicadas en Cubaliteraria el 8 de enero de 2007, hace ya más de 5 años. Después de mis líneas introductorias, agrego algunos de los poemas de Fernández Retamar, textos que están, sin duda, dentro de lo mejor que se ha escrito inserto en la tradición clásica en Cuba, una corriente que tiene su punto de partida en Espejo de paciencia y que llega a nuestros días, y que atraviesa la tradición literaria insular, yendo más allá de límites geográficos y de concepciones políticas. Pueden juzgarlo por ustedes mismos:

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La presentación de Cinco poemas griegos de Fernández Retamar en el Museo de Arqueología Clásica “Juan Miguel Dihigo y Mestre” de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana el pasado 20 de diciembre, fue el mejor pretexto imaginado para celebrar los diez años de la creación del Grupo de Estudios Helénicos, los cincuenta de magisterio del homenajeado autor y el centenario del nacimiento del profesor Manuel Bisbé.

Nos reunimos alumnos, profesores, poetas de generaciones distintas, miembros de la Academia Cubana de la Lengua y otros invitados para oír al profesor Retamar (una vez más y con gusto para algunos, y por primera vez para los más jóvenes discípulos).

La Dra. Elina Miranda abarcó, en sus palabras introductorias, las razones por las que nos reuníamos esa tarde y habló de la trascendencia de la labor de Retamar en la enseñanza de la Literatura y en la formación de nuevos especialistas. La editora en su presentación reveló las distintas etapas y dificultades que había atravesado el cuaderno antes de convertirse en libro de factura y diseño exquisitos publicado por ediciones Boloña; hizo mucho énfasis, además, en la mágica imbricación y la posibilidad de nuevas lecturas que permite reunir poemas de distintos momentos de la vida y la creación del poeta, ahora en un mismo volumen, que también adquieren lógica y unidad con el estudio introductorio de la Dra Miranda. José Antonio Baujín habló de la importancia del estudio y la difusión de las Letras Clásicas en nuestro país, de la continuidad que estas tienen en la reconocida e incansable labor de Elina Miranda Cancela y de las nuevas generaciones de profesionales.

Por unos minutos el profesor fue discípulo: la tarde convocaba al recuerdo, al regreso. Quería estudiar Arquitectura y terminó graduándose de Filosofía y Letras. Habló de su paso por la Universidad, de su relación con las Letras Latinas, de su viaje por Europa (cuando el entonces joven profesor temía que algún europeo quisiera raptarle a Adelaida, su Helena, “la mujer más hermosa que existía”, nos dice) y de su visita a Grecia. Lectura y comentario se alternaban. Vi al poeta Norge Espinosa retirar su grabadora después de grabar a Fernández Retamar leyendo sus textos, “porque (me dice) el hombre que escribió un poema como ´¿Y Fernández?´ merece admiración”. Solía Retamar inquirir a sus estudiantes sobre lo que leían para saber cuándo un autor había pasado de moda, entonces pidió (pues Elina Miranda se lo había anunciado) que leyeran sus poemas jóvenes que daban continuidad con su obra al legado grecolatino en la Isla. La tarde fue evocación y continuidad, añoranza y futuro, diálogo y convergencia. 

Leyó “Belerofonte”, “En el mar. Ítaca”, “Epidauros”… Supo el que asistió que todo ser humano lleva signos en el cuerpo, algún oscuro mensaje que no ha de entender hasta la hora de su muerte; pudimos ver la “piedra vasta y agria” en que habitó el “astuto en ardides”; y, mientras Retamar leía, el eco de su voz fue hoja rasgada, fósforo encendido desde el “allá” (hoy acá) que de seguro esta vez se escuchó en las gradas de Epidauros.

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Regla, 7 de enero de 2007

POEMAS DE ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR

CUATRO POEMAS GRIEGOS:

BELEROFONTE
(La Ilíada, VI, 168-170)
Marcado con grandes estrofas en la cara
Interroga los signos, las señales dejadas en las manos,
Lo que quieren decir los vacilantes cabellos,
El parloteo de los pasos, las palabras de la sangre,
La sobria decisión de los huesos,
Las muchas, las insistentes letras cuya oración se le escapa,
Y que han quedado en su piel, abandonadas sobre las
vestiduras del cuerpo.
Alguien sabe sin duda su idioma vivo, alguien pone
Rigor y luz en las frases que Belerofonte respira:
El deshilachado tropel de la circulación,
El girar de las manos, la bandada suave
De los besos, el palabresco sueño, las miradas.
Junto a la pared manchada de oscuros años,
Halló al cabo una figura de temblorosa veste que su libro
entendía,
Las tablillas con signos funestos o alegres
Donde yacía la gastada firmeza de su cuerpo.
Desdentada y sabia, ella conocía, ella interpretaría.
Dejó caer la suficiente fuerza de sus ojos.
Entonces se hizo clara la escritura
Bajo esa vasta luz; entonces las doradas letras
Resonaron, ardieron.

1954

EN EL MAR. ÍTACA

Al marinero grande acodado en el barco
Interrogamos sobre la piedra vasta y agria
Que algo turbada de cipreses sale del mar.
Se llama Ítaca. Querríamos saber
Dónde vivió el astuto, dónde hizo
Quemar el flanco grasiento de las vacas, dónde
Tendía su arco para hacer volar las maderas,
Para cuidar a quien desvela el lino.
Todo arrancado con tierra y papeles de los ojos.
Pero el marino, que ha estado lejos,
Arrojado como un pan viejo fuera de su mesa;
Que vio La Habana una tarde
Y el Japón pintado de temblor violeta cuarenta días después,
Desde el filo del barco nos dice:
Odiseo ha muerto.
Y mientras tanto
Los emigrantes han ido subiendo como caballos.

odisea1

EPIDAUROS

Si se enciende un fósforo en Epidauros,
El rasgueo se escucha en las primeras filas del teatro,
En las otras, en las más altas,
En las últimas, donde los hombres parecen posibilidades.
Si se da un golpe en Epidauros,
Se escucha más arriba, entre los árboles,
En el aire. Si se canta en Epidauros,
Lo saben los montes, las nubes, la bahía;
Las islas acercan el oído;
Los otros países se inclinan un poco
Para oír cantar en Epidauros.
(Entonces, bajando las gradas que escalaban como perros
los hexámetros,
Uno piensa: ¿quién escucha
Cuando alguien da allá una canción, una llama?)

LE PREGUNTARON POR LOS PERSAS

A la imaginación del pintor Matta y, desde luego, a Darío

Su territorio dicen que es enorme, con mares por muchos sitios,
desiertos, grandes lagos, el oro y el trigo.
Sus hombres, numerosos, son manchas monótonas y
abundantes que se extienden sobre la tierra con mirada de
vidrio y ropajes chillones.
Pesan como un fardo sobre la salpicadura de nuestras
poblaciones pintorescas y vivaces,
Echadas junto al mar; junto al mar rememorando un pasado
en que hablaban con los dioses y les veían las túnicas y
las barbas olorosas a ambrosía.
Los persas son potentes y grandes: cuando ellos se estremecen,
hay un hondo temblor, un temblor que recorre las vértebras
del mundo.
Llevan por todas partes sus carros ruidosos y nuevos, sus tropas
intercambiables, sus barcos atestados cuyos velámenes
hemos visto en el horizonte.
Arrancan pueblos enteros como si fueran árboles, o los
desmigajan con los dedos de una mano, mientras con la otra
hacen señas de que prosiga el festín;
O compran hombres nuestros, hombres que eran libres, y
los hacen sus siervos, aunque puedan marchar por calles
extrañas y adquirir un palacio, vinos y adolescentes:
Porque ¿qué puede ser sino siervo el que ofrece su idioma
fragante, y los gestos que sus padres preservaron para él en
las entrañas, al bárbaro graznador, como quien entrega el
cuello, el flanco de la caricia a un grasiento mercader?

Y nosotros aquí, bajo la luz inteligente hasta el dolor de este
cielo en que lo exacto se hace azul y la música de las islas lo
envuelve todo;
Frente al mar de olas repetidas que alarmado nos trae noticias
de barcos sucios;
Mirando el horizonte alguna vez, pero sobre todo mirando la
tierra dura y arbolada, enteramente nuestra;
Aprendiendo unos de otros en la conversación de la plaza
pública el lujo necesario de la verdad que salta del diálogo,
Y conocedores de que las cosas todas tienen un orden, y ha sido
dado al hombre el privilegio de descubrirlo y exponerlo por
la sorprendente palabra,
Conocedores, porque nos lo han enseñado con sus vidas los
hombres más altos, de que existen la justicia y el honor, la
bondad y la belleza, de los cuales somos a la vez esclavos y
custodios,
Sabemos que no sólo nosotros, estos pocos rodeados de un agua
enorme y una gloria aún más enorme,
Sino tantos millones de hombres, no hablaremos ese idioma que
no es el nuestro, que no puede ser el nuestro.
Y escribimos nuestra protesta –¡oh padre del idioma!– en las
alas de las grandes aves que un día dieron cuerpo a Zeus,
Pero además y sobre todo en el bosque de las armas y en la
decisión profunda de quedar siempre en esta tierra en que
nacimos:
O para contar con nuestra propia boca, de aquí a muchos años,
cómo el frágil hombre que venció al león y a la serpiente,
y construyó ciudades y cantos, pudo vencer también las
fuerzas de criaturas codiciosas y torpes,
O para que otros cuenten, sobre nuestra huesa convertida en
cimiento, cómo aquellos antecesores que gustaban de la risa

y el baile, hicieron buenas sus palabras y preservaron con su
pecho la flor de la vida.
A fin de que los dioses se fijen bien en nosotros, voy a
derramar vino y a colocar manjares preciosos en el campo:
por ejemplo, frente a la isla de Salamina.

Roberto Fernández Retamar

6__Odiseo_y_las_sirenas

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Esta entrada fue publicada el marzo 6, 2013 por en Autores, Crítica, Tradición clásica.
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