El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

El obispo Reig Pla y el vocablo “homosexual”: etimología y sacerdocio

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En un país como España, con una sólida tradición en los estudios clásicos, hablar de cuestiones etimológicas no debiera tomarse a la ligera, principalmente porque, como me repetía el latinista Amaury Carbón en la Universidad de La Habana, la etimología es una de las ciencias más contradictorias y traicioneras que existe en el ámbito de la lingüística diacrónica.

Pero es cada vez más común que ciertos personajes públicos respalden sus disparates con explicaciones etimológicas absurdas intentando parecer conocedores del lenguaje, del sentido último de las palabras, tratando de despistar a sus receptores con latinajos y explicaciones huecas e incorrectas. Habrá que recordarles, en primera instancia, que el signo lingüístico es una entidad arbitraria. La idea platónica de que “en las letras de la rosa está la rosa” es literatura. Y aquello de que “en el principio era el Verbo” suena hermoso, pero aquí no nos funciona.

Y funciona menos cuando esa supuesta autoridad etimológica es manipulada de forma absurda por un supuesto “ministro de Dios” (el tan mediático e intolerante obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla) obsesionado por el tema de los homosexuales en la sociedad, a los que parece hacer responsables de que hasta los niños se prostituyan porque, asegura, las actitudes y la asunción como seres humanos que tienen relaciones con el mismo sexo inducen a los adolescentes y niños a que “se cuestionen su propia condición de la orientación de su sexualidad”.

A estas alturas, no debiera ser un problema plantearnos y cuestionarnos nuestra orientación sexual, hasta al propio señor obispo le vendría bien. Quizá si indagara en su sexualidad y en sus deseos sería más pleno como persona y como ser humano. Porque sus palabras homófobas y discriminatorias no pueden ser sino el reflejo de una carencia personal y de una insatisfacción consigo mismo.

Por otra parte, siempre me ha parecido irónico y risible que la iglesia católica se levante constantemente como defensora de la vida, del matrimonio, de la familia, cuando ellos han roto con su familia, se han retirado de ella, y teniendo úteros y semen no lo usan para procrear. Ellos explicarían que lo hacen porque han sacrificado su vida, su interés personal, por servir a los demás, por servir a Dios. Y nadie se los cuestiona.

Pero los homosexuales, como cualquier ser humano, como cualquier religioso o ateo, como cualquier monja o sacerdote, buscan la realización y la plenitud. Y tanto derecho al respeto tiene la monja que renuncia a los orgasmos (allá ella) o el sacerdote que decide retirarse del “mundanal ruido”, como las personas que quieren vivir su sexualidad a plenitud. Que cada uno regule, economice, administre su cuerpo y sus orgasmos como le venga en gana.

Esta vez el verbo no se hace carne, ni picadillo; la manipulación del discurso es más bien evidencia de que hasta estos supuestos y vergonzosos “ministros de Dios” hacen de la palabra máscara, mentira, puro maquillaje por defender opiniones retrógradas y trasnochadas, inhumanas hasta para la propia Biblia muchas veces.

Reproduzco las palabras exactas del señor Reig Pla en sus declaraciones del pasado 10 de abril:

[…] nunca en la vida oirás de mi boca hablar de “homosexuales”, es una palabra que yo no empleo. Es una palabra de rapto y maquillaje del lenguaje. La palabra “homosexual” significa lo siguiente, tiene dos partes: “homo” y “sexual”, “homo” viene de la raíz griega “omos” que significa “igual”, y “sexual” significa del verbo “secare” en latín “diferente”. Unir en una misma palabra “igualdad” y “diferencia” es ya una batalla, diríamos, política, no cultural recta de lo que significan las palabras. Nunca empleo yo esa palabra.

Primeramente, el señor Reig Pla debería saber que el término “homosexual” es un término médico, científico. Debería saber que una de las maneras legítimas posibles de la creación de nuevas palabras en un idioma es la jerga de la ciencia. El señor obispo puede consultar el diccionario de la RAE, para que vea que la palabra “homosexual” existe y significa: “persona que tiene relaciones sexuales con personas de su mismo sexo”. La palabra existe y puede usarla, no hay por qué tenerle miedo al lenguaje.

Pero Reig Pla parece estar más interesado en decir disparates que oscurecen el sentido de su supuesta aclaración, tales como que “homosexual” es “una palabra de rapto y maquillaje del lenguaje”. Si no le gusta esa palabra, si al pronunciarla le parece un espejo, un hechizo, una amenaza díganos, señor obispo, señor académico, ¿cómo se le llama a las personas que aman a personas de su mismo sexo? Condúzcanos hacia la luz de la enunciación correcta y bendecida.

Por último, es bueno aclarar que algunos etimólogos dicen que la palabra “sexual” está relacionada con el verbo “secare”, infinitivo latino este que no significa “diferente”, sino “cortar”, “dividir”. Un verbo no puede tener como significado a un adjetivo, eso es de gramática elemental. En tanta palabrería del señor obispo es donde encuentro yo mucho “rapto y maquillaje”.

“Los niños que suelen ser utilizados por otros” se llegan a prostituir, dice el señor Reig Pla, y agrega que esos casos concretos existen en Madrid, y que él habla de casos que él conoce. Debería saber que es su deber como ciudadano denunciarlos, porque eso es delito que merece ser juzgado. O quizá se refiere a los sacerdotes pedófilos, que hacen exactamente lo que él describe. ¿Se ha planteado el señor Reig Pla a qué inducen los sacerdotes a los niños de los cuales algunos “ministros de Dios” abusan sexualmente? Porque lo que él declara más que de homosexuales es propio de algunos sacerdotes, muchos de los cuales la iglesia ha encubierto y permanecen impunes.

No está entre mis objetivos caer en discursos fundamentalistas de los que siempre he huido: no pretendo decir que este señor oculta una homosexualidad reprimida tras sus comentarios homófobos (aunque no debe descartarse esta posibilidad). No pretendo inclinarme hacia absurdas generalizaciones que dan por hecho que el contrario desea lo que ataca. No siempre es así. Pero hay ciertas verdades en el odio, en la discriminación: el que odia, odio tiene, es una realidad, el que discrimina es un infeliz. El que ama no censura a los que quieren amar. El pleno no va contra la plenitud del prójimo, al contrario, la favorece.

Es un infeliz y un frustrado quien se pasa la vida cuestionando a los que quieren vivir a su modo, sin molestar a nadie. Y la cúpula católica pretende decidir con quién te acuestas, para qué lo haces, si usas o no condón, si lo haces antes o después de casarte, en fin, que ocupa mucho tiempo metido en la habitación de la gente, cuestionando e intentando regular nuestra intimidad. Que se usen falsas y mal explicadas etimologías con ese fin, es otra estrategia desacertada de la cúpula eclesiástica y de este repugnante señor.

La etimología que da el señor obispo es un disparate, como lo es todo su discurso. Además, si hiciéramos un riguroso uso de la etimología, tendríamos que enviar a los pontífices a construir puentes, que es lo que significa la palabra “pontífice” etimológicamente (“el que hace puentes”), y la iglesia tendría que ser una “asamblea popular”, que era su función y su sentido en un principio.

Pero el lenguaje avanza, hasta el lenguaje eclesiástico es evidencia de la vitalidad, del constante cambio de las palabras. Hay hombres más testarudos que el lenguaje. La mejor lección que pueden aprender ciertos obispos y personas en general obtusas y mediocres del propio lenguaje es que hay que avanzar, hay que cambiar. Las palabras mismas reflejan mejor los tiempos modernos que figuras antisociales, retrógradas, imprecisas y litigantes como Reig Pla.

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Esta entrada fue publicada el abril 13, 2013 por en Crítica, Etimología.
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