El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Judah, la ubicua

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A Félix, por supuesto

“Me divierte tanto mi propia ubicuidad[…]”

E. Dickinson

A la Poesía solo se llega por la negación.

En una de sus cartas adolescentes, Emily Dickinson, con solo dieciséis años habla de un concepto que será determinante dentro de su poética: la autonegación. Posteriormente a esa casi invisibilidad, a esa transparencia de los días ella misma la llamará la “blanca elección”, pues a partir de los treinta años decidió encerrarse en su casa y no volver a salir de allí, vistiendo de blanco, lista siempre a partir del sueño al otro lado.

Por problemas físicos y por enfermedad su propia naturaleza le negó continuar los estudios cuando era adolescente, los tuvo que interrumpir para hacer un largo reposo y una continua recuperación. Pero Dickinson supo convertir esas limitaciones (físicas y espaciales), el entorno doméstico, la cocina a la que estuvo relegada, en un cosmos que hoy forma parte de la más importante poesía universal.

Su cuerpo dijo no, su casa fue una cárcel, su entorno limitado, y a todo ello se sobrepuso con una naturalidad que más bien parece inevitable predestinación poética. Al mismo tiempo que su cuerpo, que su organismo parecía desvanecer al estar lejos de casa, su alma estaba llamada a volar lejos, a ser hoy mismo una de las almas escritas más conocidas del siglo XIX.

La vocación poética en Dickinson era inevitable.

Mientras su derredor cambiaba, mientras la propia ciudad iba transformándose, sus amigos y hasta sus hermanos abandonaban el pueblo e iban a estudiar, a trabajar en otros sitios, mientras su lugar fue siendo cada vez más la aldea a la que solo se regresa en verano de visita, la villa en la que nacieron y abandonaron al crecer; ella, Emily, quedó como un eje inamovible, como la que añora el regreso de los otros. La muchacha frente a la cocina preparando la cena para su hermano y su padre, la doncella que atendía a su madre muy enferma y ocupaba su lugar (1850), la que debió sacrificar su futuro y sus proyectos personales y aceptó su destino, no sin lágrimas, pero tampoco sin ver en todo algo divino, ya que llegó a declarar que sus lágrimas eran sus ángeles.

Parecía, al tiempo que sus amigos salían a conquistar el mundo, que su hermano Austin estudiaba  en Boston y Harvard e impartía clases y su hermana Vinnie se dedicaba a cultivarse, que Emily se había quedado rezagada, atrapada en una casa y en un entorno que la sometían, al menos en principio.

Pero Dickinson logró hacer de la sumisión, del ángulo en la cocina el escenario para hablarle al mundo. Hizo de la negación una casa, un templo. Lo que en un principio parecían limitaciones, predestinación, fatalidad, ella lo supo convertir en cosmos; la naturaleza que la atrapaba, las labores domésticas que la ocuparon, las obligaciones para con los suyos fueron orificios, filtraciones desde los que descubrió un universo, desde el que escribió y simbolizó, semantizó lo cotidiano. Ella liberó al entorno que la restringía en un principio, dio la libertad a su carcelero a través de la palabra, lo universalizó, lo hizo eterno; lo que había comenzado limitándola encontró en sus versos una amplificación simbólica inesperada y sorprendente.

De visita en su casa, desde su cocina, viéndola hornear unas galletas un sábado al mediodía, alguien pudo pensar: pobre Emily, que no ha podido avanzar, pobre Emily, que se ha quedado en Amherst sometida, sola, desesperanzada.

Pero en ciertas almas la negación es aserto. Las oposiciones y obstáculos, solo son medios. Emily encontró en la restricción un camino hacia la infinitud y lo eterno. Lo que en un principio fue fatum luego fue elección personal, “blanca elección”. Su cuerpo incorregible, su madre enferma, su padre hambriento, la cocina desierta, la casa familiar la reclamaban. Negó su condición de poeta, de intelectual, de mujer de letras. Y esa misma negación la ha convertido en imprescindible dentro de la poesía universal.

Hubiéramos esperado de sus amigos, de los emprendedores, de los itinerantes una obra trascendente, un futuro prometedor, pero no de ella, que quedó como sombra de estancia en estancia. Sombra del silencio. Sombra doméstica. Solo que ni el cuerpo, ni la cocina, ni el enclaustramiento son suficientes para ahogar una vocación que era en ella ineludible.  

En algunas cartas dirigidas a su amadísima Susie (que también vivía y trabajaba fuera de Amherst y que a veces la visitaba, pero con quien mantuvo una correspondencia de las más fervorosas de la historia de la literatura), Emily firma como Judah, el título de una de las tribus de Israel. Precisamente ella que se negó también a profesar el cristianismo, mientras en derredor todos hacían profesión de fe; sin embargo, se denominó con el título de la tribu de la cual descienden Judas y Jesús. Y es que desde esa negación, desde su naturaleza ubicua, nos fue revelado el rostro de Dios  de un modo muy poco frecuente.

No esposa, no cristiana, no literata, no édita, no itinerante, no urbana, no emancipada. Negar(se).

En Poesía, la negación suele ser el camino.

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Un comentario el “Judah, la ubicua

  1. Margarita Garcia Alonso
    mayo 31, 2013

    He comprendido a Emily desde que vivo en el norte y sé lo que son los encierros.

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Esta entrada fue publicada el mayo 26, 2013 por en Uncategorized.
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