El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Limónov, el poeta ruso que prefiere a los negrazos

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Limónov (2013) de Emmanuel Carrère es una novela necesaria, hasta en sus limitaciones.

La historia de este escritor y político ruso (Eduard Limónov) es un modo brusco de entender que la poesía se relaciona también con la mafia, con los ambientes delictivos, con una especie de areté u hombría que roza con el horror y el crimen (“¿Ya te has cargado a alguien, poeta?”).

Con respecto a los recursos narrativos, el personaje que cuenta la historia se mueve con cierta soltura por la línea del tiempo, con mucha frecuencia utiliza la anticipación, nos cuenta qué sucederá o cómo acabará en un futuro alguno de los personajes, lo mismo sucede con la retrospección, procedimientos muy comunes en la Ilíada y en la épica arcaica en general.

Hay dos razones para que un cubano lea esta biografía: la primera, para que pueda entender cuán monótona y predecible es gran parte de la literatura insular; la segunda, para que entienda no solo su pasado reciente y su actualidad sino para que, como en un espejo hechizado, se asome al futuro lleno de interrogantes.

Limónov no teme a la muerte, teme más, como Aquiles, a morir como un desconocido, en este sentido su visión es cercana a la de la fama que se perseguía con la literatura en la antigüedad, de la que son conscientes personajes como Helena de Troya. Otro elemento que relaciona a la cultura rusa con la épica es el interés y el valor que dan, hasta hoy, a la tradición oral. Limónov se da a conocer como poeta, precisamente, no con un poemario impreso, sino leyendo en público en un festival lírico, algo que nos remonta a la Grecia de Píndaro. No me arriesgo si digo que los rusos son los griegos del cambio XIX-XX y, sin dudas, Joseph Brodsky es la culminación de esa gran herencia literaria. Véase la relación entre estos juglares rusos y los aedos griegos, la poesía se entiende como acto oral, ya sea en la paz, en la guerra o en la cárcel:

Acabó filmando a músicos que, delante de los vivaques de soldados, cantaban acompañándose con la zanfoña melopeas casi tan venerables como nuestra Chanson de Roland, donde se habla de la derrota en la tierra y la victoria en el cielo, y de incendiar las casas de los turcos. Pawe siguió el eco de estas canciones en bodas campesinas y en rondas escolares, pero escolares armados con kaláshnikovs. Sustituían los nombres de los valientes de hace seis siglos por el de los valientes actuales.

El lenguaje claro, la sintaxis simple del libro es un logro, y es parte también de un estilo cristalizado, que permite enfrentarnos (por su carácter diáfano y directo, lo que lo hace en ocasiones hasta agresivo y cercano) a uno de los personajes más contradictorios y ricos que he podido leer. El amplio desarrollo y la peripecia (el constante cambio de fortuna) del personaje Limónov es el gran logro de este libro y está en convergencia con el lenguaje utilizado. Su progresión dramática rompe todos los estereotipos y clichés posibles sobre la masculinidad, la solidaridad, la guerra, el fascismo, el socialismo, la democracia, la poesía, etcétera:

¿Qué siente Elena cuando la enculan y traiciona a su marido Limónov? Para sentirlo se introduce una vela en el culo […] Dice la leyenda que el poeta Esenin escribió poemas con su sangre. ¿Dirá la leyenda que el poeta Limónov se emborrachaba con su lechada?

No obstante, este lenguaje sencillo y directo donde está ausente la explicación detallada evidencia cierta limitación a la hora de enfrentar la descripción en muchos de los narradores contemporáneos, el propio narrador-personaje lo reconoce, aunque en este libro esta sencillez es orgánica y coherente:

Lo ideal sería contar el party en casa de los Liberman como el baile en el castillo  de Vaubyesseard en Madame Bovary, sin omitir una cucharilla ni una fuente de luz. No sé hacerlo, pero me gustaría.

Este narrador francés que habla de su madre historiadora y que debemos o podemos relacionar con el autor directamente por ser el volumen una biografía, se vuelve, a lo largo del libro, un personaje cada vez más importante. Desde un principio la primera persona que narra se asoma a veces, introduciendo opiniones, pequeños ruidos que a lo largo de todo el texto cobran lógica, organicidad y sentido.

Lo que no alcanza Carrère con su obra es fusionar política, historia y biografía plenamente. Hay momentos en que se le pierde la pista al personaje principal porque el narrador está ocupado en contar, aclarar, presentar el marco sociopolítico. Lo habría logrado mejor a través del propio personaje, de sus mismas opiniones o buscando mecanismos que no dejaran de lado el hilo de la historia de marco.

Pero ese es el riesgo que corre Carrère, el mismo riesgo (nos dice) que asumió su personaje, su héroe: el de “participar en la historia”.

limonov con granada

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Esta entrada fue publicada el agosto 24, 2013 por en Autores, Crítica, Tradición clásica.
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