El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Apuntes sobre unos versos de Joaquín Badajoz

 

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La poesía de Joaquín Badajoz forma parte del conjunto mistérico que rodea a este ser humano, es prolongación de sí y, al mismo tiempo, como él mismo escribe, es “horizonte más allá de mis manos”. Los ademanes, la mirada, las palabras, el verso, los silencios, el paso firme y al mismo tiempo onírico, el buen trato conforman en él una atmósfera enigmática, que nos insta a buscar en la palabra escrita, en lo que ha publicado aquello que se esconde y persiste, como un don arcano y sombrío, en el fondo de sus ojos. El misterio es, sin dudas, el combustible de la literatura. En Badajoz es también el punto inicial de interés para acercarnos a su poesía.

Pero el verso en nuestro dandi es también oculto, esquivo, pues la mayor parte de su lírica permanece inédita. Podemos conocerla aún por espejo, oscuramente, de modo fragmentario, esperamos algún día mirarnos en el sistema poético que se intuye a partir de los poemas que ha dado a conocer, como si viésemos, de una vez, cara a cara.

Lo que más llama mi atención en la poesía de Badajoz es que posee un dionisismo contenido, una expansión báquica, descomunal, whitmaniana llevada a unos moldes que encierran esa titanía verbal; la línea textual es mare magnum que choca con los muros estróficos, Prometeo encadenado, pero vivo y rebelde, Evohé cantado por Apolo.

Hay cavilación y mucha labor limae en sus textos, el primer verso que hoy propongo, por ejemplo, es una condensación del caos, el Apocalipsis casi esculpido en ocho palabras: “Bajo el acero plomizo que sorprendió las llamas”.

El misterio que su persona despierta no se descubre ni se desvela al leer su poesía, al contrario, toma otros cuerpos, seguimos viendo oscuramente, avanzando en y hacia el enigma. El ente Badajoz alcanza en la palabra otras dimensiones, otras cimas de lo secreto, encamina hacia otras búsquedas que lo multiplican y lo ocultan, que lo definen y a la vez lo protegen. La poesía debe ser también ocultamiento y ello nos remite a esa verdad acuñada por García-Marruz: “solo procura/ que tu máscara sea verdadera.”

Ya dentro del verso, continúa el carácter críptico, la primera estrofa de “A la sombra de unos versos de Rimbaud” es gongorina, hiperbática y al mismo tiempo parnasiana, caótica desde el orden que la nombra. Las metáforas paradójicas (“hoguera de vidrio”, “dardos de agua”) son otros modos de oponer y conjugar lo apolíneo y lo dionisíaco, las dos fuerzas que mueven todo el texto, a mi modo de ver.

Hay belleza en medio del fuego, de la sequía; sobre el primer incendio los jóvenes incendian el cielo, el verso es el camino hacia otra siembra, otra sirga (no ya la del inicio) que supera los propósitos de los poetas mismos, “ebrios buscadores de alguna alquimia nueva” que “alzan la vista al cielo y se los traga el mar”:

A LA SOMBRA DE UNOS VERSOS DE RIMBAUD

A l’aurore, armés d’une ardente patience,
nous entrerons aux splendides Villes.

Arthur Rimbaud (Une Saison en Enfer)

 

Bajo el acero plomizo que sorprendió las llamas,

danzantes y escurridizas sobre los cuerpos bellos,

dorados almendros muertos de las brujas de Salem,

muchachos tristes siembran espigas de invierno.

 

Campos donde pastarán mañana los soldados

mientras hilvanan riendas que nunca han de usar,

aleteantes caballos del letargo marino,

fuego de la escayola en una hoguera de vidrio.

 

Volátil como el fecundo pájaro de los augurios,

ángel de la marisma, zurcidor de herejías,

esclavos somos de un verso infértil, una rima,

que se seca y curte con el sol y el salitre.

 

Verso de mis ojos, horizonte más allá de mis manos,

siempre lejos cuando arde la llama en el testero

—libre humeante pletórico de brumas violáceas—

agua que me seca, sobrio navegante,

unos muchachos locos han incendiado el cielo.

 

A la sombra de un verso, un fresco manantial

que anida en su cauce la fronda sublime,

una corteza ajada por dardos de agua,

pájaro frágil que canta y llora al no ser.

 

Amanece en la estación de los poetas vivos,

tierra baldía, tierra hacia donde has de remar,

sobre la arena inermes los nuevos sirgadores

han tomado de navío una isla a la deriva.

 

Hay poemas sobre los que una cruz alarma a los tiranos

y una infusión desciende al interior de la mañana,

región donde se embridan ciclones y angustias,

donde ebrios buscadores de alguna alquimia nueva

alzan la vista al cielo y se los traga el mar.

En ese horizonte que parte de su verso, que no puede retener ni capitanear, en el mar que es al mismo tiempo salvación y fatum parece estar la confirmación de ese ritual báquico, apocalíptico que se impone desde la primera frase.

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En “La cuerda rebelde que aguijonea la muesca” tenemos una versión de opuestos también, los “pájaros heridos” descansan “con angustia” y al mismo tiempo “despreocupadamente”. Pero lo más interesante no es la fusión del dolor y el reposo, sino la composición anular del poema: comienza hablando de los pájaros heridos y en el cierre el propio sujeto lírico pretende descender como un pájaro, cernirse, de modo que padezca en él la culpa del cazador y el aguijón de la presa, la rara y compleja bienaventuranza del dardo lanzado y/o recibido:

 

LA CUERDA REBELDE QUE AGUIJONEA LA MUESCA

 

En la temporada que anuncia la veda,

descansan con angustia los pájaros heridos

despreocupadamente sobre el abrevadero,

se apacienta el temor, su lluvia de alfileres

sobre la nuca desnuda.

 

Flota el quinto mandamiento,

como una nata pulcra en el filo del sable

deshilacha el invierno con sus manos de ángel.

Son tantas incontinencias que provocan el gesto.

La saeta es la mano que se ovilla

en torno a un corazón que quiebra;

arpegio que procede del silencio en la cuerda,

el segundo en que se tensa y vibra,

el respiro contenido,

el ojo,

la pupila,

el rostro y sus protuberancias de marfil.

 

Como si alguien echara su suerte o su pequeña aldea,

un hueso maldito por sobre el hombro,

acecha la bestia y tiene un cuerpo bello

abierto a la temporada de las aves que emigran.

 

Ha quedado el polvo como una manta que perdona

/o que esconde,

capa traslúcida que se avejenta,

surca la piel de los pómulos y abomba los párpados

mientras ensucia el agua cristalina y los metales.

 

En la pureza hubo tiempos

en que depositó su almíbar el fuego en la ceniza,

hoguera donde deshumedece sus pies el caminante.

 

Mas el ánfora maldita ya no está,

se derramó el elíxir,

se levantó la veda.

Hay minúsculos vientos que aciclonan el pecho,

que dilatan la fiebre de los huecos del rostro.

Hay muertes pequeñas que no valen la pena

y dejan la resaca de la angustia

que nos envuelve en vidrios la espalda

y nos aturde.

 

Basta que me cierna como un pájaro y descienda,

bienaventurado sobre la escarcha que abriga al abedul;

dichoso de haber sido

el cazador,

la presa,

el silencio en que se encorva la madera

y la cuerda rebelde aguijonea la muesca,

y el ojo,

la saeta,

el corazón,

el ojo.

 

En este poema, la yuxtaposición da velocidad al texto, encarna el descenso, el saetazo, el golpe. Persiste la tensa búsqueda de un sentido común entre el padecimiento y la dicha, entre el orden y el dolor, para alcanzar la sintaxis exacta y contenida de la desesperación.

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La primera persona que cierra “La cuerda…” se impone desde el primer verso en “La despensa”, poema que aúna dos pares opuestos: juventud vs. vejez y amor vs. guerra, dos de las líneas temáticas más universales dentro de la lírica de todos los tiempos, desde Arquíloco, Anacreonte y Horacio hasta Manuel de Zequeira y Jesús J. Barquet. Temas también quijotescos, que siguen trenzando y tensando en antítesis las inquietudes de Badajoz:

EN LA DESPENSA

 

Ya pasó la juventud y fui enrolado en el ejército;

pero no pasó el tiempo de la angustia

ni la vigilia

ni el anatema como un golpe de culata en los riñones.

Era débil entonces para echar la piedra cuesta arriba

desgarrando la carne y abriendo los caminos.

 

Tomé mi puñado de ceniza,

la que habría de untarme sobre las lágrimas

y las pestañas, sobre el pelo rucio,

sobre las ropas rasgadas para pedir clemencia

y sufrí por primera vez el desengaño.

 

No pude hacer el amor aquella tarde.

La carne que persigue el soldado con la avidez de un preso,

tenía un sabor ácido y el olor de la piltrafa hervida

que devoraban los perros cada madrugada.

 

Estaba ebrio, el fuego del alcohol de los cañones,

me quemaba las vísceras.

Era el sexo de un payaso grotesco cabalgando una búfala.

Su carmín, su aliento extraño de una noche,

se mezclaban con el sudor de mis axilas.

Me sentí ya un hombre, calmando las heridas del amor

con la lujuria.

Al cerrar los ojos vino a mí todo el azoro,

la muerte del niño que escribe poemas en el aire.

 

En qué animal extraño la vejez me ha convertido.

 

En la foto desdibujada me veo joven fumando un cigarrillo,

el kepis ladeado, el sambrán al cuello.

Ese cinturón de hebilla militar que alguna vez estalló

sobre la espalda de un soldado.

En esta despensa, con meticulosidad de almacenero,

escondo las fotos del pasado,

las historias que prefiero olvidar,

y la memoria,

sobre todo la memoria de un tiempo

que nunca fue mejor.

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En “La inmensa brevedad del ser”, desde la pareja de sustantivo y adjetivo en el propio título se alude a la oposición, a la conjunción paradójica. El poeta se pregunta dónde está la trascendencia, cuáles son los problemas principales que han de ocupar a un nuevo héroe. Las oposiciones están entre el presente y el futuro, entre lo que es y lo que (no) será, entre “la calma y la tormenta/ que enhebran los días de esta ciudad desamparada”, entre la eternidad y un día. La insularidad o la relación con el mar, que ya se hacía notar en “A la sombra…”, aquí se robustece, así como las inquietudes en el decir y su inevitabilidad que son otro eje temático frecuente, “la palabra retorcida,/ el verbo que te vence”:

 

LA INMENSA BREVEDAD DEL SER

 

Alguien debe preocuparse de la calma y la tormenta

que enhebran los días de esta ciudad desamparada.

Un archipiélago es más que un puñado de piedras

/lanzadas sobre el mar,

trasciende,

sin nada de los supuestos sueños que sacuden

a los habitantes de una tierra a la deriva,

los que saben que a lo sumo en un siglo

las serpientes polares se tragarán los puertos,

el muelle donde besaste a tus hijas,

la casa que fue volviéndose un rincón imprescindible,

alrededor de la mesa de cedro, sobre la verja,

bajo el árbol deshecho en hongos

que de certeza no aguantó las lloviznas más crueles;

pero un archipiélago no es una inmensa pradera,

no puede sumergirse dócilmente

al peso de una mano que se esconde.

Alguien debe ocuparse de la capa de ozono,

de la polución, del cáncer, de los hijos de Dawn.

Alguien debe picarse las venas

y escribir en la puerta de espinas

otra fórmula para volverse mártir.

 

Quién puede maldecir, lanzar un trozo de muerte

/a la escudilla,

vestir de hombre su cuerpo inmaculado,

ser del no ser, el bosque, una escalera.

Dónde la gloria tempestuosa de una herida

reparó en el prosopon, la máscara dramática

minutos antes de que el bosque de helechos

germinase de las paredes rotas.

Este invierno la lluvia es pertinaz,

los hombres se cuelgan su precio y sus virtudes,

mientras los peces beben con insobornable

tranquilidad de los manteles,

almidonados, estrictamente blancos,

donde no quedan restos de abundancia.

Para el hombre que vive, gasta y muere

nada valdrá una cruz astillada,

la otra mitad de una adolescente temblando de deseo,

la palabra retorcida,
el verbo que te vence;

para el hombre que aparte de morir un poco,

/cada noche,

no ha puesto el día anterior su piedra para la eternidad

sobre el relámpago,

sobre la adoración del fuego,

sobre el acto de parirse y evitar la mueca,

nada puede significar

esta ciudad pequeña con todos sus excesos y sus gritos,

o el hecho de vivir al filo de su sombra

sobre un puñado de peces que reposan.

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En el texto de cierre, tenemos un homenaje a Lezama Lima, titulado “Último descenso místico de San José Lezama”. El poema me recuerda la tesis que defendió Norge Espinosa sobre Orígenes como caos y no como telos: “patrón de la censura y los escándalos”, “haber sembrado una tormenta”. Badajoz, en medio de un homenaje personal, intenta mostrar la complejidad de semejante figura canonizada ya, si no por la iglesia, sí por sus fieles y devotos lectores. Erótica y misticismo, abismo y salvación, duda y fe, vida y muerte se complementan en estos versos que proponen otro culto, otra revelación, un nuevo ángel que viene a anunciar y a ordenar, pero que es más bien arcángel de escándalos y tormentas, lo cual, en definitiva, lo hace más trascendente y perdurable, hasta hoy, en el panorama literario cubano:

 

ÚLTIMO DESCENSO MÍSTICO DE SAN JOSÉ LEZAMA

 

Como órgano, como respiración espesa,

en el sueño del ave transitoria

ponemos la fe de alguna herida,

se agita la hebra de agua en el ovillo

mientras un hombre contempla su retrato.

 

Sucesos de la resurrección del polen en la mandrágora

embridados sobre una cruz de carne.

Id y construid una iglesia católica

que el que esperó en las tardes el aroma

/del trigo maduro

tiene una bofetada de paciencia en la mejilla.

 

Homosexual han dicho

/sin ver el rastro de invierno que se escapa

reposando en el oro purpurino de los bosques,

sin ver que hay fragmentos de otras temporadas,

trozos de ciudad, tormentas,

angustias de una casa que nunca dio su rostro,

tumefactas las piernas

y adoloridas del peso de un corazón

abierto a gritos por la noche.

 

Quién sabe si eran alas de libélula

o el manto de una virgen,

denso pendular acompasado y rítmico

que denota la angustia en quien se esconde.

 

De qué manera colocar el óbolo

/para atravesar los laberintos,

si las balaustradas recuerdan

/los brazos en tercio del amante.

 

Dónde encerrar la bestia asustadiza,

apartarla del temor de las mareas,

para que te perdonen haber sembrado una tormenta.

 

San José Lezama, patrón de la censura y los escándalos.

En qué preconcebido rito brotará una espina,

mediodía en que se multiplicó una piedra

y se hizo fuerte el amor y se hizo fuerte,

petrificado en las vetustas catedrales

/el fruto de la vid,

la herida coagulada en el acto de la duda.

Sangre de la nueva alianza, derramada

en el octágono crepuscular de los altares,

chorreante sobre los capiteles

en los santos.

Mientras se transfigura el hambre,

mientras el cuerpo espera

una puesta de sol en el gatillo que ajusta las arterias abiertas

/de un suicida.

 

Ya el tiempo de morir es cotidiano.

La ceremonia de reposar los brazos sobre el sexo

cubriendo el cuerpo de nostalgia.

Si el tren de mi amor se aleja lentamente,

bucólico divertimento que detuvo

como un disco afectado

/el momento del adiós.

 

Id y fundad una generación de pueblos,

el peregrino tiritar del fuego chamuscado,

la esperma que acrisola y abriga la asamblea,

casa donde aquilate el verbo una aureola finísima,

lacerante pico desgarbado

/de un ave que retorna.

 

Id y celebrad la despedida.

La última cena, la de hace veinte siglos;

sobre la piedra en que tiraba la red el pescador

una joven entona un canto bizantino

ceremonia de espera por un hombre que vuelve

donde todos los martirios son tonadas sordas

que van dejando un humo estacionario en la pupila

pócima volátil para los tiempos muertos.

 

lezama

 

Conocemos de la obra de Badajoz lo que nos ha dejado (entre)ver. Parecemos niños asomados al borde del telón de un gran teatro, del gran teatro del mundo. Punta de un iceberg. Apenas la primera revelación de un corpus orgánico que construye, como Heráclito, a partir de las oposiciones y las tensiones, el orden del mundo, la armonía universal: un pájaro que desciende, como Lezama mismo, asumiendo su herida y su aguijón; la epifanía de un poeta que viene a dejarnos el caos como recompensa, engendro, salvación, como nudo de nuevos e infinitos nacimientos; un soldado que no se reconoce al envejecer o que no logra hacer el amor después de hacer la guerra; unos muchachos que llevan el fuego hasta la estación celeste; un sujeto lírico que pretende hacer del verso una estación medible, perdurable y que al final se pierde en la inmensidad del mar y el horizonte.

Cada vez que Badajoz enuncia, se nos revela, crea sendas inesperadas en el aire, en el fuego, en la tierra, en la mar; toda definición suya es otro camino hacia el misterio. Cada palabra que ofrece nos acerca y nos aleja más de él, de su verdad. Cosas de los oráculos y la poesía.

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Esta entrada fue publicada el septiembre 8, 2013 por en Uncategorized.
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