El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

LOS POETAS MÍSTICOS EN LA REVOLUCIÓN RUSA (artículo de 1953)

Vladimir Mayakovsky en 1927

Vladimir Mayakovsky en 1927

Tomado de: CUADERNOS HISPANOAMERICANOS. No. 40, abril, 1953, pp. 72-75.

Études, la revista de los padres jesuitas franceses, publica en su último número una nota de E. Lequien, interesante y actual desde muchos puntos de vista. El comunismo ha sido, sin embargo, una esperanza, una especie de místico fervor intelectual, profundamente arraigado en las clases cultas rusas y satisfaciendo aquella sed de renovación y aquel sentido revolucionario de la vida que caracteriza las inquietudes del siglo pasado. Más allá de “la técnica del golpe de Estado”, que es el único aspecto bajo el cual la consideran muchos después de haber leído el libro de Malaparte, la revolución rusa es también anhelo de místico contacto con el pueblo y con un dios que no es el de la Iglesia. Los errores del romanticismo occidental, unidos a la anarquía del mundo ruso y a su perenne dimensión revolucionaria, han otorgado a los primeros pasos de la revolución comunista una especie de aureola espiritual que la poesía de los primeros años refleja con bastante sinceridad. Esto parecerá extraño, pero hay que tener en cuenta el hecho siguiente: de ser el anarquismo ruso precursor de la revolución, la Rusia de hoy, eminentementeantimística y antiespiritual, no será nunca más una idiosincrasia revolucionaria, sino un sistema. Esta es la razón por la cual la poesía de 1918 ó 1920, que luego analizaremos, aparece a los que hoy la lean como un espectro o una fantasía que nada tiene que ver con el comunismo y menos todavía con el stalinismo. Transformado en Estado, el comunismo, como cualquier utopía, ha perdido sus poetas.

Los primeros poetas comunistas—Blok, Esenin y Mayacovsky— impusieron al movimiento revolucionario un fuerte matiz mesiánico y un color elocuentemente religioso. Ellos ponen de relieve lo que Keyserling descubría en los abismos del alma rusa, aquella dramática tensión entre su telúrica proximidad a la Naturaleza y el vuelo de su espíritu. Ya en el 1918, Blok escuchaba “la música de la revolución” y “el ruido del desmoronamiento del viejo mundo”. Su poema titulado “Los doce” se desenvuelve en las calles de Leningrado en plena agitación revolucionaria. Los doce personajes son doce apóstoles; doce guardias rojos, pasando entre las llamas y los gritos de los moribundos.

Para hacer sufrir a todos los burgueses
encenderemos un fuego universal,
un fuego universal en la sangre.
¡Señor, bendíganos!

Cerca de ellos pasa un perro hambriento y agónico, símbolo del mundo burgués. Pero de pronto, ¿quién aparece entre las llamas con una bandera roja en las manos?

Llevando una bandera ensangrentada,
invisible detrás de la tormenta,
evitando las balas,
caminando dulcemente por encima de los torbellinos,
circundado por una nube de perlas,
coronado por blancas rosas,
frente a ellos Jesucristo.

El tema del retorno del Mesías sobre la tierra era uno de los más populares en la poesía rusa prerrevolucionaria, y el filósofo italiano M. F. Sciacca destacó hace poco (en la revista Città di Dio, diciembre de 1952) el carácter escatológico y nihilista de la ortodoxia rusa y sus íntimos contactos con un marxismo concebido por los rusos como un fin de los tiempos, o sea de la Historia. Y sobre el carácter teologal del marxismo no hace falta insistir aquí. El poeta Biely escribía, por ejemplo, en 1917:

Alguien me ha dicho recientemente
que Cristo volverá dentro de poco.

Esenin mezcla también el mesianismo ortodoxo, tan evidente en Tolstoi, con el mesianismo revolucionario cuando escribe:

¡Alegraos!
La tierra se ha vuelto
una nueva cúpula…;
una nueva Nazaret
está frente a vosotros.

Pero el verdadero poeta del movimiento y el intérprete de esta tendencia ortodoxo-marxista será Mayacovsky. Su mesianismo es estructuralmente revolucionario, y este tremebundo futurista echa raíces directamente en las fuerzas colectivas del instinto, del odio y de una tierra menos materna que tiránica cuyo potencial antihumano es en el fondo otra herencia romántica. En su poema “150.000,000”, Mayacovsky escribe lo siguiente:

150.000.000 es el nombre del autor de este poema.
Las balas como ritmo.
La rima…, el fuego de casa en casa.
150.000.000 hablan por mis labios.

duncan y esenin

Sergei Esenin e Isadora Duncan

Los temas de los primeros poetas revolucionarios no son muy nuevos, y esto salta inmediatamente a la vista. El siglo xix había oscilado con pasión entre la masa y el superhombre, entre MarxNietzsche, y basta hojear la poesía y la prosa de ese gran mixtificador que fué Víctor Hugo para dar en seguida con todas las herejías de la revolución. Los románticos alemanes (para no volver una vez más sobre la influencia de Schelling sobre el pensamiento ruso) han forjado también la imagen de un Jesucristo antieclesiástico, encuadrado en las filas del optimismo progresista. Los poetas de la revolución son los herederos directos de esta línea ideológica y proceden sin darse cuenta de aquel revolucionarismo burgués —horribile clictu—- que fundamenta el espíritu de los héroes de Moscú. Pero el Estado comunista iba a destruir dentro de poco este mesianismo inaugural. La teocracia sin Dios quemó sin tardar el instinto evangélico, y los tres poetas se suicidaron, desesperados e incomprendidos. (Blok se dejó matar por el hambre y la miseria en el año 1921; Esenin se ahorcó en 1925 ; Mayacovsky se pegó un tiro en 1930. Así terminó el período mesiámco de la revolución rusa). Y el mesianismo de los poetas se volvió política y técnica bajo la guía de los épicos verdugos. Lenin destierra para siempre a Jesucristo y toma su lugar. Después de su muerte sigue inspirando el culto del nuevo hombre-dios desde su monumento de la Plaza Roja. Es un dios muerto que, junto a la Ley (la Constitución de 1936) y a su profeta, Stalin, dirige los destinos de Rusia. Dos conceptos nuevos aparecen en la era de Stalin, caracterizando su reinado: el concepto de genio y el de padre. En el diccionario Larousse la palabra genio tiene la siguiente explicación: “Divinidad que, según la opinión de los antiguos, preside la vida de cada uno de los nombres.” Stalin no fué otra cosa. Presidió, efectivamente, la vida de cada uno de sus súbditos y fué el genio, según la opinión de los antiguos, o sea una divinidad omnipresente. Es éste el sentido de aquellas vulgares alabanzas que terminaban, en los telegramas como en los discursos, con un homenaje al “genial Stalin“.

Aleksandr Blok

Aleksandr Blok

En cuanto al concepto de padre, el zar lo había también -utilizado, pero no como doble faz del genio, sino como justificación de un terror organizado sobre una base familiar que otorgaba al jefe de la familia derechos de vida y de muerte. Por lo tanto, la revolución no puede considerarse como una ruptura con el pasado, sino como una manifestación obvia de la continuidad rusa.

Si Stalin tuvo todavía sus poetas, mediocres y vacíos, ensalzando al padre de los pueblos y al genio sin par, es fácil prever la muerte total de la poesía bajo el reinado de Malenkof, el burócrata dirigiendo sin prejuicios un instrumento político situado más allá de cualquier sentimentalismo. Es la fase decadente de la revolución. Su antimisticismo es su propio fin, y si no habrá más poetas con ganas de suicidarse, quedará frente al nuevo tirano el mismo mundo comunista, vacío de fe y de esperanza, preparando en silencio el fin de su tiempo.

V. H.

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Esta entrada fue publicada el mayo 4, 2014 por en Autores, Crítica, Traducción.
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