El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Rivalidad y admiración

savater

Todo aquel que se permita hablar en nombre de un pueblo entero, que crea poder declarar lo que todo un país desea, tiene un alto por ciento de probabilidades de ser un oportunista intolerante y manipulador.

Quienes definen como enemigo al que piensa contrario a él y además deciden sin encomendarse a nadie que debe ser eliminado, silenciado, señalado como adversario, solo reflejan su incapacidad de diálogo y su intolerancia.

Cuando este tipo de oposiciones irreconciliables son fomentadas y repetidas por algunos que se hacen llamar “intelectuales” o “artistas” a causa de partidismos, diferencias ideológicas u otras razones, es más vergonzoso el caso aún. El creador no debiera olvidar nunca que la esencia de su arte está en la capacidad de admiración, de inclusión, de comunicación entre todas las partes, incluyendo, por supuesto, la rivalidad. 

La verdadera oposición, el enfrentamiento limpio es dialógico y creador.

El verdadero enemigo es capaz de admirar a su contrario, de reconocer sus virtudes.

A propósito, quiero compartir este fragmento del libro Mirar por dónde (2003) del filósofo y ensayista español Fernando Savater que trata el tema desde un ejemplo anecdótico dieciochesco hasta argumentos más generales y contemporáneos:

 En el año 1709, en el palacio romano del cardenal Ottoboni, tuvo lugar un singular torneo musical entre Georg Friedrich Haendel y Domenico Scarlatti. Ambos tenían la misma edad, veinticuatro años, pero ya eran maestros en su arte. Y solo contaban para su cotejo con dos armas incruentas: un clave y un órgano. El sajón era cosmopolita; el latino, exuberante y mediterráneo. Aunque se mantuvieron magníficamente parejos durante largo tiempo, parece que finalmente el órgano inclinó la balanza a favor de Haendel. Luego cada cual siguió su camino, pero esta rivalidad nunca enturbió la recíproca admiración que los dos artistas se profesaron. Casi medio siglo después, ya al final de su vida, el viejo Scarlatti siempre se santiguaba al oír mencionar el nombre de Haendel: en señal de respeto.

Me conmueve mucho esta anécdota dieciochesca (cuya noticia debo a Stefano Russomanno, en el número 109 de la revista discográfica Diverdi). Primero, porque en estos tiempos en que se llama “competitividad” al intento feroz de eliminar al adversario, o sea, de suprimir la competencia, nos recuerda que la verdadera emulación engrandece al rival y quiere mantenerlo como refrendo de la excelencia. Y en segundo (pero principal) lugar, porque se refiere a la más hermosa disposición que suscita el arte, la capacidad de admirar. Quien no la conoce, aunque parezca ser un gran artista, carece de un registro esencial de la sensibilidad que produce el arte y a la que el arte interpela. Desconfío hondamente de la aparente superioridad de los perpetuos desdeñosos, de la insobornable “objetividad” de los cicateros profesionales y de los desmitificadores del mérito ajeno que siempre se las arreglan para barrer la fama hacia casa. Creo que admiramos con lo de admirable que hay en nosotros y nunca he tropezado con nadie verdaderamente admirable que no supiese también ser sinceramente admirador.

Fernando SAVATER

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada el mayo 16, 2014 por en Autores, Crítica.
A %d blogueros les gusta esto: