El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Un marido ideal

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Quisiera explicarlo a cada una. He engordado en los últimos años. Los treinta, que no perdonan. Ni yo al queso. Ratón de isla. Llevo hoy, por ejemplo, una camisa de Massimo Dutti, un poco larga quizá. El pantalón un poco ajustado, lo suficiente. No es a propósito. Hace tiempo que la ropa forma parte de una causalidad que me supera y desconozco. Mi ropa tiene vida propia. Por eso cada uno o dos años casi toda termina en el basurero, sería el colmo que la tela se volviese otra tiranía. Para fetichismos tengo mejor imaginación.

Una gorra azul. Ya es mayo y comienza a pegar fuerte. El indio, como le dicen al sol en Cuba. Zapatos del mercadillo de Plaza de Castilla. Lo cierto es que engorrado y con camisa larga parezco un guajirito noblón, heterosexualoide, con cara de trentipico, el amante perfecto para las mujeres de entre 35 y 45 que se me quedan mirando en el andén, en la calle, en un restaurante. Por eso quisiera explicarles, a cada una, que no es por ser homosexual (eso es pasajero, jajajaja, eso no tiene fuerza como argumento), que posiblemente cuando llevo esta ropa soy lo que ven, que podría formar una familia con cada una de ellas, una a una en cada vida posible. Y que hasta lo hago en los tres segundos que me miran.

El asunto no es que me acueste con hombres, que haya tenido sexo con una sola mujer en mi vida, aunque reiteradamente y con mucho vicio. Eso, creo, es lo de menos. Tiene remedio, vamos. El problema es que, aunque quisiera, ni con mi falo o mi verbo podría hacerles recuperar el tiempo perdido.

Cada mujer que me mira de ese modo, parece pedir, esculpir en el aire un hijo. Y lo terrible es que el amor, la vida misma se les vuelve, se nos vuelve a ellas y a mí, un hijo imposible, un hijo de viento. No parecen modelos, ni son de rostro estilizado, no tienen grandes ambiciones en la vida, son más bien rellenitas, de tetitas un poco sepultadas, con rostros de madres sumergidas, de “diez vírgenes” bíblicas suplicantes o dormidas al tardar tanto el elegido. Un hijo, un marido a quien querer y que las quiera. Nada más. Y eso, que parece la mayor de las simplicidades se nos vuelve imposible.

Ni ellas ni yo tendremos la vida que se trenza en esos pocos segundos de interacción, y sin embargo quieren lo mismo que yo. Un hijo de hierba, de hidrógeno ardiente, de fuego. Quizá porque todos, los que esperan un primogénito y los que no tenemos la necesidad de tejer vida de las entrañas, hacer del útero del pensamiento soplo, vibración.

Seguirán teniendo caras de aceitunas maceradas en casa, con su inconfundible amargor doméstico y la corteza de los labios como afilada, verde gris, resistente al desprendimiento; parece que todas se llaman Mari Lourdes y que hay, entre sus manos y el deseo, higos en almíbar que preparan en el pueblo con sus madres, higos con sabor a miel y a tierra, con la elegante torpeza de lo natural. Sus cuerpos, como las berenjenas con pimientos que envasan en la cocina familiar, no perderán la dura consistencia de los bordes, dureza hispana, el caparazón aderezado de las hojas y la suavidad de la masa al centro.

Yo seré el guajiro que lleva atado al pie un hijo fantasma que nos une y nos aísla.

Yoandy CABRERA

5 de junio de 2014

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Esta entrada fue publicada el junio 4, 2014 por en Creación.
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