El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

El riesgo de ‘Mirar a los lados’: perder el rumbo*

Portada Juventina

Uno de los libros de crítica literaria más deficientes escrito en los últimos años en Cuba es Mirar a los lados. Dos zonas de la poesía cubana de los 90 de Juventina Soler Palomino. Es el peor análisis dedicado a la poesía finisecular cubana que conozco. Y sus limitaciones están principalmente en el pretendido lirismo totalmente desajustado e infeliz, y en la aparente profundidad analítica que se queda en elipsis seudorretórica, sin llegar a decir nada en concreto las más de las veces. Me ahorraré ejemplos, basta ojear cualquier página.

Este pequeño volumen evidencia la falta de criterio, filtro y revisión que se padece en algunas editoriales cubanas y de provincia, de lo que no están exentas a veces las editoriales más importantes del país (en el prólogo, Emmanuel Tornés informa que una versión más ampliada del estudio de Juventina saldría en una casa editora nacional).

El fenómeno de las “ediciones Rizo”, al que se refiere Soler reiteradamente, no es en sí la causa de la falta de valor literario de ciertas propuestas, sino la idea absurda de que se debe publicar cualquier cosa sin que un consejo editorial cualificado, competente pueda corregir, orientar la reescritura y la revisión de problemas evidentes de redacción y de coherencia. Pero posiblemente en la provincia Granma la propia Soler sea una de las voces (supuestamente) más autorizadas, y ya eso es un problema. Téngase en cuenta que la autora es miembro de la UNEAC. Que un investigador como Emmanuel Tornés acceda a hacer el prólogo del libro sin señalar estas limitaciones es otro síntoma terrible del estado indigente actual del ejercicio crítico en ciertos predios insulares.

Teresa Fornaris, en una reseña de ese libro titulada “En dos partes: la palabra mordida” (Ventana Sur, no. 6, julio-diciembre de 2008, pp. 52-53), habla de “observación minuciosa” donde personalmente veo incapacidad de conjugar postulados generales con análisis poético más específico de los autores y los textos. La oscilación continua entre el estudio directo de algunos poemas y ciertas conclusiones socioculturales y abstractas a partir de estos, más que concretar un método, desorienta al receptor (véase, por ejemplo, la p. 59).

Fornaris agrega que Soler “no puede sustraerse a la belleza del lenguaje, al empleo de la metáfora limpia o la imagen para describir a sus iguales”. Sin embargo, mi percepción es que esas intenciones de poetizar dentro de estos ensayos oscurecen y degradan el lenguaje del análisis, además de que muchos de sus intentos metafóricos y de vuelo lírico son fallidos. La reseñista interpreta el texto de Soler y analiza lo que debieron ser los propósitos de la autora como cumplidos y claros, cuando en verdad no aparecen perfilados ni tienen concreción en el estudio.

La cada vez más acostumbrada condescendencia insustancial, el elogio gratuito y la idea de que una crítica “dura” siempre esconde rencillas personales o malas intenciones son síntomas de la indigencia crítica insular.

No tiene que ver la de Soler con la ampulosidad en la frase que señalaba Enrique José Varona como característica de la mayoría de nuestros escritores, esa que como un ojo de atracción ciclónico y expansivo encarna José Lezama Lima. Su inexactitud en el decir y el engolamiento sintáctico nacen más bien de la pretendida pose impersonal, distanciada, seudoacadémica, y más que disimular su incapacidad analítica la deja claramente en evidencia.

Dentro de ese matorral discursivo que se mueve entre el disparate y lo naif, hay unas (pocas) ideas rescatables. En el primer ensayo, titulado “La poesía cubana actual: una mirada desde las redes”, la autora se refiere a un fenómeno que me parece atendible e importante para comprender la poesía cubana de 1959 al presente: “libros que fueron escritos en un momento y aparecen en otro que muchas veces no tienen nada que ver con su contexto” (pp. 23-24). Por lo demás, es preferible leer la poesía de Nelson Simón y de Antonio José Ponte directamente que remitirse a estas tautologías y glosas anodinas.

En el caso del segundo texto, titulado “La palabra tras la doble realidad. Poesía femenina”, aunque el número de autoras analizado es superior, en ocasiones se logra una mayor claridad expresiva. Sin embargo, a veces se cae en el error de dividir lo femenino y lo masculino de forma arbitraria e inoperante desde mi punto de vista.

Abunda en su discurso una adjetivación disparatada y aleatoria (“es el encuentro revelado a través de la mística inaplazable del verbo”, p. 31). Muchas veces los poemas que cita la ensayista parecen explicar sus ideas, cuando debiera ser a la inversa. La relación entre lo sociohistórico y la poesía no llega a ser orgánica en el libro, no logra conjugarse (pp. 44-49, 60-61). Además, el texto está plagado de lugares comunes de la crítica literaria.

En cuanto a la edición, el libro funciona como manual de mucho de lo que no debiese hacer un editor: el texto aparece en bloque ininterrumpido, agobiante a la vista, con márgenes mínimos en el mazacote verbal. No hay, además, separación ni signos de puntuación entre los poemas citados y el análisis.  El apartado “Citas y Notas” comienza en página par (p. 90) por no dejar en blanco una cuartilla.

Esta falta de espacio, el abuso del formato, nos conduce a otro problema editorial de los últimos años en Cuba: no solo se ha querido publicar mucho, se ha priorizado más la cantidad que la calidad, sino que se intenta ahorrar espacio a toda costa en detrimento muchas veces de la factura final del libro. Me pregunto si no sería mejor publicar un volumen, pero con esmero y con espacio suficiente, que publicar diez libros con texto atropellado, metido a empujones en la caja y de dudosa calidad.

El proceso editorial cubano desde el triunfo de 1959 hasta el presente también refleja en estos casos las arbitrariedades, la poca y mala planificación y las evidentes irregularidades durante décadas: ha ido de la holgura excesiva de las Ediciones R en los 60 (donde las páginas pares solían dejarse vacías), a una escasez de papel mayúscula desde mediados de los ochenta hasta mediados de los 90, y a un abuso del espacio, a un horror vacui fáctico que parece  aprovechar todo espacio posible en algunos libros recientes.

Además del de Soler (que es un libro editado en provincia) podrían mencionarse ediciones del reconocido Premio Casa de las Américas (de carácter internacional) donde no hay siquiera una página para cada poema en ocasiones, sino que una vez más todo el libro se presenta en bloque ininterrumpido, algo también común en ciertas editoriales de carácter nacional; ejemplos de ello son la edición de Aún nos pertenece el otoño de Luis Manuel Pérez Boitel (Casa de las Américas, La Habana, 2002) o la edición de la Poesía completa de Enrique Loynaz en 2007 hecha por Letras Cubanas.

Es una pena que una de las pocas personas que ha pretendido sistematizar en un volumen ciertas zonas de la poética de los autores de los años 90 no cuente con las herramientas ni con la capacidad de análisis necesarias. Pero a veces las buenas intenciones no son suficientes. A ratos este estudio es como un trabajo de clases con lecturas críticas, teóricas y poéticas que superan la competencia analítico-discursiva de la autora. Soler parece tener algunas cosas que decir, lástima que las formas oscurezcan, desvirtúen sus ideas.

El corpus poético que la autora intenta abarcar y sistematizar sobrepasa sus habilidades exegéticas. Soler Palomino se pierde entre una tropología ingenua, un descriptivismo inoperante y una pseudo-teorización incoherente y estéril. En parte ha llevado a cabo lo que ella misma critica: “sería un engaño tapar con giros retóricos los innumerables sistemas sígnicos del decir cubano del período analizado” (p. 40).

Esperemos para los próximos años estudios parecidos a los de Walfrido Dorta, Jorge Luis Arcos, Lina de Feria, Norge Espinosa, Roberto Zurbano y Geovannys Manso para poder dilucidar desde la oposición, el diálogo y el cuestionamiento la pluralidad lírica de los 90 y la actualidad. Los poetas finiseculares cubanos (entre ellos la propia Juventina Soler Palomino) siguen esperando estudios sistemáticos y más consistentes.

Yoandy CABRERA

*Este artículo fue publicado en Diario de Cuba el 21 de junio de 2014 bajo el título “Mirar a los lados o perder el rumbo”.

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Un comentario el “El riesgo de ‘Mirar a los lados’: perder el rumbo*

  1. Liuvan Herrera Carpio
    abril 19, 2015

    Con el riesgo del pez, que solo mira a los lados, nunca al frente, la autora de este librillo sopesa más la supuesta afectividad entre los autores de su promoción que la exégesis literaria, es un mal enraizado como el marabú en la crítica literaria cubana. Ojalá, admirado Yoandy Cabrera, alguna revista cubana se hiciera eco de esta reseña, que más allá de centrarse en el libro de la Soler, destapa, entroniza como problemática ontológica, un cáncer común a muchos críticos cubanos que ven el ojo ajeno lleno de paja y no les molesta quitarla.

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Esta entrada fue publicada el junio 22, 2014 por en Autores, Crítica.
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