El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Diario de Creta (I)

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De Idomeneo a Ronaldo, el mar a veces parece la acumulación de todas las luchas, las voces, los cuerpos. Mármol desatado, Poseidón es un abismo de agua que nos refleja y nos devora.

Los de Creta iban al mando de Idomeneo el lancero. Los que en Cnosos y en la amurallada Gortina vivían,  los de Licto y Mileto y también de la blanca Licasto,  los de las populosas ciudades de Festos y Ritio, y otros muchos de la isla de Creta, la de cien ciudades,  todos ellos al mando iban de Idomeneo el lancero y Meriones, el igual a Enialio, aquel que hombres mataba.  Y seguíanle ochenta navíos de negra figura.

Ilíada II, 645-52

Madrugada del domingo 29 – madrugada del lunes 30. Junio de 2014

Aterrizamos en Heraklion, en el aeropuerto Nikos Kazantzakis. Fue entonces que escuché, en toda su cotidianidad y sencillez, el griego hablado entre conductores de autobuses y trabajadores nocturnos. Había uno, joven y rubio, que sonreía y masticaba chicle mientras señalaba a unos ingleses y comentaba con sus compañeros. Griego fluido, fuera del laboratorio académico, griego de guagüeros, concentrado, tácito y en extracto insular. Supe entonces que tenía una vida pendiente en estos parajes, que no sólo me gustaría sino que debería vivir en algún momento por estas tierras.

Después  vino la noche y el descenso. Homéricos. La negra noche. Hay un momento (he de adelantarlo) en que la noche y el mar son lo mismo.

Mi primera imagen total de Creta es la oscuridad, la diestra enorme del minotauro en la sombra. Knossos a 400 metros, podía leerse. Y así crucé Agia Pelagia, Panormo, Rethimnon, Georgioupoli, Chania… Kilómetros y kilómetros entre el mar y la montaña, en la alta noche. Los desfiladeros, las faldas orográficas se confundían con los muros celestes, miré continuamente hacia arriba y no había diferencia entre la roca áspera de los márgenes y las alturas. Desde el descenso en el avión se nota, incluso en la vigilia, las continuas irregularidades del terreno cretense. Las luces dejan ver los distintos y cambiantes niveles del relieve insular, los mismos que provocaron que la construcción de palacios como Knossos se hiciese en distintas alturas y que luego se tuvieran que conectar por enormes escaleras, lo cual dio esa sensación laberíntica, impenetrable, desorientadora que se convirtió en mito.

“Entre el desfiladero y los cipreses”, escribió Félix Hangelini al visitar la isla de Mallorca e ir por la irregular y alta carretera de Sóller. Algo semejante. Sólo que en Creta el descenso es infinito, bajas y bajas hacia lo negro y nunca estás del todo en el fondo. Y esa lenta, elástica caída entre puentes señalizados (Géfira) se armoniza con una serie de curvas casi interminables en medio de las calles desiertas y tenebrosas. Entonces uno recuerda el descenso divino del primer canto homérico: “iba semejante a la noche”, sólo que esta vez iba (vas) en un autobús turístico.

El borde del amanecer marino en Creta es incendiario, rojizo, ¿rosáceo? Recuerda a las salida y puesta de sol en Málaga y en pequeños pueblos costeros del sur hispano. Más bien parece que la Aurora se saca la cutícula en las mañanas y se corta en un descuido, día a día; entonces la esquina de sus dedos rosáceos sangra, incendia el agua. Si el brazo infinito de tierra y roca cruda del camino es del minotauro, en el caso de la Aurora, más que de sus dedos la luz surge de la acción de tocar con las manos el agua, como quien raspa miles de fósforos en una lija. El mar de Creta en junio es eso: una áspera lija que canta interminablemente, más que las cigarras y los pinos, más que los olivos callados que cobijan las gallinas de los campesinos. El mar, su canto feroz, eterno, es la línea que une la diestra profunda del hijo de Pasifae y el incendio de estos días de intenso sol en la isla griega.

Por la tarde me fui hacia un santuario que hay en medio del mar, al que se accede por un camino de piedra y en el que las olas baten con más fuerza mientras más te acercas. Encendí una vela a Agios Nikolaos, y recordé que algo semejante hacía Félix con San Judas Tadeo y Norge con la Virgen de Regla. Agios Nikolaos es una especio de Poseidón moderno para muchos griegos e italianos. Además, es patrón de los pescadores, comerciantes, marineros, ladrones arrepentidos, farmacéuticos, niños, los acusados falsamente, prostitutas, arqueros, prestamistas, estudiantes… Merece, como mínimo, una vela.

Todos deberíamos tener un segundo Jordán, el mío ha sido el mar de Creta. Tenso el golpe de Neptuno, como lo fue en mi adolescencia el puño reverberante en Varadero: pulso inclemente de la ola, mármol desatado, relieve y friso en corriente libre, con vértigos coronados de espuma, como el pecho caudaloso y veteado de algunas estatuas de Antínoo. ¿Tendría Idomeneo un abdomen tan tenso y convulso como las olas intensas de Creta?

Ante la hasta hoy bien cumplida fama que le prometieron los dioses a Aquiles y ante ese furor desmedido que lo caracterizó, que alcanza y hasta rebasa sus límites con la cólera por la muerte de Patroclo, han quedado otras parejas de héroes homéricos en la sombra. Es el caso de Idomeneo (“el famoso lancero”, δουρικλυτός) y Meriones, los dos amigos inseparables en la lucha y en la hermandad, jefes ambos de las naves cretenses que navegaron hacia Troya. También para Meriones (como para Patroclo con respecto a Aquiles) Homero usa el vocablo  θεράπων que significa literalmente ayudante, pues es el participio activo del verbo θεραέυω del que provienen algunas palabras al español como “terapia”.

Es frecuentemente citado el canto XIII en que Idomeneo sobresale en la lucha y Meriones le acompaña. Hay un pasaje en ese canto sobre la relación de ambos en que el código de valores épicos se mezcla con la amistad, uno de sus principales y más llamativos ingredientes, me refiero al momento en que Meriones pide una lanza prestada a Idomeneo y regresan, luego de conversar, a la batalla por el flanco izquierdo. En el canto XVII es precisamente Meriones junto a Menelao quien carga el cuerpo de Patroclo escoltado por los Ayantes. Los troyanos se llevaron las armas de Aquiles, pero no el cuerpo de su amigo y escudero. Fue también Meriones quien por orden de Agamenón condujo a hombres en mulos a por leña para el funeral de Patroclo. Fue Meriones uno de los más destacados competidores en los juegos en honor al Menetíada. Precisamente el canto dedicado a las honras fúnebres de Patroclo cierra con las palabras de Aquiles sobre Meriones y la entrega de su último premio alcanzado.  Deporte, muerte, fraternidad, fuerza, vida, honra: mar.

Escribo precisamente sobre este héroe cretense cuando el mar de su isla, como un ejército indetenible, suena sus escudos de agua, sus dobles hachas de espuma, las armaduras de viento invisible, como reclamando, llorando frente a sí mismo por un botín o un cuerpo que alguien le arrebató injustamente.

A ese palabreo oceánico sólo le alcanza por unos momentos el vocerío de los aficionados del fútbol (la épica de nuestro tiempo, guste a unos más o menos) que en el fervor del juego confunden su voz con la del mar, al extremo de que a veces pareciera que las olas continúan el grito humano, sin apenas percibir la diferencia. Hay, por tanto, en la Ilíada, dos mares: el de las armas y las voces humanas en medio de la batalla y el polvo o el de los juegos deportivos que ganó Meriones, y el que ahora mismo persiste con su cuerpo indomable contra la orilla. Pero en este, desde el que por algún punto que posiblemente ya he palpado partieron las negras naves de Idomeneo, se entrelazan las arengas de Néstor, los discursos de Odiseo, la música terrible de los cuerpos y las palabras en la guerra, el tecleo de mi ordenador y la furia de los futbolistas y futboleros.

Este mar, desde la sombra, vocifera todos los tiempos, todos los nombres: Aquiles, Meriones, Idomeneo y ¿por qué no? también Ronaldo, Messi, Falcao, Ronaldinho, Mitroglou… Los nuevos dueños del botín y la fama.

Yoandy C.

Isla de Creta

 

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Esta entrada fue publicada el junio 30, 2014 por en Autores, Crítica, Creación, Etimología, Tradición clásica.
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