El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

De cómo la escritura pasa del sueño a la piedra*

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Estos poemas que escribí en mi adolescencia no podría escribirlos hoy a pesar de (o precisamente por) haber visitado Creta y principalmente Cnossos recientemente, una sociedad milenaria en la que me siento como en casa. Color, arte, naturaleza y arquitectura armónicamente conjugados. Esa armonía no la ha roto el paso del tiempo. Adaptarse al espacio y no al revés, es una de las grandes lecciones de esa civilización.

Agradezco al adolescente que fui estos versos intuitivos y a veces inocentes de lo que hoy ya es paso sobre la piedra, música coral de las cigarras en julio, sombra de los antiguos entre los pinos.

Las palabras de mis 18 años que dan testimonio del primer y tímido acercamiento a la cultura minoica, hoy se completan con las imágenes de mi viaje a Grecia. Mi helenidad como vocación natural, metabólica ya (o sea, el modo en que percibo la humanidad toda, tal y como hicieron los cretenses desde su isla, abarcando el mar en derredor y dialogando cultural y comercialmente con sus vecinos de distintas latitudes) ha cerrado un ciclo. Estos poemas intuyen lo general desde la distancia. Si tuviese la osadía de escribir un verso sobre Creta hoy, sería desde el detalle: el borde de una columna, el movimiento milenario de un cuello, la pervivencia de los músculos minoicos…

He ido de lo general a lo particular, de la intuición juvenil al paso firme sobre la piedra, del sueño al tacto. He conseguido conjugar el imposible cernudiano: la realidad y el deseo.

En la distancia, después de atravesar Creta como un cuchillo de palabras y huesos, me reconcilio también con el adolescente que fui y que por primera vez ojeó en los libros de arte las imágenes que hoy son savia directa, personal y viva.

La palabra agonizante de mis años juveniles, impotente por no encontrar materialización posible, hoy la ha alcanzado en el silencio de Cnossos. No necesita ya que la escriban, que la digan. Ha quedado para siempre a los pies del Príncipe de los Lirios, como un horcón invisible.

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Anochece…

Las ruinas de Cnossos

se posan en sus ojos.

Él, calla,

reconstruye con palabras

las ciudades ya perdidas.

(De “Anochece”, fragmento)

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Se queda una palabra en la esquina.

Huérfana de luz y de labios

agoniza sobre la tierra…

Un hombre sueña

con sus pasos sobre Creta,

con el silencio de Cnossos,

mientras la palabra muere,

herida de olvido en un rincón.

(“Poema”)

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En los próximos versos te hablaré de diluvios, de silencios

con rostro de lluvia,

de mis ojos que caen,

aves heridas en su vuelo.

Te daré de comer la sangre

que se agita en el grafito,

el silencio derramado

sobre las curvas de una estatua griega,

la tristeza de Safo sobre la piedra…

(“Esbozo de un próximo poema”)

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Muerte lenta del sol

en el Egeo…

La luz viola el vacío,

se filtra, sangre de sol entre las aguas,

ahogado que ilumina,

Muere con brillo en los ojos…

Cuerdas de sangre

sobre la lira de Homero.

Estatuas heridas

por el rojo.

La voz de Safo

empapada de sol en el crepúsculo…

Antes de fenecer sin dejar huellas,

mancha la tierra con su luz,

invita a expirar junto a él…

(“Invitación”)

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Por Guadalupe Ordaz

Por sus clases de Arte

 

El muchacho próximo a las malanguetas,

con los brazos cruzados,

no ha vuelto a sumergirse en el río.

El agua a las caderas,

caderas de muchacho.

 

Los brazos debían de estar rígidos,

cosidos al cuerpo,

recordando estatuas egipcias.

Él los entrelaza,

viola las reglas de kouros.

 

Laxitud se posa en su cuerpo.

 

Los ojos.

Aves enfermas de viento,

de tanto viento,

de viento almendrado en otoño.

 

A veces mueve los brazos de piedra,

extremidades marmóreas

recién venidas de Paros.

Sumérgese en el agua levemente.

Parece besar el fondo.

 

Sus labios

avituallados de tarde,

de sabor a tarde,

de esta tarde como paloma en mis párpados.

 

Convierte rigidez en laxitud.

 

La espalda,

burla perfecta a la ley de frontalidad.

Atleta-guerrero perdido en tiempo.

Todo en él es impasible.

 

Sonrisa arcaica,

apenas levantada

la comisura de los labios.

Sonrisa arcaica,

búsqueda incesante

hecha carne ante mí.

(Poema que aparece sin título en el libro)

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* Las citas y poemas han sido tomados de Yoandy Cabrera. Otoño me ha besado. Ed. Loynaz, Pinar del Río, 2003. Las fotos son imágenes del archivo personal del autor.

 

 

 

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Esta entrada fue publicada el julio 6, 2014 por en Arte, Autores, Crítica, Creación, Tradición clásica.
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