El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

‘Memorias del tiempo circular’ de Chely Lima: “algo así como la patadita de un ángel” (Primera parte)

Memorias-del-T-CircI

De algún modo volver a leer a Chely Lima me ha reconciliado con una parte de mí que añoro y al mismo tiempo miro con desconfianza. Pertenezco a una generación de amigos que crecimos leyendo sus noveletas y cuentos: La desnudez y el alba, Espacio abierto, Brujas…  La primera reseña que escribí en la universidad como ejercicio académico fue sobre Historias de hadas para adultos de Daína Chaviano, de la que me he traído una copia impresa desde Cuba el pasado marzo de 2014.

Pero el caso de Chely Lima ha venido creciendo y materializándose, actualizándose desde mis lecturas juveniles hasta hoy a través de nuestro diálogo, confabulaciones y complicidades, guiños a veces silenciosos, sin necesidad de palabras los más, en las redes sociales. Y aunque ya no tengo cuentas en algunos de esos sitios, hemos seguido en contacto con proyectos en común y conversando sobre otros autores por medio del correo electrónico.

Esa cercanía de Chely Lima con un lector de su obra como yo, evidencia una sencillez que no se puede fingir, al menos no por mucho tiempo, y que es prueba clara de su humildad, su altruismo y su calidad humana. Y aunque esas características no hacen al escritor, en su caso (le) ayuda a comprender la esencia del alma, los resortes que nos mueven, las razones por las que actuamos de un modo u otro; porque, que nadie se engañe, la magia, la fantasía en las obras de Chely son su modo personal de canalizar sus inquietudes cosmológicas y de comprender la esencia de todo lo que existe: “Ellos, los extraterrestres, si es que existen, ¿habrán resuelto el problema del horror del hombre ante su propia corrosión? La imparable corrosión psíquica. Y la física”.

Congeniar calidad humana y talento suele ser difícil, si a ello unimos la accesibilidad de Chely, sus respuestas a mis preguntas llenas de sinceridad, bondad y agradecimiento, comprenderemos por qué esta mujer tiene tanto interés en lo paranormal, ella misma es, por lo antes dicho, casi una extraterrestre, o quizá el terrestre que me gustaría a mí mismo ser.

Por eso volver a leer su narrativa en la edición de Eriginal Books que reúne cuatro noveletas bajo el título de Memorias del tiempo circular, me ha reconciliado no sólo con el que fui, sino con lecturas de mi adolescencia que había sepultado al no encontrar en muchos de esos autores una continuidad con coherencia tal que me convenciera, sin poses politiqueras, sin que las costuras de cierto oportunismo mediático fuese tan evidente. Y eso, creo, tiene que ver con el tipo de persona que es Chely Lima. En este caso, sospecho, la actitud del autor en la vida se relaciona directamente con el producto de su escritura. Esa accesibilidad que profesa, su capacidad dialógica que es también metabólica y que se constata en sus interacciones diarias en las redes sociales con amigos, conocidos, desconocidos y lectores, le ha permitido hacer de lo cotidiano, de lo circundante un arma discursiva.

Ella es como los seres que describe, que “están ávidos de comunicación”.

En ese tiempo circular, en espiral que describen sus palabras, Chely me ha reconciliado con mis fantasmas juveniles y con su generación literaria (dediacada a la literatura fantástica y de ciencia-ficción a partir de los ochenta en Cuba), a la que he mirado como a mí mismo, con sospecha y distancia, y a la que no pensé volver.

II

La primera noveleta  del libro, La Gran Piedra, se deja leer con una fluidez que extrañaba enormemente en la narrativa cubana. Chely ha aprendido, y lo ha aprendido muy bien, que en la simplicidad de las formas, en las palabras más comunes están los grandes secretos. Su estilo es sencillo, accesible a cualquier tipo de lector. La trama comienza en medio de una situación completamente cotidiana, los personajes están ocupados entre los problemas domésticos, personales y laborales. La narración está escrita en primera persona y juega con la tercera con cierta alternancia (“Junto a ese hombre que fui estaba su mujer- mi mujer, Elisa”), pero sin pretender esos falsos equilibrismos lingüísticos que dinamitan tanta mala narrativa contemporánea cubana, tanto discípulo deficiente de Cabrera Infante que pulula por ahí. Más bien ese desdoblamiento del narrador-protagonista desde el inicio preludia su propia dualidad, la idea rimbaudiana de que “yo soy otro” y que sin duda encarna y representa Leonardo. Chely ha comprendido que en ciertas formas equilibradas y en la tradición propia de la narrativa que ella profesa y continúa, puede recrear, homenajear y trasgredir teniendo al mismo tiempo una voz propia, singular.

Los capítulos de La Gran Piedra se dejan leer con soltura, son breves y tienen tempo propio, hay fluidez y agilidad en el discurso y en las descripciones tanto espaciales como prosopográficas, uniendo adjetivación y acciones:

La madrugada se estira sobre la ciudad como un gato negro. Bajo la ventanilla para que el viento me sacuda la cara con sus golpes que huelen a podredumbre del mar  y restos de petróleo.

(…)

Veintiuno. Ojos castaños afiebrados. Constitución frágil. Lleva el pelo largo hasta los hombros. Algo en su cara me molesta.

Samuel, nombre judío. Pecas a los lados de la nariz. La boca bien dibujada. Parece un querubincito de mierda.

Lo mágico surge en medio de lo anodino y los personajes, sin necesidad de un calco mimético del habla cubana, son muy cubanos, comparables posiblemente sólo a esos personajes, enormes por simples y diáfanos, de la cuentística de Onelio Jorge Cardoso. Que lo fantástico en Chely comulgue con el realismo oneliano es, sin dudas, un logro reconocible. La autora recrea y actualiza con esta noveleta una especie de costumbrismo fantástico (primeramente urbano). Nada más natural en ella que lo sobrenatural, “algo así como la patadita de un ángel”.

Lo pintoresco, la plasticidad insular se entremezclan con el tratamiento de lo supuestamente “raro”, “anormal”, “patológico”. Y es que en estas narraciones el pathos vital de unos personajes corrientes se fusiona con lo demencial, mórbido y asombroso:

Recalamos en el muro del malecón. De cuando en cuando nos salpica algún vientazo que deja restos de sal en mi boca. Bostezo, y de pronto tengo la certidumbre de que esta noche lograré salirme de la realidad incluso sin probar el ron.

Otro de los logros de Chely en La Gran Piedra es la solidez de Leonardo como narrador-personaje, el retrato psicológico de este hombre cubano masculinoide que vamos percibiendo a lo largo de la historia y que produce tanto empatía como repulsión de modo simultáneo.

La aparición de Samuel en la trama no sólo introduce lo sobrenatural, sino también un canon de belleza masculina, un tipo de masculinidad juvenil contemporánea de la que Leonardo repele, a la que cuestiona y no mira con buenos ojos: “Tiene el pelo recogido en la nuca en una cola de caballo. Esas modas coño”, dice Leonardo y antes asegura que “Cuando vi al muchacho hubiera jurado que nunca se había acercado a una mujer a menos de tres metros”.

Con una ruptura amorosa cercana en el tiempo, en lugar de su mujer Elisa aparece entonces este joven de “constitución frágil”, “pestañas enormes que mueve como en tic”, “vocecita mesurada”, que “nunca ha hecho trabajo de hombre, tiene las muñecas finas y unos deditos a punto de partírsele”, “un afeminado de veintiún años”, “desgreñado”. Por lo que Samuel, por sus características físicas y por sus “raros” contactos con un supuesto más allá que lo hace levitar inconsciente, desde su fragilidad, su complexión “afeminada” es por diversas direcciones el contrario de Leonardo, de su sentido práctico y realista, de su machismo caribeño, de su desentendimiento de todo lo que le rodea. La “rareza” física trae en este caso consigo lo paranormal, la “costitución frágil” de Samuel produce en Leonardo un (auto)cuestionamiento que va más allá de lo físico y lo conduce hacia el misterio, lo desconocido, lo fascinante. Desentendido del trabajo, abandonado por su mujer, alejado de todos, Samuel viene a romper ese aislamiento, esa apatía existencial en Leonardo. Poco a poco este muchacho aparentemente delicado, endeble reta con sus propuestas y propósitos a ese macho cubano pragmático que profesa ser Leonardo: “¿Sabe qué?, los seres humanos estamos tan llenos de barreras, que no podríamos ver a los extraterrestres ni aunque se pararan frente a nosotros”.

En el transcurso de la trama, lo fantástico ganará terreno, se impone a partir del capítulo Diecisiete. Si antes dije que Chely recrea y actualiza cierto costumbrismo fantástico en principio urbano, a partir del capítulo Quince el entorno se vuelve bucólico y lo campestre (la lejanía del gentío, del mundanal ruido) propicia mejor la comunicación con los extraterrestres.

Esta es una noveleta en que los paralelos, el doble, las simetrías tienen una gran importancia, tanto en la historia de marco, como en las narraciones internas: los sueños de Leonardo y la experiencia sobrenatural de este. Lo femenino y lo masculino, el heteronormativismo y el homoerotismo, la conversión en el contrario, el encuentro con uno mismo, el ser uno verdugo y víctima de sí, todo ello se relaciona con el concepto de “pureza” en el relato, Chely presenta una purificación que tiene que ver con la liberación de los tabúes, de los falsos moralismos, de los límites sociales y las cadenas que nos impiden comprender y apreciar a plenitud nuestra propia  naturaleza y la que nos rodea. Como sucede con Quijote y Sancho, Leonardo se samueliza (recibe incluso las propias ofensas que decía a Samuel cuando él mismo es su verdugo) y Samuel, al convertirse en el de la iniciativa y el de las reacciones y decisiones rápidas en el capítulo Veinticuatro se leonardiza también un poco. Lo onírico se confunde con la trama, no sabemos (como pasa en algunas narraciones de Cortázar: El río, Continuidad de los parques…) qué es parte de la “realidad” y qué de la ficción. Como tendremos la oportunidad de ver, muchos de estos aspectos son factores comunes para las demás noveletas del volumen.

Chely Lima recrea no sólo el costumbrismo oneliano y lo funde con lo fantástico, no dialoga únicamente con el realismo mágico de Cortázar, sino que también rescata y recrea la pareja de guerreros épicos y el código de amor antiguo entre hombres: Hércules e Hylas, Aquiles y Patroclo, David y Jonatán, Teognis y Cirno… Fusiona esa tradición con el homoerotismo y con la ciencia ficción. Leonardo y Samuel son, como los anteriores nombrados, compañeros de viaje, y si es cierto que la tradición homoerótica hasta en Grecia es más bien posterior a Homero y pertenece a las costumbres aristocráticas del siglo VII a.C., la autora aquí la vincula a lo sobrenatural y a los extraterrestres. También el texto funciona en gran medida como un diálogo socrático, construido en agón, pero donde no sólo la palabra, el discurso son lo fundamental, más bien la mayor fuerza está en los silencios, en los gestos, las descripciones, la funcionalidad del paisaje, en las interacciones y los actos.

Si Daína Chaviano presenta en “La anunciación” (Amoroso planeta, 1983) su interpretación alienígena del nacimiento de Cristo, Chely Lima  con “La Gran Piedra” nos presenta otro orden mesiánico más cercano, de finas manos, accesible hasta en el autobús de turno, en un viaje de provincia, la esperanza hasta para ciertos trogloditas como Leonardo que se depura, cura e ilumina “a la diestra de Samuel”.

Yoandy CABRERA

Continuará. Esta es la primera parte de un texto más largo sobre el volumen Memorias del tiempo circular de Chely Lima.  Eriginal Books, 2014.   

Para leer el artículo siguiente, ir a: SEGUNDA PARTE.

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2 comentarios el “‘Memorias del tiempo circular’ de Chely Lima: “algo así como la patadita de un ángel” (Primera parte)

  1. chelylima
    julio 11, 2014

    De cuando uno lee un texto sobre su obra y se va erizando y le va dando taquicardia, porque es entre mágico y alucinante que alguien pueda percibir de ese modo, desde afuera, como lector (lector poeta y prosista, pero lector al fin y al cabo en este caso) las vísceras secretas de un libro, y a continuación expresarlo de manera tan precisa… tan esclarecedora…

    Gracias, Yoandy Cabrera: Esta tuya es una nota de lujo en más de un sentido, porque es de las que le recuerda a uno que no escribe solo para sí, sino también para posibles lectores que vibran en una sintonía semejante a la nuestra, esto es: que en medio de la oscuridad nos vamos a topar con voces y ráfagas de fuego que nos guiarán hacia nuestra propia esencia.

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Esta entrada fue publicada el julio 11, 2014 por en Autores, Crítica, Tradición clásica.
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