El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

“Áyax” y otros poemas de Janet Batet*

ceramicaJanet Batet consigue ser más personal y certera cuando más impersonal es en su verso. “La que hiere de lejos”, podría denominársele, o la que, como Odiseo, pelea desde la distancia con sus flechas, lanza y vence con el arco, ya sea en el exilio o de vuelta a Ítaca, aunque sepamos de antemano que “no hay posibilidad de retorno porque no hay partida”.

La búsqueda de una tercera persona, del otro como espejo, como sombra refractaria es más funcional en ella que la poesía aparentemente más confesional, escrita en primera persona o dirigida a un tú supuestamente más íntimo. Los personajes que describe, la distancia desde la que enuncia como emisor anulado o distinto al ser que focaliza, alcanzan la cristalización necesaria para que resistan una lectura rigurosa, exigente. Traza una parábola en la palabra, una metáfora en el ojo del cíclope que consigue en la parquedad y exactitud evitar que sea un mero “retruécano sin esencias”.

Por lo mismo, Janet logra ser más ella mientras más se despersonaliza, se ficcionaliza a sí misma, que cuando habla en primera persona, de ahí que su diálogo con Carón, en que ella no es ella misma sino otro personaje, “uno de los condenados”, sea uno de los textos más interesantes del conjunto. Ese poema en prosa que juega con la retórica y el hipérbaton de cierto tono trágico, además, se relaciona con el “Diálogo de los muertos” de Norge Espinosa que también toma como referente el texto de Luciano de Samósata y con poemas como Hemos llegado a Ilión de Magali Alabau y la versión lírica de “Prometeo encadenado” de Damaris Calderón que toman como punto de partida el mito, el referente grecolatino para entender, auscultar la realidad insular contemporánea.

Batet se mueve entre una depuración de la frase y cierto tinte coloquial que bien equilibrado puede ser funcional y orgánico. Y me parece que el mayor logro en esta escritura está en conseguir abrirse a lo anodino, al sin sentido, a cierta dispersión a partir de la exactitud en el decir. La autora parte de muchos referentes de determinada trascendencia (Áyax, el cíclope, el orador, Carón, el ánima, Van Gogh…) para abrirse hacia la nada, el abismo, el silencio, para llegar a ser “sombras sin retorno” o parte de “la larga lista de los mutilados”. Lo aparentemente insustancial, en suspenso en los cierres de estas piezas me parece un sello personal acertado y posiblemente hasta una marca de cierta poesía contemporánea, aunque en Janet suena muy propia, distinguible.

De esa certeza en la lejanía, de su sello teognideo, de ese tenso arco verbal y tropológico dan fe los textos que he seleccionado:

 

Áyax

 

Perdido en el tiempo

Desactivando espacios

Que lamenta

Sin la paz de ser héroe

Ni el deseo

Áyax como evidencia

Se ha matado

Hurgando en el capricho

De la Historia

 

XII
Los peces son

Con su boca triste,

Con sus ojos grandes

Privados de cerrarlos,

Como oscuras promesas

Saturadas no sabemos

De qué fríos.

 

Los peces,

Que ni siquiera muertos

Pueden nombrarse

Plácidamente peces

Aunque mueran tranquilos

De sosegada senectud

Bajo las aguas

Y no pescados

Como estos que desuello.

 

Los peces,

Esas pobres criaturas

Despojadas de manos,

De certero silencio,

Siempre solos,

Mojados siempre.

 

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Cartas a Van Gogh

 

¿De qué te vale el estigma

Si el tímpano se resiste,

Si el conjuro no alcanza

A la resurrección?

 

Lo peor, es engrosar

La larga lista de los mutilados

Y que todos crean

En la excusa de una oreja

Como razón primera.

 

Soledad.

Dolor de almendras.

Ojos hambrientos que sin piedad te crucifican

Y la ausencia de manos que te exilian

Irremediablemente

Aún sin haber partido.

 

Luego,

La ironía de la oreja,

Retruécano infinito,

O paridad finita

De una estirpe acabada, sucumbida,

Que persiste en el gesto de la mutilación.

El desespero.

 

XXVII
Harta de pensarlo

Todavía el ánima temblorosa

Ha tomado la hebra al fin

entre sus manos.
Con los ojos cerrados la acaricia

-palpa su vida ida en cada tramo.

Lentamente,

como un dolor cansado,

Comienza a halar con lasitud el hilo,

Punto a punto el alma desgarrando.
Y en el ritmo fatal que no se embiste

Caen como música pétalos de espanto.

Lágrimas que no alcanzan el consuelo

Pero acaso procuran el descanso.

 

La madeja devuelta al infortunio

De nada ser

pudiendo sin embargo.

 

Cíclope

A Nietzsche

“Hemos descubierto la felicidad”.

Dice el hombre del único ojo

mientras parpadea

y no sabemos si nos juega una broma

o es el ojo con su guiño-ceguera

quien se la juega a él.

 

Más tarde sabemos.

El hombre del solo ojo

abre su también único párpado,

y se lamenta.

 

eiriz

 

El orador

 

Tanto y tanto el hombre ha hablado

Tanto ha repetido la palabra

La ha acariciado tanto tiempo con la lengua

que se ha vuelto hueca, vacía:

un retruécano sin esencias

del cual sólo llegan

lejanos y confusos ecos

y que él mastica a gusto

y nos devuelve a ratos,

cuando quiere.

 

Es un lenguaje extraño, ajeno,

con una acústica demasiado

densa para soportarla.

Al punto de ya no poderla oír.

 

Y sin embargo,

ecuánime, imperturbable,

continúa el orador dispuesto ante nosotros,

masticando esa papilla amorfa,

fácil, grosera,

que ni siquiera él

se atreve a deglutir.

 

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A pesar de la ausencia de un diálogo con los muertos(1)

Carón: Considerad la situación en que nos encontramos: la barca como veis, es pequeña, vieja, hace agua por muchas partes, y a poco que se incline a uno u otro lado, dará vueltas y se irá a pique; y vosotros venís en gran número a la vez y todos traéis mucho bagaje. Si os embarcais con todas esas cosas, temo que os habéis de arrepentir después, sobre todo los que no sabéis nadar. Los muertos: ¿Y qué haremos para pasar sin peligro?

(Luciano de Samósata. Diálogo de los muertos)

31

Consternado, uno de los condenados inquiere a Carón sobre su suerte.

Janet y Carón

J. Ya todos se han ido, o casi todos. ¿Dónde estará esa fuerza que imbuía su ser a mi presencia? ¡Ay, Carón, algo hiciste esta vez que trastocó mi suerte llevándote esas almas que, paradójicamente, a pesar de tu obligar el desnudo, me dejaron a mí al descubierto.

C. Sigo el mismo hábito ha ya mucho tiempo y me temo que la culpa no sea otra sino de tus propios muertos.

J. ¿Qué muertos, Carón? ¿De quiénes hablas? ¿De los que lograron poner pie en tu barca o de los que yacen aún sin la gracia del óbolo como garantía del pasaje?

C. ¡Por Éaco, que no te entiendo!

J. Y dime, ¿Cómo soportas el llanto de tantos bajo La Estigia?

C. Ahogado a su vez en el llanto de tantos que bogan sobre ella. ¿Ves? Es como una antigua melodía a la que he tenido que acostumbrarme a fuerza del tormento perpetuo. Todo termina así, aplastado por la gracia de lo rutinario, al punto de trasmutar cualquier orden establecido o anquilosarlo. Es tan remota mi travesía que ya he perdido del reino los contornos. Y como al final los condenados siempre embarcan, y el rumbo es siempre el mismo -pues la suerte no difiere en mucho de los más afortunados-, presto el remo a los que más de prisa se entregan al suplicio pretendiendo evitarlo.

J. No hay remedio, Carón. Estoy tan desposeída como ellos sin haber montado aún sobre tu tabla; y ellos tan desposeídos como yo a pesar de ti. Nuestro espacio está enfermo y se empeña en no entablar latitudes, de modo que La Estigia es inútil y tu rumbo dudoso. Hades ha perdido el territorio, su geografía definida, y está aquí, oprimiendo en el pecho, no importa la distancia que diste entre todos. Y entonces, ¿de qué sirve tu barca, tu remo siempre dispuesto, mis deseos, si me despojo de todo y no puedo dejar el corazón afuera? ¡Carón, hay que cargar con él a todas partes! Por mucho que me aleje, él irá tras de mí. Y si cierro los ojos lo siento latir dentro y el Hado todo vibra junto con él. No somos más que sombras sin retorno. No alcanzamos nunca a estar plenamente vivos a fuerza de tanta mutilación constante que nos dispersa, y no hay posibilidad de retorno porque no hay partida. La despedida nunca alcanza al olvido sino a la flagelación de todo aquello que pretendemos dejar y que se agolpa. Tú, Carón, tú mismo no eres más que una sombra.

 

* Poemas inéditos pertenecientes al cuaderno La muerte de David que reúne textos escritos en los años 90.

1  Texto publicado  en  la  revista  Memorias  de  la  postguerra.  No.  2,  1995.  La  publicación,  de   carácter  independiente  y  bajo  la  dirección  de  la  artista  y  activista  Tania  Bruguera,  fue   censurada  y  su  publicación  interrumpida.

caronte3

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2 comentarios el ““Áyax” y otros poemas de Janet Batet*

  1. Yani
    julio 19, 2014

    ¡Excelente trabajo, Janet!

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Esta entrada fue publicada el julio 17, 2014 por en Arte, Autores, Crítica, Tradición clásica, Tragedia griega.
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