El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Opiniones sobre ‘Adán en el estanque’

adan okCuando se cumple un año de la publicación de mi libro de poemas titulado Adán en el estanque (Betania, 2013), quiero recoger algunas de las opiniones publicadas sobre el volumen, como muestra de agradecimiento a los críticos que han escrito sobre el mismo y a los que además me han hecho llegar su opinión de manera más personal.

Que sea este un homenaje también, por tanto, para  aquellos amigos como Jesús J. Barquet que cuestionaron el libro y su estructura antes y después de salir, Davis Moreno que me citó en la Plaza de España en Madrid hace menos de quince días para leer frente a mí algunos poemas e indagar agudamente con su acostumbrada inteligencia de biólogo capaz de hacer el más complejo análisis sintáctico, o como el poeta y amigo español Luis Martínez de Merlo que en medio de una celebración en un bar madrileño hizo una pausa para comentarme ciertas reservas sobre algún verso. Esa es la amistad en la que creo y por eso me siento dichoso de estar rodeado de estas grandes personas en lo personal y lo profesional.

Algunos criterios son tan certeros y están tan bien escritos que me sonrojan hasta en soledad. A veces incluso creo que no merezco tanto, es difícil creer que lo que uno escribe sea tan bien decodificado y entendido por lectores de primera línea porque, para colmo, entre los estudiosos que han escrito sobre Adán… se encuentran algunas de las voces líricas  y críticas indispensables y más lúcidas de la literatura cubana actual. Para ellos todo mi agradecimiento.

1

Yoandy Cabrera no es un poeta de biblioteca, de esos que me dan urticarias porque parecen polillas que riegan  en líneas su saber. Está mordido por  el don y trabaja el verso con un cuchillo, sobre una tablilla de material único, puede ser madera, o arcilla, sea cual sea el soporte ha llegado al extremo de roca calcinada, roca de estanques volcánicos […]

Me llevas ventaja como la sombra a la torre, -dice en “Toledo adentro”. Repito el verso cuando  asomo a su cartografía. Sí, es una carta  que avisa: se detuvo, le faltó el aire, rasgó la túnica. Lo dice, con el más simple lenguaje, exquisito,  porque lo dice desnudo, y termina en el instante, sin quejas, lo sé por andar en esas, anuncia que ahí volverá muchas veces.

Solo  se ha desprendido un jirón, por alguna razón secreta, en ningún caso para halagarte, él no busca recompensa. La famosa recompensa, diré,  es la segunda causa que me intoxica en la poética contemporánea, el afán del “escribiente”  por plantar una de esas palabras santas, de tansanta tancomún, que hace vibrar a lectores entusiasmados en el  buen hacer y la frivolidad. Yoandy no cae en esa mega aspiración vacía; tampoco rellena el verso con la altisonancia de “toma, tengo diccionario en casa”;   llega, canta y se va sin amarres, qué lujo de libertad y poeta […]

Es difícil respirar después de un poema tan sólido,  y perturbador [como “El sueño de Gilgamesh”].  Es aterrador descubrir este hermoso poemario, recién publicado por Betania. Es fuerte y te pone a prueba.

Margarita García Alonso

en Di Marga Code

10 de noviembre de 2013

2

Entramos en el libro a través del mundo doméstico, ese que remite a la infancia y a lo familiar: el mantel de la madre, la bicicleta del padre, el arroz, los frijoles, la familia humilde; inicio que alude también a los comienzos, a los orígenes de ese yo poético que aparece en el libro.

Seguimos andando hacia el estanque, donde “Adán”, uno de los nombres de ese yo poético (el primer nombre, quizás el más emblemático), comienza a reconocerse, a palparse, a descubrirse por sí mismo, a acercarse a su desnudez, a imaginar su propia imagen, también a cuestionarla.

Y llegamos, al final, al encuentro amoroso, a la ofrenda de amor de ese Adán que parece ya preparado para reconocerse, y reflejarse, también, en otro; esta es, quizás, la parte más hermosa del libro, en la que será el amado quien se convierta en protagonista del poemario. Ese final, el del ascenso en el aprendizaje es, sin embargo, también caída (“el golpe”, ya se nos dice en la primera parte, es también “hallazgo”). Se llega alto, pero en la altura están los trirremes, las naves de guerra; amor que puede ser, entonces, también batalla, de la que puede salirse derrotado, o solo, o siendo, otra vez, uno.

Hay quizás un rasgo particular, esencial en este libro de formación, y es que todo este recorrido, este aprendizaje, se produce acudiendo continuamente a referentes de la cultura, de la mitología y la literatura griega, de la Biblia, del mundo antiguo. Así, nos encontramos en el libro con Adán, con Narciso, con Helena de Troya, con Gilgamesh, con la ciudad de Uruk, con los trirremes griegos, con las tablillas de Sumeria.

Pero lo que verdaderamente importa en el libro, creo, no es tanto la intertextualidad, o las referencias culturales por sí mismas. No se trata aquí, me parece, de hacer alarde del conocimiento, sin duda amplio, sedimentado, que tiene el autor del mundo clásico. Se trata, más bien, pienso, de conseguir que el mundo del autor y el mundo de ahora mismo, consigan reflejarse, también, como en un estanque, en el mundo antiguo.

Milena Rodríguez Gutiérrez

en Diario de Cuba, dic. 4 de 2013

3

Muchos y diversos son los elementos y temas que Yoandy Cabrera va esparciendo al hilo de estas páginas. A través de un verso desbordado, abierto a la experimentación verbal y al imperativo de su personal expresión, demuestra que su cántico es consecuencia de un alma vivaz, curiosa, historicista, a un tiempo onírica y real. Una amalgama de características que convierten sus poemas en sorpresivos mensajes, en señales inequívocas de su misma identidad […]

Tras adentrarse en este singular atlas, el lector sabrá si el propósito de Cabrera queda o no cumplido. Sin duda, tendrá que poner mucho empeño y mucha concentración para captar la esencia de este decir, que en ocasiones se resiente por su retorcimiento lingüístico (“Palpitante el agua impulsa la entrepierna/ borboteo ritmo universal/ golpe de la ola endurecida blanca/ como asta de cristal que desafía a la noche/ cuerpo enhiesto que a la noche asalta”), y, en otras, puede llegar a confundir por el exceso de referentes más o menos desconocidos (“Uruk ha quedado como un monstruo de asfalto,/ como un cúmulo de cornisas, columnas, balcones/ que se afilan y cortan venas, órganos, tripas/ en su eterno derrumbe./ He abandonado esta ciudad sin moverme, sin viajar./ Todo camino, cada esquina se me ha hecho interior./ Fue en abril, Gilgamesh, el primer sueño./ Los cedros estelares de la noche”).

Más cercano, más entrañado, resulta el verso de Cabrera cuando se acerca con sosiego a la memoria familiar, a la intimidad propia: “algo falta/ una mirada un timbre/ tu perfil recostado en el banco/ la voz en la vigilia/ la margarita entre el hierro oscuro/ algo falta/ o es que el brazo se hace voz/ en las mañanas del mundo/ y la ausencia es/ el músculo/ la rara certidumbre con sus venas/ acosándonos”.

Jorge de Arco

en Revista Hispano Cubana

No. 47, nov.-dic. de 2013, pp. 195-196

4

Adán en el estanque viene a ser, de algún modo, el eco que esa vida, en Cuba o en Europa, ha tenido hasta ahora esta persona. Los libros, el pasado que ellos representan, le han servido para imaginarse en otras latitudes que luego ha podido recorrer, pero sobre todo para inventarse un paisaje propio. La poesía, mucho más ligera que las horas dedicadas a la preparación de clases, a las torpezas o insolencias de un alumno, o a la revisión de tratados imprescindibles en la tarea del profesor, le ha servido de alivio contra todo eso. Y como un punto en su mapa personal en el cual puede regresar a sí mismo, a la familia lejana, a los amantes idos, a la infancia en un pueblo nacido como golpe de efecto de una Revolución que acabó sacudiéndolo todo, e inventando poblados donde alguna vez solo hubo descampado o monte. De esa suerte de contradicción vienen las primeras memorias del poeta. Y en este libro queda el eco de mucho de ese sobresalto. Dividido en tres secciones (“Doméstica”, “Adán en el estanque” y “Los altos trirremes”), el discurso evoluciona siempre en una escala que procura la transparencia, y que no haya resentimiento ni siquiera cuando denuncia los pesares del país, al cual se evoca por encima de esos golpes, como sucede en “Maná”, “Convivium” o el que da título a la primera unidad del volumen […]

Si la poesía es un espacio de confluencias que hace simultanear diversas realidades en el ardid de la metáfora, este libro deja que todos esos fantasmas se unan en unas pocas páginas, y que a través de ellas conozcamos al autor. La cita culta, pedante, el verso excesivamente rebuscado, ha quedado atrás. De esas lecturas queda la rama desnuda, a punto de quebrarse; en esos fantasmas Yoandy aprendió que la verdad, para estremecer, no necesita demasiado aderezo.

En un tiempo en el que la poesía (la poesía cubana, digo) ha preferido aferrarse al insulto, a la pirotecnia verbal, a la desacralización porque sí de algo que se ama tanto que parece haberse ya odiado antes de ser verdaderamente conocido; este volumen sorprende por su humildad y su limpieza. El autor podría citar en su idioma una esquela funeraria de una tumba griega, o demostrarnos su conocimiento del idioma con un verso largamente meditado. Lo que me conmueve, y esto es a lo que quiero llegar, de Adán en el estanque, es su confianza en la transparencia que el lector aportará al acto de la lectura, a la intimidad sin mediaciones que este volumen reclama con su tono discreto, desde el cual consigue pasajes que se refieren a pérdidas y carencias, a amarguras y desastres, sin hacer de ello la queja o la irreverencia que comienza a ser lugar común de tantos. Mirar en la grisura de Cuba, en el despojo de su utopía para hallar la única verdad de los cuerpos que la habitan, es otro modo de dar color a ese retrato, en el que la memoria y sobre todo la despedida, caen como piedras en ese posible-imposible estanque.

Cuando lo confesional alcanza un grado de emoción que se iguala en cierto modo a la música, en este libro consigue Yoandy Cabrera páginas como “Algo se ha quebrado en el paisaje” o “Moira”. En el primero, trata de salvar esa ausencia con lo que sigue denunciándola, a fin de recuperar lo huido, lo que se le ha arrebatado, a partir de su sombra y la desolación […]

Distanciado de la Isla, aferrado a ella desde la lectura o el correo electrónico, o los libros que frecuenta una y otra vez para conceder a Delfín Prats o Lina de Feria los estudios que aún se les deben entre nosotros, Yoandy Cabrera piensa en Cuba desde esa saludable lejanía que alguna vez Lydia Cabrera nos recomendó. En un libro donde el amor está ligado a una idea de la soledad, y donde lo homoerótico no es consigna ni arenga, sino una condición de quien atestigua sin escándalo, el estanque que se nos ofrece es el de esa sinceridad con la cual Yoandy procura la verdad de esos autores o de sí mismo, sin que le empañen el gesto otras escaramuzas, otras maniobras, hallando justamente en su soledad la fuerza para otra vez, imaginarse entre nosotros.

Norge Espinosa

Página web de la UNEAC

Marzo de 2014

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En una página que aparece al final de Adán en el estanque (Editorial Betania, Madrid, 2013, 86 páginas), su autor anota: “De lo que he escrito durante los últimos diez años (2003-2013), esto es lo que he salvado del fuego. El libro es, por tanto, la celebración de una década de fe en la poesía y la palabra”. La lectura de este su primer poemario denota el alto nivel de exigencia que Yoandy Cabrera (Pinar del Río, 1982) aplica a su escritura: Adán en el estanque es una obra capaz de satisfacer el gusto literario más exigente […]

A lo largo del libro está muy presente la huella helénica, una cultura con la que pues Cabrera está muy familiarizado. Obtuvo una licenciatura en Filología en la Universidad de La Habana, donde después impartió clases de Lenguas y Literaturas Clásicas. Tras radicarse en España, cursó una maestría en Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid y actualmente está por terminar un doctorado en esa especialidad. Las referencias a las cuales me refiero no aparecen en Adán en el estanque a manera de citas cultas o pedantes, que el escritor inserta con el único propósito de alardear de sus conocimientos. Están incorporadas orgánicamente dentro del discurso poético y como ha señalado Elina Miranda, prestan una nueva dimensión al entorno familiar y a las inquietudes fundamentales del ser humano en sus circunstancias presentes. De ese modo, “los viejos mitos rejuvenecen bajo la mirada del poeta”. Esas resonancias además no se reducen al mundo grecolatino, sino que abarcan también personajes y pasajes bíblicos.

A veces la remisión a ese universo cultural se limita al título del poema (“Parábola de Ícaro en bicicleta”). En otros textos, al apunte en un verso (“es el más honrado de los hermanos de Electra”). Cabrera administra esas referencias con la misma parquedad con que utiliza los elementos formales. Su poesía nada tiene que ver con lo que en España se denomina culturalismo, una corriente que privilegiaba los temas culturales de origen libresco. Sus tributarios negaban cualquier elemento que tuviera que ver con la vivencia y uno de ellos, Luis Alberto de Cuenca, la llamó “esa horrible palabra”.

“He tenido amigo otro sueño/ mi cabeza/ mientras descansaba sobre tus rodillas/ duras y espigadas como robles/ andaba por páramos silenciosos/ hasta que pude tocar el corazón de la bestia/ hasta que hurgué en el pecho del enemigo/ como quien penetra en un santuario/ y pude ver tu rostro/ abrirse entre las ramas/ entonces callé me detuve/ abriste tu corazón/ desde el corazón de la bestia/ y me diste de beber/ como un dios en medio de los cedros/ me diste agua”. Como ponen de manifiesto esos versos, Cabrera apuesta por la contención formal y por un premeditado despojo de toda complejidad en el lenguaje.

Pero tras esa apariencia de sencillez, hay una escritura sumamente trabajada, que alcanza altas cotas de tensión expresiva y de capacidad de estimular al lector a la reflexión. El escritor es parco en su decir, obstinado en dar cuenta solo de lo esencial. Y pese al tono confesional y discreto que adopta en varios de los textos, logra una poesía intensa, en la que no faltan las indagaciones meditativas.

Aunque se trata de su primer libro, en Adán en el estanque Yoandy Cabrera habla con una voz ya constituida. Merece, por tanto, que mantengamos una llamada de atención sobre su obra por venir.

Carlos Espinosa

en Cubaencuentro

23 de mayo de 2014

6

Es apreciable una transmutación desde la vida cotidiana hacia el sumergirse en los más variados tópicos de la literatura clásica, judeocristiana y la epopeya de Gilgamesh. Si bien es cierto que todo texto literario se fundamenta en una tradición o contextos, de los cuales en él hay indicios, en el caso de Yoandy vemos cómo se maneja todo este arsenal cultural como parte de su experiencia personal. Todo su almacén de recuerdos de infancia, todo lo aprehendido como lector sagaz lo intenta transponer, transcribir, mezclar hasta alcanzar su definición mejor, donde renueva combinaciones de su creación, y donde cada intertexto es una experiencia sugerida que atrae la atención del lector. Por tanto, el ruedo de mosaicos que construye Adán en el estanque va más allá de una inocente estructura semántica, o del sutil viaje al que se exponen sus diversos sujetos líricos. Y es esa variedad lo que hace aún más atractiva la lectura y permite que aún sin tener los referentes culturales necesarios, cualquiera que se acerque a este abismo pueda degustar la sensibilidad artística que posee su creador.

La fuerza vital y poética del sujeto de Doméstica (pp. 15-47) no ceja en su indagación mundana hacia lo espiritual. Es rico en conceptos e ideas que van definiendo su mundo traspolado en metáforas de alta calidad. El apego a la herencia cultural antes mencionada permite que el autor recree sus reflexiones sobre la vida, la existencia, sus recuerdos de la niñez, sus primeros amores, entre otras historias. A veces hasta percibimos atisbos y laberintos de una individualidad poética muy determinada. Hay textos muy sentidos en esta sección. En “Mi madre teje un mantel” vemos al ser descubriéndose, deleitándose en la observación de lo total para integrarse en imágenes de excelente plasticidad […]

En el poema que da nombre a esta primera sección hay un interés marcado por definir una poética. Una avanzada penetración en la exquisitez, en la diferencia y el valor de la observación de lo más sencillo que pudiera existir, como un grano de arroz.

Yumary Alfonso Entralgo

Revista Conexos

8 de agosto de 2014

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Esta entrada fue publicada el agosto 5, 2014 por en Autores, Crítica, Creación, Tradición clásica.
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