El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Soma e imago

Dos de los ballets clásicos narrativos donde la pasión (tanto en el significado común como en el sentido etimológico) es eje fundamental son Giselle y El lago de los cisnes. Son, a la vez, las piezas en las que aparecen dos de las más famosas ‘baterías’ de la historia de la danza, momentos de indiscutible virtuosismo técnico.

Podría explicar, a pesar de mi incipiente conocimiento teórico de ballet, el valor técnico de esos movimientos. Pero no podría explicar técnicamente cómo esos pasos precisos, cartesianos, simétricos encarnan, como pocos, el dilema y el padecimiento del personaje en cuestión (ya sea la campesina Giselle o el cisne blanco).

El batir de los pies inicia y orquesta una sintaxis corporal que trasciende lo meramente técnico, se une a los brazos, la música, el vestuario y la convergencia de todo ello da como resultado dos de las variaciones más hermosas de la tradición danzaria.

Esos dos momentos son en los que el movimiento, el salto físico se hace imago, logos, metáfora, tropo. Y eso es inasible, inexplicable.

Aquí está la batería de Odette (a partir del minuto 2:54). Pero bien vale la pena la variación completa, que es mi preferida.

Véase cómo se cumple aquí aquel verso de Rilke: “lo bello no es más que el comienzo de lo terrible.”

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Esta entrada fue publicada el diciembre 28, 2014 por en Arte, Ballet, Crítica, Etimología.
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