El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

‘Elogio de las furias’ de Reinaldo Arenas*

Reproduzco hoy el texto “Elogio de las furias” en este espacio, no porque esté (del todo) de acuerdo con lo que Reinaldo Arenas argumenta en él. Creo que, como en Virgilio Piñera, hay en la poética de Arenas una tendencia a contradecir y a los extremos, muchas veces sin concesiones, como un huracán sintáctico. Pero aún en sus extremismos, en sus hipérboles (que alguno podría pensar son injustas y excesivas a veces) hay un pathos innegable e inconfundible, hay una verdad metabólica de una violencia tal que parece reproducir la fuerza ciclónica que periódicamente asola a la isla de Cuba, con la misma naturalidad destructiva de una tormenta tropical. A pesar de ello, ante el ciclón Arenas lo mejor es no proteger las puertas, sino abrir las ventanas y que sus vientos corran con la libertad incontrolable de las mismas furias que aquí evoca.

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Elogio de las furias

Decir la verdad ha sido siempre un acto de violencia. En el mundo contemporáneo en manos ya de dos grandes facciones -una controlada por la barbarie, la otra por la estupidez y la hipocresía-, la verdad, la simple, la escueta, la pura verdad se ha convertido en una palabra subversiva, prohibida o de mal gusto. Se prefiere la caballerosidad canallesca en lugar de la sinceridad y el desenfado… Y así, desgraciadamente, parece, haber sido siempre.

Una brevísima incursión por la literatura universal constata abrumadoramente que el creador, el poseedor de la verdad trascendente, ese que no se avergüenza de contar su vergüenza, ha sido siempre un poseído por las furias. Así la verdad creadora, la obra de arte, eso que queda después del estruendo y del crimen, de los himnos y los discursos, la pasión y la ilusión, tiene, muchas veces, como acicate la cólera.

“Canta, oh Diosa, la cólera de Aquiles “, dice el primer verso de la Ilíada y esa cólera flamea por todo el poema, justificándolo. Y es que los griegos armoniosos -los que desaparecieron hace más de dos mil años-, comprendieron que las furias eran señoras muy respetables y las convirtieron en diosas: Esas diosas alimentan todas las tragedias clásicas, el ciclo dramático más monumental de todos los tiempos.

En el medioevo lo más interesante resulta ser el infierno (de Dante) y la furia del Orlando (de Ariosto). Heredero de una furia divina, la cólera de Dios (Gehová), que marcó para siempre al hombre con el estigma de la expulsión del paraíso, el medioevo, con la violencia de la expulsión y la condena, da origen al desequilibrio existencial que caracteriza y justifica toda la literatura contemporánea. Vemos pues cómo las dos obras que podríamos llamar capitales de roda la cultura universal, la Ilíada y la Biblia, están marcadas y condicionadas por un acto colérico.

Shakespeare, con la lucidez típica del genio, dice en Macbeth que la vida no es más que un cuento lleno de ruido y furia narrado por un idiota. Esa furia trasciende e ilumina toda la literatura contemporánea. Sin intenciones de confeccionar un catálogo abrumador, basta señalar toda la obra de Faulkner, una de cuyas novelas se titula precisamente El sonido y la furia; la novelística de Virginia Wolf a quien las furias la llevaron al suicidio. El análisis de esa violencia suicida, de esa furia incontrolable, obsesionó a Albert Camus quien en El hombre rebelde plantea abiertamente que el único tema que en la filosofía contemporánea vale la pena tratar es el del suicidio. Los más destacados existencialistas fueron traspasados por las furias. Sartre en sus momentos más lúcidos confesó que esperaba morir “absolutamente desesperado”. Dos de sus libros más logrados, El muro y La náusea son formidables tributos a la cólera. Esa grandiosa violencia de la mejor literatura francesa (hay otra, la de salón y miriñaque, pomposidad y verborrea) recorre también la poesía desde Villón a Rimbaud (¿Cómo olvidar su Estación en el infierno y su “Barco ebrio”?), culminando, naturalmente, en Lautremont… Hay un campo virgen (y enfurecido) en la narrativa de Dostoyevski esperando por un justo análisis: el campo de la violencia y la locura en casi todas sus obras, desde La casa de los muertos hasta Humillados y ofendidos, sin olvidarnos de Crimen y castigo donde el hacha juega un papel nada secundario… ¿Y qué decir de las hermanas Bronte, y de Cumbres borrascosas, donde las furias parecen contaminar al mismo cielo?

Lo mejor de la literatura cubana también participa de ese cielo furioso, impregnando el teatro, la poesía, la prosa y el ensayo. Nuestro primer poema, El espejo de paciencia, tiene como argumento la violencia; el rescate del obispo Altamirado de mano de unos piratas por parte del pueblo enfurecido de Bayamo y el castigo a los bandidos. Hasta lo más destacado de la aristocracia habanera en el siglo XIX fue iluminado por un instinto de rebeldía. De la misma Condesa de Merlín leemos que “hay que hablar sin odio, pero sin debilidad” y más adelante escribe que “Cuba es un país de amos y esclavos. El pueblo no existe”, palabras realmente violentas para el tiempo y la sociedad en los que la lúcida condesa se desenvolvía … En lo más inspirado de José Martí flagela siempre la cólera, los verbos romper, destruir, desgarrar, marcan toda su obra. Ya en su primer alegato y ensayo, El presidio político en Cuba, queda claramente demostrado que él es un poseído de las furias, es decir alguien que quiere a toda costa contar al mundo el horror padecido o que ha visto padecer a los demás. Uno de los poetas más subtanciales de todo el siglo XIX cubano y creador del Modernismo, Julián del Casal, escribió estos versos: “Ansias de aniquilarme sólo siento”, resumiendo así su vida desesperada y furiosa, acosado por un medio hostil y provinciano. Y no deja de ser significativo que ese verso haya servido de inspiración para la “Oda a Julián del Casal”, poema mayor de José Lezama Lima, escrito en La Habana en circunstancias más o menos similares a las del poeta anterior.

Las furias, esa dolorosa y desgarrada manera de sentir y expresarse; nunca abandonaron a Virgilio Piñera; sus mejores obras son fulgores desesperados. Baste decir que su primer libro de poemas se llamó Las furias y su revista (fundada con Rodríguez Feo) tuvo por título Ciclón… Podemos afirmar que en el furioso ciclo literario de América Latina, Cuba marcha a la vanguardia y esto ha sido saludable, pues resulta realmente insólito que un país geográficamente tan pequeño haya dado artistas tan desmesurados.

Pero el resto de América no se queda atrás. En uno de sus mejores libros, Alfonso Reyes recoge el testimonio literario de los Mayas quienes aspiraban -y así lo cantaban- a “una muerte florida en guerra”… “¿Quién es Pedro Páramo?”, le oímos decir a un personaje en la novela homónima de Juan Rulfo. Al momento alguien responde: “Pedro Páramo es un rencor vivo”… No se ha hecho aún un profundo análisis de la violencia en la obra de Jorge Luis Borges, de hacerse el mismo abarcaría casi toda su poesía y prosa y arrojaría que el más grande de los escritores latinoamericanos de este siglo tuvo como fuente de inspiración los crímenes cometidos en los arrabales de Buenos Aires, el espionaje, la traición, la delación, las ejecuciones, la venganza, la exaltación de un pasado militar y guerrero, el incesto y el suicidio… Ernesto Sábato, su lúcido contemporáneo, escribió: “Si un creador es profundo, si no practica esa fabricación de best-seller de temporada que hoy remplaza en su mayor parte aquella misión sagrada que recuerda Jaspers en los trágicos griegos, es por lo tanto un rebelde, es un delegado de las Furias, aún sin saberlo, y por supuesto sin quererlo”.

Recordemos pues la lección de los maestros -tan grandes como para admitir que no todos pueden serlo-: Habiéndolo perdido casi todo, aún un dios invulnerable nos inspira y sostiene, el dios  de la cólera. Él nos ha alentado en los momentos de mayor espanto. Gracias a él hemos tenido y tendremos fuerzas para decir; eso que no permiten decir y somos, nuestro íntimo e intrasferible desasosiego, nuestro inexpugnable estupor… Que nos aliente siempre, en un mundo conminado por la estupidez, el oportunismo, la cobardía, la vileza, la bobería y el crimen, la dicha de perecer prisioneros de una indignación legendaria y heroica.

Reinaldo Arenas

*El texto ha sido tomado de la revista Mariel, no.2, año 1 (1983).

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Esta entrada fue publicada el febrero 17, 2015 por en Arte, Autores, Crítica, Tradición clásica.
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