El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

‘Carol’. A Morality Clause

carolHay en el filme Carol (2015) unos límites bien delimitados entre “el mundo” y un claro “entre nosotras”. Todo gesto exterior, la interacción con los otros, los ruidos de la ciudad, las órdenes de la dependienta jefa, conforman una brusca orquestación exterior (con marido y “morality clause” incluidos) que se opone y atenta contra la suavidad de las posturas, la sutileza en el trato, los ademanes confidentes entre Carol y Therese.

En la caracterización de Carol interpretada por Cate Blanchett sobra quizá cierta impostura, una simulación excesiva en la pose que para nada necesita el personaje y que la propia actriz desinfla y olvida mantener en los momentos de mayor fluidez del personaje. Basta con la sutileza en la gestualidad, sobra cualquier histrionismo impostado. Esta no es una película de personajes, su grandeza está más bien en los contrastes a nivel de estructura y fábula.

El universo resumido en la oscilación o el olor del otro: algo que había casi olvidado y que esta película me recuerda. Cuando el modo en que el otro mueve la mano o vuelve la cabeza o simplemente respira encarna una poética. Una forma personal de estar, consumada.

Ese “entre nosotras” a cada minuto lucha por anular “el mundo” y toda su inevitable estridencia. Se erige contra el mundo y su “morality clause”. Empresa quimérica y arriesgada. A la estabilidad de diez años Carol opone el éxodo, la huida, la no sujeción al sistema patriarcal que hasta la propia justicia respalda. Ese “entre nosotras” alcanza su clímax en la callada habitación en que Carol respira entre las piernas de Therese. Clímax en tanto oposición a la estridencia del entorno. Otro tipo de estrépito: tácito, hacia adentro, íntimo.

Pero en esa realización total del “entre nosotras” está también la coartada del exterior para juzgarlas de acuerdo a su “morality clause”. La huida se vuelve el único modo de no sujeción. Espíritu tribal. Éxodo y Eros. Hay algo en el deseo que se resiste a toda sujeción, que evade toda equivalencia o definición y tiende más bien al exilio.

Después de ese clímax que paradójicamente se vuelve prueba para la estridencia,  Carol y Therese se separan a causa de la presión de esa “morality clause” con todo el peso de su legalidad. El esposo utiliza las pruebas de la relación entre ellas para amenazar a Carol con perder la custodia de su hija. Esa es la coartada del exterior. Puro chirrido legitimado.

Carol, entonces, tiene que lidiar con una “justicia” y una “legalidad” que no la favorecen, ambas insuficientes, parciales, patriarcales. Juega sus cartas, y defiende su ethos sin renunciar a su hija.

Hay, en la mirada de Therese, algo en lo que valdría la pena reconocerse. El modo instintivo e inocente en que capta la poética del gesto en el otro. Viendo los dedos sobre el volante, la pistola envuelta en un pañuelo en la maleta, sintiendo la mano de Carol sobre su hombro, escuchando… Deseo y opresión.

La película comienza con la estridencia del otro ajeno a ellas, con la interrupción del exterior en la mesa de un restaurante en la que ambas dialogan. Todo lo que desde ahí se cuenta es una larga retrospectiva hasta volver a esa misma interrupción inicial. De estridencia en estridencia, el deseo persigue su fuga y su consumación. La película termina en un restaurante concurrido en que las miradas de ambas se vuelven a encontrar: conjunción de estrépito y deseo. Habrá siempre exterior, inevitablemente. Habrá ruidos. Pero hay otra explosión, una estridencia otra inaudible, nada brusca, aplastante. Una estridencia femenina, renuente a la sujeción. Una estridencia que es también éxodo y deseo.

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Esta entrada fue publicada el diciembre 24, 2015 por en Cine, Crítica.
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