El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Cosmos y reciclaje en Rito Ramón Aroche*

En la poesía de Rito Ramón Aroche (La Habana, 1961) lo marginal deviene síntesis e imagen del cosmos. Su salto metafórico se produce sin resortes o tensores. Sin puentes gramaticales expresos. Más que afirmar, Aroche pregunta, conjetura, indaga. Más que de certezas, su búsqueda está fraguada en la cavilación y la duda. Un verso que podría ser resumen de toda su poética, una especie de declaración de fe es, sin embargo, entregado en forma de interrogación: “¿otro remedio no nos queda ya más que percibir?” No es la luz lo que persigue, sino su sospecha. Eso que Yansy Sánchez llama “implicatura de la luz.” Como el poeta mismo afirma y pregunta: “el mundo es reciclable, oh dios. ¿El mundo que creaste?” Su cosmogonía de alcantarilla no solo nos refleja sino que concibe el origen y las fundaciones desde el cuestionamiento. Lo deforme y despreciado encarna a veces la posibilidad de la luz. Hay algo de prístino en la herrumbre que aún refleja cierto destello, que evoca (desde su opuesto) una posible resurrección, un renacer.

El uso de la condicional y la pregunta que frecuentemente inician sus textos deja un resquicio de posibilidades que poco a poco, entre la peripecia discursiva, se abre camino hacia múltiples fulguraciones. Su poesía tiene una rareza sintáctica (pindárica podría decirse por la ausencia expresa de nexos) que logra medir el pulso de la realidad más inmediata. “Rito es un iceberg tanto en lo formal como en lo conceptual. No solo nos esconde los sentidos, sino también, nos obliga a deducir las formas que completarían, para un lector corriente como yo, el sentido lógico formal,” nos dice Yansy Sánchez. “Abismos verbales” los ha llamado el poeta Reynaldo García Blanco y, por su parte, el crítico Luis Álvarez Álvarez habla de su “palabra desgajada de sí misma, que tiene que ser sobre todo presentida.” Aroche plantea una especie de poética del reciclaje y la ruina, del “cacharro doméstico” que vislumbra dimensiones galácticas.

Como declara el crítico y poeta Ismael González Castañer, la lírica de Aroche evidencia que “el discurso marginal también tiene puntos en el reino de la imagen.” Rito Ramón viene a ser, en la poesía cubana contemporánea, una especie de Píndaro del reciclaje. Y no por seguir la tendencia gnómica del griego, pues ya decía que el autor cubano no afirma, sino que pregunta y conjetura. Su pindarismo es más bien sintáctico: predomina en él la ausencia de conectores entre las frases e ideas. Es el receptor quien establece las asociaciones y posibles lecturas; como afirma Maylan Álvarez, el poeta deja que sea “el lector-decodificador quien establezca sus derroteros en el tono que establece el poeta: no agresivo, mas no conciliador.” Pero su pindarismo está también en el modo en que aborda algunos elementos naturales, como la luz y el agua, que se mezclan con “grumos ¿Los desperdicios?” y con “sacos de botellas. Latas. ¿Viven?” para que en su discurso funcionen (según Castañer) “como soporte y transporte hacia las iluminaciones, lo restaurante y el hidrógeno palimpsestual.” Claramente en ese proceso se puede descubrir una épica no menos heroica del residuo y el escombro, donde al nuevo héroe habrá que buscarlo en el basurero, precisamente donde lo natural se hermana y funde con el desecho: “chatarra cubierta por enredaderas”.

Suele haber una estructura circular en algunos textos de Aroche, a veces es semánticamente aliterada. “Gi- / rando. Girando dicen.” Poemas como “Nacimiento” y “Nos acercamos a un agua de colores …” regresan a la idea de partida en su cierre, con un tono sosegado, como quien no quiere alcanzar el cielo sino solamente pretenderlo, adivinarlo: acercarse “a un agua de colores. / Si así nos dejan.” No hay asomo de desespero en Aroche, más bien, como escribe Enrique Saínz, su poesía está “desentendida de los juegos apasionados y construida con observaciones cortantes, rápidas imágenes, preguntas desconcertantes.” Podría afirmarse que la plasticidad significativa de Aroche evidencia que su discurso encarna lo que Jacques Derrida denominó “una aventura de la mirada.” Este poeta es un panorógrafo que, según Émile Littré, persigue “el desarrollo de la visión en perspectiva de los objetos que rodean el horizonte.”

En su discurso fragmentado se descubre una mitología del instante, una teogonía de lo cotidiano y lo marginal. Luis Álvarez lo llama “apetito de lo minúsculo diario.” Si Píndaro comienza una de sus más famosas Olímpicas diciendo “lo mejor, el agua,” Aroche escribe: “Mythos. O cosas como esta. La figura se disuelve pero el agua, es” y en su poemario Las fundaciones expresa: “La interpretación — qué estoy diciendo — viene en el agua.” Nótese en la segunda cita, cómo el autor dinamita su propia sentencia con una pregunta enquistada en el centro del verso. El objeto, el sujeto, la sustancia, la palabra se funden en una totalidad difícil de definir o interpretar, pero que transcurre, está, y su testimonio más evidente son estos poemas que parecen anotaciones sobre el entorno y que persiguen ser “fragmentos de su imán.” Creo que hay un dejar de ser del sujeto, una negación de sí para integrarse en un cosmos que lo supera y lo incluye. Existe además, según Saínz, “una voluntad de romper los modos de mirar el objeto para acceder, quizás, a una reconstrucción del mismo que nos permita verlo rehacerse desde el texto.”

Considero que lo lúdico y experimental en la obra de Aroche son elementos secundarios. No persiguen mera eufonía o juego de sonidos; más bien surgen por la necesidad y el propósito de dar una visión diferente del derredor. Las reiteraciones de palabras y sintagmas convergen con una de las más importantes inquietudes temáticas del autor: lo circular, la repetición constante de todo lo que existe, que a su vez engendra, de acuerdo con Saínz, “un acontecer siempre inagotable.” Estamos ante una poesía del conocimiento que no pretende totalizarlo, sino intuirlo, que prefiere rondar las orillas del todo a poseerlo. Parecería, por el sosegado suspenso de sus cierres, que Aroche ha conseguido anular la culpa de Edipo y la maldición pascaliana: estamos conscientes de nuestros desconocimiento y mediocridad, de la imposibilidad de aprehender la totalidad del logos, y hemos conseguido lidiar con ello sin que nos frustre, o al menos sin que el desaliento sea letal. Interesa más formar parte dinámica, activa y pensante de esa totalidad inextinguible. Su obra es lo que llama Derrida una “solicitud y apertura a la totalidad,” que está movida a su vez por una “conciencia desestructuradora.” Léase como ejemplo de todo ello el poema “Gnósis”:

Queremos descifrar      — dijimos. Y más tarde:

Queremos — dijimos — descifrarlo. Apenas un minuto.

¿Contarlo apenas?

No sé qué tanto        de aquella superficie toca

en un día      que podíamos ser completamente

y solo     lo fuimos a intentar

cuando       ¿el frasco contra la pared? ¿Se adensa el aire?

Ufanos de aquella superficie entonces, si hay una claridad.

Si algo entendimos.

En una lectura de poemas en el XVI Festival Internacional de Poesía de Medellín, el 2 de julio de 2006, el poeta Rito Ramón Aroche introducía uno de sus poemas (“El bote”) diciendo que estaba dedicado a un basurero que había al lado de su casa. Las ideas de lo inesperado y del nacimiento se unían en su barrio entonces a los desperdicios. Creo que esa introducción suya evidencia la credencial definitoria que tiene en su poesía lo marginal sorpresivo. Aroche agrega en su introducción a la lectura que, “después de múltiples quejas de los vecinos” él “no tenía conciencia de lo que estaba pasando” y finalmente trató de dar su aporte. La manera de indagar en “lo que estaba pasando” fue su escritura poética. Mientras sus vecinos se quejan, él escribe versos dedicados al basurero para poder vislumbrar el sentido, el valor, la importancia de lo que para sus prójimos es un foco de infección y nada más: si los demás descalificaban de antemano el fenómeno, el poeta comienza preguntando “¿el detritus algo importa?” Duda hasta de lo que para los otros está claro y evidente. Ese su aporte lírico consiste, por tanto, en un poema donde barrio y basurero vienen a ser parte de un mismo cosmos, entidades análogas, paralelas y a la vez conjuntas. Cuando el poeta dice “aquí se habita,” entendemos el basurero como un espacio vivo, en desarrollo, como el barrio. El mundo funciona como un vertedero, es puro reciclaje en constante interacción:

( … ) El humo desasido. Moscas. Porque se ha visto

revolotear al ave carroñera, y perros, vagar por estos días.

¿También hurgan los perros? Oye, aquí voltean

tractores y camiones — grumos ¿Los desperdicios?

Que no llegue a la noche. Aquí se habita. De aquí …

bueno. Y sacos de botellas. Latas. ¿Viven?

El mundo es reciclable, oh dios. ¿El mundo que creaste?

La trascendencia en la lírica de Aroche no está en lo que dice, sino en lo que sugiere y cuestiona. En el mecanismo que activa en el receptor para que establezca relaciones y se creen puentes entre sus versos y el cosmos individual de cada lector. Pero los poemas de este escritor cubano no se sostienen en una subjetividad que se completa en el acto de lectura (o al menos no más que cualquier otro texto), sino en su extrañeza, en la rara sintaxis en que gravita una verdad velada, presentida, que — como la insinuación del destello o la cercanía de un agua de colores — se revela por una sospecha, por su “implicatura.” El poeta no tiene revelaciones proverbiales, sus mismas afirmaciones se vuelven conjeturas, frases condicionales. Y es sincero Aroche: no quiere vendernos, de nuevo, otra gran verdad, otro metarrelato. No los tiene. Posee solo conjeturas, dudas, señales. Escribe desde la sospecha y nos deja sometidos entre la chatarra y la chispa, preguntando con “esas (mis) dos mil palabras,” que ahora también son nuestras, sobre “un escozor espléndido y profano,” que es lo único que nos queda después de leerlo. Y no es poco.

* Este artículo apareció publicado en español e inglés (traducido al inglés por Kristin Dykstra) en la revista Jacket2 de la Kelly Writers House de Philadelphia el 16 de noviembre de 2015.

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Esta entrada fue publicada el febrero 7, 2016 por en Autores, Crítica, Tradición clásica.
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