El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Hacia Camden

whitman-camden

Para Lidia, con amor

“A guest  so wan,

Forgive the poor place where I dwell-

An ice-cold hearth, a heart-sick man,

Stand here to welcome thee full well.”

Walt Whitman

Tengo sobre la mesa del escritorio de mi habitación de hotel algunos números impresos de la revista Conversations de la Asociación Walt Whitman. Me los entregó esta tarde la guía de la casa-museo Whitman en Camden, una joven muy amable de 24 años, graduada de Historia del Arte. En dicha casa el poeta vivió sus últimos años (1884-1892) y allí radica la asociación que lleva su nombre. En la última entrega de este breve boletín correspondiente al Invierno 2015-2016, me encuentro con un artículo de Matthew L. Ifill titulado “Whitman’s Two ‘Midnight Visitors'”, donde el autor analiza la conexión entre Lincoln, Whitman y un poema de este titulado “The Midnight Visitor”, que fue leído en homenaje a Lincoln el 14 de abril de 1879 en Steck Hall (donde José Martí, gran lector de Whitman, por cierto, pronunció su famoso discurso nueve meses después, el 24 de enero de 1880).

La conexión de Whitman con el anacreontismo, así como el tema de la anacreóntica sobre Eros visitando a un anciano (la número XXXIII en la edición de Brioso Sánchez), hicieron coincidir en mí una serie de intereses académicos y personales al leer el artículo. No como Eros y no a medianoche, pero también yo fui hacia Camden a tocar, insistentemente, puertas y ventanas para que, en una tarde de invierno donde la nieve amenazaba, alguien se compadeciese y me abriera.

En mayo de 2011, hace más de cinco años, Félix Hangelini intentó visitar este museo, pero cuando llegó en coche, acompañado de unos amigos, después de esperar un poco, el museo permanecía cerrado pasadas ya las diez de la mañana, que es la hora en que supuestamente abre. No les gustó mucho el ambiente de la zona y decidieron marcharse, aunque visitaron antes la tumba del poeta en el Cementerio Harleigh.

d5712c0b-8be5-4e63-9096-8b4ef0487ed0Al parecer, el museo no abre literalmente en sus horarios habituales, se mantiene más bien con las puertas cerradas, hay que tocar e insistir para que abran. Incluso, en la página web aconsejan llamar previamente para planificar la visita guiada y para confirmar que será posible acceder a la casa. Así lo hice esta tarde: llamé, pedí una cita para visitar el museo y di mi nombre. Después de pensarlo un poco, preferí ir en mi coche y no en taxi o autobús, principalmente por lo que ya me había contado Félix.

Podía llegar en el coche, tocar a la puerta, intentar acceder y si nada de ello funcionaba, podía irme sin tener que esperar por un taxi o un bus en una zona que me era totalmente desconocida. Creía que era mejor así. Y lo fue, principalmente para llegar luego hasta el cementerio. La guía abrió la puerta a mi tercer intento. Accedimos a la casa no sin antes aclarar que no podían tocarse los objetos ni se podían tomar fotos. Lo sabía de antemano, así que sin sorpresa, comenzamos la visita.

Las preguntas que hice, las hice en mi nombre y en nombre de mi amigo Félix. Sé que él hubiera preguntado más, habría sido más curioso, detallista, preciso. Y por eso mismo no podía dejar de pensar constantemente en qué habría preguntado él si hubiese podido acceder a la casa, ver el salón, las pequeñas habitaciones, la cocina, humildísima, simple, con la máquina de coser en una esquina. Pero las mías, mis preguntas, fueron mi homenaje personal a mi amigo que sé leyó con insistencia y atención al poeta de Camden. De esas lecturas sobre Whitman dan fe dos de los libros de Félix: La construcción de las olas (Abril, 2003) y Ensayos (Hypermedia, 2015).

También en Mayo de 2011 Félix pudo visitar Amherst y en ese caso sí pudo entrar a la casa de Emily Dickinson, otra de sus grandes obsesiones literarias. Después de su muerte siempre me quedó en la memoria su confesión de que al final no había podido visitar la casa de Whitman. Imagino que le hubiera llamado mucho la atención cómo, al comparar fotos de finales del siglo XIX, la mayoría de las cosas continuaban en el mismo lugar: el busto y la estatua, el escritorio, las mesas, las fotos de los amigos, las imágenes del padre y la madre en cada uno de los lados del salón, un bastón cerca de la cama y otro cerca del sillón y del escritorio. Esencialmente, las zonas de la casa que muestran en la visita son el salón principal, otro intermedio, la cocina y en la parte superior la habitación de Whitman que eran dos habitaciones antes y para que fuese más amplia quitaron una pared, por eso conserva dos puertas. Hay dos habitaciones en la parte superior que eran la de la ama de llaves y la de su hijo que permanecen cerradas.

Hubo más de un momento en que la guía hablaba sin parar, dando datos y nombres (los guías suelen dar más información de la que se puede asimilar) y mi vista se iba hacia algunos objetos, pequeños detalles, como el ave del soporte central en la lámpara del salón en que velaron a Whitman. Era en esos momentos de soslayo en que la presencia de mi amigo y del poeta me parecían más reales, cercanas: en el borde gastado del sillón, o en las patas de la cama casi hundidas en el suelo. Era entonces que advertía un diálogo, casi un coqueteo sigiloso en el silencio de la casa, entre los objetos que han ido de un siglo a otro y a otro y persisten, como testigos mudos, en ajustar a lo doméstico lo colosal. Como pasa con toda la obra de Whitman. Da la impresión, al recorrer las estrechas y humildes estancias, que algo trascendente transcurre detrás de esa calma apacible.

e45cab61-1fb0-44b6-96e7-34b98723373b A la hora en que escribo estos párrafos nieva en Camden. A diferencia de Félix que viajó hasta Camden en primavera, yo lo he hecho en invierno. Esta nieve que se revuelve callada entre el viento y las calles, que va poseyendo los techos sin premura pero inexorablemente, parece el inicio de esas conversaciones a las que convocan los que ya no están y nunca nos dejan. La nieve es siempre una digresión. Un pálido flirteo sobre la rama o el farol apagado. La nieve, como Whitman, no discrimina con el roce, más bien con su paso breve queda en la memoria, otra vez, doméstica y monumental.

Mientras escribo, se me va la vista de las palabras hacia la ventana y observo, tácito, cómo cae, sin pedir permiso. Es en esa digresión donde, from blank to blank*, la voz de lo imposible se concentra y vuelve, cual mano de Eros, a repiquetear en el cristal.

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______________________________

* Emily Dickinson

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Esta entrada fue publicada el enero 5, 2017 por en Autores.
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