El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Recoveco

regla solar

La memoria, caprichosa en los detalles, no me ha permitido olvidar un incidente ocurrido la primera vez que di una clase en la televisión cubana. Rígido, temeroso, casi queriendo ser transparente frente a la cámara, comencé a hablar sobre la poesía neoclásica en Cuba en medio de la Plaza de Armas. Solo movía la mano derecha como acto reflejo ante el aguijón televisivo. En las siguientes clases sobre Luaces y Casal fui mucho más extrovertido, disparatado, espontáneo. Me fui pareciendo cada vez más al Yoandy que da clases a puerta cerrada. El guiño a Sartre no es gratuito: asumo la enseñanza como performance, pero me refiero a una teatralidad más íntima, que reservo con celo solo para mis estudiantes.

En esa primera y rígida clase, en la que hablaba casi con miedo, refiriéndome a la poesía de Manuel de Zequeira y a su relación con ciertas características del barroco, dije, en un momento de dislate, de casi imperceptible espontaneidad coloquial, que sus poemas a veces eran recovecosos.

Por años me reí de mí mismo por usar semejante neologismo. Lo he comentado algunas veces con algunos colegas como razón de burla hacia mí mismo. Hasta que hoy en la mañana, escuchando una clase sobre el barroco, comencé a pensar en La Habana. Y he llegado a la conclusión de que recoveco es una buena palabra para definir el neobarroco insular. La palabra parece una mezcla de barroco y tareco.

Según el Diccionario de la Lengua Española, recoveco puede ser la “vuelta y revuelta de un callejón, pasillo, arroyo, etc.” o un “sitio escondido, rincón”; o incluso un “artificio o rodeo simulado de que alguien se vale para conseguir un fin”. Estas acepciones bien podrían estar describiendo sitios como la Habana Vieja, Centro Habana, Luyanó, Guanabacoa, Regla…

Quizá sea tiempo ya de hablar del “recoveco insular”, del “recoveco cubano”, una marca urbanística que alcanza ciertas formas sintácticas y socio-culturales y que se lee, por ejemplo, en  la obra de Lezama, Piñera, Cabrera Infante, y en algunos versos de Rito Ramón Aroche, Pedro Marqués de Armas, Carlos Alberto Aguilera, Jamila Medina, Oscar Cruz o en la primera poesía de Javier Marimón. Sería el proceso inverso al que propone García Marruz: estaríamos yendo de la vía láctea al cacharro doméstico.

El recoveco como un estilo en la mirada y en la escritura.

Es lo que Zequeira perfila sólidamente ya en 1801 con “El reloj de La Habana” y en 1804 con su poema “La ronda”.

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Esta entrada fue publicada el abril 10, 2017 por en Autores, Crítica, Etimología, Tradición clásica.
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