El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Beatriz Maggi

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Afuera, seguía la fiesta. Accionando sus martillos de bronce, daban la hora los “mori” de la torre del Orologio.
Alejo Carpentier. Concierto Barroco

 

Sentado al costado de la iglesia de San Simeon Picccolo en Venecia, he leído esta tarde la noticia de la muerte de la profesora y ensayista cubana Beatriz Maggi. Al instante se me salieron dos lágrimas. La primera vez que vi a la doctora Beatriz Maggi fue en la presentación del libro La construcción de las olas (2003) de Félix Hangelini en la Feria del Libro de La Habana de 2004. La última vez que la vi fue, precisamente, junto a Félix Ernesto, en la Sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC, donde se presentaba un volumen de sus ensayos.

Poco tiempo después de haberla visto presentando el libro de Félix, por mi trabajo en la revista Upsalón de la Facultad de Artes y Letras, la contacté para pedirle una reescritura sobre sus recuerdos de la Facultad, donde era todo un mito y sus anécdotas más desenfadadas y chistosas se recuerdan hasta hoy. Me recibió en su biblioteca personal, que estaba en el piso superior de su casa y allí me entregó su texto mecanografiado, con algunas correcciones escritas con tinta. Comenzamos a hablar de diversos temas, recuerdo haber identificado un volumen de El canon occidental en una  versión en inglés en medio de su biblioteca. Entonces me dijo que ella ya leía muy poca literatura, que ahora prefería leer esto: y me enseñó un libro en inglés titulado La vida después de la muerte. A mi edad, explicó, hay que comenzar a creer en estas cosas.

La noticia de su muerte estará para mí, ya para siempre, ligada al canal de Venecia, al atardecer de un sábado en que, de golpe, la zigzagueante sencillez de las calles, el cielo recortado por sobre las tejas, el sudor del camino, la inocencia ante las múltiples vías se volvieron tristeza adolescente, de aquella que a mis 19 años me hacía escribir versos melancólicos, genuinamente ingenuos, que encerraban un misterio del que no me podía hacer cargo. Algo semejante he sentido en las últimas semanas al pensar en la muerte.

Recuerdo cuando Félix me habló por primera vez de Venecia, del olor no muy agradable que ascendía del canal, de las pequeñas aceras y sus casas al nivel del agua. Y me hacía ver un encanto semejante en el emboque de Regla, en las calles del pueblo habanero en el que viví hasta que viajé a España. Por entonces yo no conocía Venecia, pero hoy, caminando la ciudad italiana durante todo el día, comprendí perfectamente las palabras de Félix y la relación con el mar y las vías reglanas. En 2008, en uno de sus viajes a Cuba, el mismo en que ambos fuimos a la presentación del volumen de la Dra. Maggi, Félix dio un curso de literatura comparada en el que analizó Muerte en Venecia de Tomás Mann junto a la película homónima de Visconti.

La devoción de Félix por la Dra. Maggi era inmensa, que ambos pertenezcan ya a ese espacio de lo imposible, de lo inefable, es signo de una cada vez más áspera realidad. Su muerte me recuerda a la muerte de mi amigo y nadie mejor que ella para entender esas cercanías, ya que uno de sus últimos artículos publicados fue sobre el canto XXIV de la Ilíada en que Aquiles se apiada de Príamo y llora por recordar a su padre. De esas raras, inesperadas a veces y frágiles equivalencias están hechos nuestros sentimientos. Y en ellas caben Venecia, Félix y Beatriz Maggi.

La estructura de Venecia recuerda aquellos versos tantas veces citados de Jorge Manrique: “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir (…) allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos”. En mi primera visita a esta ciudad, muerte y Venecia, como en los títulos de Mann y Visconti, se vuelven a relacionar. Ante la noticia del fallecimiento de Beatriz Maggi y ante el recuerdo de Félix, ausente ya hace casi cinco años, no queda más que esperar que la existencia misma corra en canales y se abra, un mediodía, llegando a la Plaza de San Marco, entre campanadas del Orologio y más allá de las columnatas encendidas de la Biblioteca Marciana y el Palazzo Ducale, hacia esa mar que, como una puerta de agua, nos espera bajo la luz de algún misterio.

Venecia-Roma, 27 de mayo de 2017

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Un comentario el “Beatriz Maggi

  1. Lidia
    junio 26, 2017

    Yoandy, la muerte de Beatriz Maggi la supe por ti, no creo que se haya publicado mucho aquí porque no lo supe antes, quizás hicieron alguna esquela en algún periódico o en el noticiero, pero no lo leí ni lo escuché y me entristeció la misma. Tuve la oportunidad varias veces de visitarla, llevarle manuscritos de La Construcción de las Olas y en otras ocasiones visitas solicitadas por ella para verme, conversar y entregarme cartas para su familia en España, sé que me tomó afecto y no tuve la valentía suficiente de llamarla ni verla después de la muerte de mi hijo Félix, no supe como hacerlo, fué con la única persona que no volví a contactar, no sé si ella supo la noticia, quizás nunca la supo…sé que lo admiraba y que le hubiera afectado. Su partida deja una triste sensación, sólo pensar en que eso que dicen, más allá de la muerte…unirá esas dos almas, la de mi hijo y la suya, nuevamente…

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Esta entrada fue publicada el mayo 28, 2017 por en Uncategorized.
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