El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Noviembre*

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Recibo desde California unas fotos de una amiga en las que se le ve junto a distintos payasos. Es raro que esas criaturas supuestamente creadas para hacer reír, divertir, alegrar la vida, provoquen una introspección a veces indecible, profunda. Le digo por WhatsApp: “esas fotos son una mezcla de belleza y tristeza, algo aplastante”, y me responde: “sí, el lado bello de la tristeza”. Reconozco en nuestras propias palabras, en la intimidad y desnudez de nuestras respuestas un costado que pudiera confundirse con lo naïf, pero ello podría ser engañoso. Uno a veces cuando es sincero y directo parece pecar de simple, pero no siempre es así.

Inmediatamente pensé en el poema “Quién seré sino el tonto” de Hernández Novás:

(…)

jugaba a rey, a payaso, a rey, a oscuro caballo.
Absorto, solo, en la colina, gritando
como loco, bajo los pájaros que emigran
señalando un carcomido rumbo. Yo,
el loco, el tonto que siempre he sido, girando en la burla,
torpe bufón de florida pirueta, riendo,
con dientes podridos, la realidad inapresable
como implacable cuerpo, a nuestro lado, descansando
en las hierbas
brotadas de los muertos, entre sonrisas de nocturnas flores.
Quién seré, Dios mío, sino el loco tonto, el oso bronco, el
jorobado torpe,
bufón bailando, reuniendo rumbos entre sus brazos, flores
para una mujer que no existe, quien mira al sol dormirse
cual tembloroso viejo
y al mundo girar en burla alrededor de sus hombros
destronados.

A las imágenes enviadas por mi amiga desde California y a los versos de Hernández Novás se une la escena de cierre de la película-falso documental Noviembre (2003) de Achero Mañas, que recrea, en una mezcla de pseudo-entrevistas y ficcionalización yuxtapuestas, los periplos de un grupo de teatro callejero español llamado “Noviembre”.

La cinta trata sobre un grupo de jóvenes que a finales de los noventa y principios del siglo XXI intentan cambiar el escenario por la calle, ir hacia donde el público esté y no esperar por que este venga, hacer al espectador parte activa de la puesta, lo cual los lleva a encarnar a mendigos, terroristas, personajes estereotipados (entre los que está, por cierto, una cubana que dice “esto es de pinga”).

Alguna crítica señala la inmadurez, inocencia, ingenuidad y errores de estos jóvenes en sus empeños teatrales y sus enfrentamientos con la policía y las políticas culturales como limitaciones más bien de la cinta en tanto producto. Y quizá, en algunos casos, hasta tenga razón. Pero el filme logra, al menos en mi caso, despertar una serie de sensaciones que hacía tiempo no experimentaba ante una pieza cinematográfica. Dichas sensaciones tienen que ver con la utopía, con la fuerza pujante de la juventud por querer cambiar un estado de cosas, con la mezcla de bufonada y muerte.

Asaltar el teatro, tomar el espacio institucionalizado y desinstitucionalizarlo, contaminar toda zona legitimada por los diversos poderes. Hacer teatro fuera de las redes culturales reconocidas por las autoridades. Sembrar un poco de caos en tanto orden. Despertar consciencias. Que el espectador, de una vez, deje su silla, su espacio de incomodidad o confort ubicado simétricamente, y comience, de una vez, a actuar.

Todo ello suena utópico, es cierto. Pero son esas mismas institucionalizaciones que van en contra de la libertad del artista las que, desde la propia escena, denuncia, por ejemplo, Sergio Blanco en Tebas Land; las que rompe, de algún modo,  Marianella Morena en Antígona oriental al hacer resaltar el valor de lo testimonial de las víctimas que han sobrevivido a la dictadura y a la violencia. En la puesta en escena de la pieza de Morena, el director alemán Volker Lösch utiliza a no-actores víctimas y supervivientes para que denuncien de forma directa lo que padecieron.

En medio de este juego de espejos, entre las exigencias políticas e institucionales y el cuestionamiento del espacio teatral legitimado, aparece mi amiga sentada junto a un payaso en California, un poema de Hernández Novás reconociéndose como el tonto, el bufón, y el cierre de Noviembre en que un payaso se carcajea y habla a un público indignado por la interrupción de la obra programada. En ese balanceo, en el disparo y la flor de papel, en la lenta caída del tono del bufón en su columpio, en la carcajada última que se rompe al comenzar, se juega algo que va más allá de la aparente ingenuidad, del error de juventud, del impulso poco controlado.

La clave para todos los casos apuntados (el de mi amiga, el del poeta, el del actor) está quizá en las palabras de uno de los pseudo-entrevistados: “esa libertad a la hora de actuar disparaba nuestra imaginación y nos permitía descubrir cosas que de otra forma nunca habríamos podido descubrir”. Entiéndase aquí “actuar” en el sentido más amplio posible, en tanto acto y acción, júntese con disparo y descubrimiento y se tendrá la clave.

* Agradezco a mi amiga Yumary Alfonso por recomendarme la película.

 

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Esta entrada fue publicada el julio 22, 2017 por en Cine, Crítica, Tradición clásica.
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