El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Las memorias habaneras de una gringa

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Connie, como ficción (y creo que también como ser humano), es mucho más tangible para sus ciber-seguidores desde que la Editorial Verbum publicó en 2017 su libro de memorias sobre los años sesenta titulado Adiós mi Habana. Mi cercanía a su labor de archivo viene dada por ser yo un visitante asiduo a su blog El archivo de Connie, desde el cual se pueden conocer e inferir ciertas características de su autora que la hacen afín a muchos de mis intereses. El primero y posiblemente más rotundo de ellos es su paso por la Facultad de Artes y Letras, por entonces conocida como Escuela de Letras y Arte.

Connie es en este libro lo más opuesto y semejante a un cubano que uno pueda imaginar. Su vida comienza siendo peregrinaje, inestabilidad, incertidumbre ante el futuro. Su propio nombre es producto de la metamorfosis de su inicial Cornelia, un desplazamiento lingüístico que refleja la necesidad personal de adaptarse al nuevo espacio en que vivió, en este caso Estados Unidos. Y cuando llega a Cuba será llamada, ahora por los otros, la Gringa. Es esta la historia que cuenta el testimonio ilustrado en viñetas: el paso de Cornelia desde Alemania hacia Estados Unidos como Connie, hasta llegar a Cuba como la Gringa. Y es precisamente ahí, en lo que más la distancia del cubano, donde más se le llega a parecer: en el desarraigo, en el éxodo, en tener que lidiar con entornos en los que, además de ser sincera, necesita ser práctica y avispada, en el azaroso proceso de la inestabilidad y la supervivencia.

El libro se divide en siete capítulos que cuentan el periplo familiar hasta llegar a La Habana, pasando por Nueva York, California y México (capítulo 1). En este capítulo inicial, además, hay dos elementos que llamaron mi atención: (1) el contraste entre el modo en que vivían los extranjeros que apoyaban el proceso del 59 en La Habana (entre los cuales Connie vivía con su familia) y el modo de vida del pueblo cubano (dicho contraste es más ilustrativo cuando Connie tiene su primera relación homosexual con una chica mulata llamada Maritza y visita su casa, p. 44), y por otra parte (2) la represión tanto cultural (prohibición de los Beatles, entre otras bandas anglosajonas) como sexual como parte de la política de estado en Cuba.

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El capítulo 2 está dedicado a la Universidad de La Habana, a la incursión de Connie en el mundo cultural, académico, político, de producción, etcétera desde las aulas universitarias. Es en este apartado donde la protagonista cuenta de cerca las depuraciones de los sesenta en las aulas universitarias contra homosexuales y religiosos, considerados enemigos del proceso iniciado en 1959. Connie ilustra dicha época con sus vivencias y también con las páginas de la revista juvenil comunista titulada Mella que con frecuencia se dedicó a ridiculizar a los homosexuales en sus tiras supuestamente cómicas. En este capítulo también se da cuenta de la visita del poeta norteamericano Allen Ginsberg (con final nada bueno para nadie) y del desmantelamiento de las ediciones El Puente, dirigidas por el poeta José Mario que fue uno de los que padeció los campos de concentración del gobierno cubano conocidos como las UMAP. Tanto de El Puente como de las UMAP se pueden encontrar en el blog de Connie valiosísimos documentos, artículos y referencias.

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En el capítulo 3 se cuentan las experiencias de Connie en la Sierra Maestra y su incursión en el teatro para títeres, lo cual trae a colación la represión padecida por los hermanos Camejo y el cierre del Teatro Guiñol. Sobre este tema Norge Espinosa y Rubén Darío Salazar publicaron un libro titulado Mito, verdad y retablo: El guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril (Unión 2012). En el capítulo 4 se cuenta el tortuoso proceso judicial de Connie y Martugenia (su pareja) por causa de un ataque homófobo y machista en el que pasaron de ser acusadoras a ser las acusadas por su (supuesta) condición de homosexuales. Es en esta sección donde la protagonista tiene que ser muy cuidadosa y saber jugar entre la verdad y la táctica no solo para poder seguir estudiando su carrera, sino incluso para salvar el pellejo. Política, estado y academia se confabulan en este largo y tortuoso proceso judicial que tienen que enfrentar ambas jóvenes.

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En el capítulo 5 se sigue dando cuenta de las represiones a finales de los sesenta en Cuba, donde destacan la represión contra los hippies, el cierre de lugares nocturnos y el caso del poeta Heberto Padilla que terminó en un juicio de corte estalinista y que trajo consigo la indignación de muchos intelectuales del mundo contra el gobierno cubano. En medio de todo ello, una pareja de amigos gays junto a Martugenia y Connie buscan modos de sobrevivir y disfrutar como se puede. Ya para entonces, la protagonista vivía sola en La Habana, pues su padrastro Ted había perdido el trabajo en Cuba y se habían regresado a Estados Unidos. La joven comenzaba, por ello, a tener problemas para sobrevivir y alimentarse.

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Los capítulos 6 y 7 dan fe de los intentos fallidos de Connie y Martugenia por reunirse fuera de Cuba y vivir juntas. La sexopolítica cubana es algo evidente en todo el libro, pero principalmente en estas dos últimas secciones, donde gobierno, sistemas de vigilancia, academia y policía se unen otra vez y colaboran para impedir que dos mujeres salgan de una isla y vivan juntas como les dé la gana. En medio de su viaje a Estados Unidos (capítulo 6) en que Connie puede comparar la vida gay entre USA y Cuba, y de su regreso a la isla, la joven por momentos se plantea la posibilidad de quedarse a vivir y trabajar en La Habana. Hasta que la solución última (después de una detención de meses y de que Martugenia va y vuelve de viaje) es dejar la isla, irse, volver a Estados Unidos. En medio de represiones, homofobias, incomprensiones, vigilancias, amenazas, silencios, esta es también la historia de amor entre dos mujeres, truncada (una más entre miles) por obra y gracia de la política migratoria cubana.

Basta hojear un poco el libro para entrever que la labor archivística de Connie y sus años de trabajo en el blog ya mencionado han sido determinantes en la estructura y documentación del libro. En él se intercalan fragmentos de artículos sobre hechos históricos fundamentales de la década del sesenta en Cuba y el mundo. Además, como declara Antonio José Ponte en el prólogo al volumen, “mucho antes de que el barco que lleva a la protagonista llegue a La Habana, su padrastro y su madre habrán atravesado por lo que podría considerarse un buen resumen de la primera mitad del siglo XX” (p. 13). Por ello mismo, el logro mayor de este volumen tan ameno y dúctil en la lectura está, creo yo, en el modo en que su autora consigue hacer convivir esos momentos fundamentales de la Historia con su historia más personal, con el testimonio y las memorias suyas durante sus años en Cuba, utilizando a veces cartas familiares que reflejan la situación y las diversas posturas políticas del momento.

El libro está construido de manera orgánica por medio de contrastes, entre ellos: capitalismo vs. comunismo, revolución vs. intelectuales, heterosexualidad vs. homosexualidad, vigilancia y política vs. deseo, homofobia vs. homoerotismo, el exhibicionismo machista y falocéntrico vs. la intimidad en que Connie descubre su homosexualidad, entre otros. Lo fundamental y más preciado de su protagonista es que, en medio de personas e integrantes tanto de la familia como de la academia y el estado que tienden a poner por encima de sus sentimientos los propósitos de un proyecto político que los ahoga y silencia (la profesora universitaria Mirta Aguirre quien era comunista y lesbiana, su padrastro Ted limitado por su ideología, entre muchos otros) ella, sin embargo, va siempre guiada por una humanidad que viene a confundirse con su deseo, con el descubrimiento de la sexualidad, de la amistad, de los contrastes y la diversidad en general. Connie es más diversa y plural mientras más asfixiante es el espacio en que vive. En un entorno de encierro, limitaciones, demoras, aplazamientos, muchísimos miedos, reservas, falta de explicaciones y transparencia Connie, la Gringa, por tendencia natural y espontánea se deja guiar por un instinto personal que la hace a los ojos del lector exactamente humana.

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No sé si la sinceridad sirve de algo cuando de literatura se trata, al menos lo que coloquialmente comprendemos como tal. Pero uno, al repasar estas páginas, siente estar lejos del artificio y cerca de una voz franca. Durante mi lectura, no tuve la sensación de estar ante un texto tradicionalmente literario. Quizás por ello la poeta Isel Rivero asegura en la nota de contracubierta que sintió “cercanía con unas viñetas que se desdibujan como una biografía tan personal como histórica”. Porque más que un estilo, lo que está en juego en este volumen es la experiencia íntima de un ser humano y los acontecimientos socio-políticos en los que se desarrolló. Como asegura Isel Rivero: “Si la verdad histórica existe, se muestra aquí en otra faceta del caleidoscopio y pesadilla que todos hemos vivido”.

No se me escapa que el nombre de la autora, Anna Veltfort, se diferencia del que leemos en su blog y de los nombres que ella misma menciona a lo largo del libro. Pero aún así,  a pesar de esta heteronimia, por medio del Epílogo, estas voces se entrecruzan. Me parece que si hay algo técnicamente literario o versionado en este texto, se confunde con la experiencia personal y la inevitable capacidad noveladora de la memoria. En su simplicidad, la voz narrativa de este libro tiene su mejor arma en tanto testimonio. La autora reconoce al inicio del Epílogo que le “costó años procesar lo que había pasado” (p. 225). Para llegar, por tanto, a su estilo llano, cercano, accesible, hubo un largo y doloroso proceso del que, paradójicamente, su discurso diáfano da cuenta.

Hay una ley literaria, no estética sino visceral a la que debiera subordinarse cualquier estilo, que sí está presente en este libro. Un profesor al que admiro me ha dicho que todo libro debiera ser verdadero, debiera decir una verdad. Indagando un poco más en lo que quería decir con ello, el profesor me remitió a Aristóteles: “todo libro debiera ser un entimema”, me dijo, entendiendo el concepto de “entimema” desde el filósofo griego. Todo libro debiera estar escrito desde eso que los griegos llamaban thymós, es decir, desde el corazón y el alma. Este volumen, en toda su simplicidad discursiva, da la sensación de cumplir con ello. Es ahí donde vienen a coincidir Adiós mi Habana y, por ejemplo, el poemario de 1960 de Isel Rivero titulado La marcha de los hurones: ambos hablan de una verdad visceral semejante, más allá de toda diferencia estilística y retórica. Adiós mi Habana es un entimema que nace de un largo proceso de desilusión, pero también y sobre todo de un largo amor de su autora por la isla de Cuba.

El utilísimo cibercajón que constituye El archivo de Connie (del cual siempre he sido un fiel lector) consigue en estas páginas volverse una historia orgánica, personal y vívida. Uno logra repasar las distintas y convulsas etapas de la Cuba de los sesenta de un modo que al menos para mí era desconocido. Me precio (y hasta me vanaglorio entre mis más íntimos) de atesorar un archivo temerario sobre esos años y sobre muchas figuras intelectuales de ese tiempo. He pasado horas, mañanas, tardes, días enteros en archivos de Alemania, España y Estados Unidos revisando revistas y publicaciones de los años sesenta y setenta en Cuba. Pero Adiós mi Habana, en toda su sencillez de lenguaje y sin ninguna pretensión de “literariedad”, me devuelve algo que no he encontrado en los archivos ni en las páginas de las hemerotecas: una memoria viva que, en la lectura, vuelve a tener lugar, sucede otra vez con toda la consistencia de sus avatares y su fragilidad. Connie no dice con esta novela “adiós” a La Habana, más bien vuelve a decirle “bienvenida”. Es, en nombre de la memoria y del deseo, que quiero invitar a leer este libro.

Yoandy Cabrera

College Station, Sept. 3 2017

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Esta entrada fue publicada el septiembre 3, 2017 por en Arte, Autores, Crítica.
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