El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Nike cubana: del olivo al mocho*

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El Gran Teatro de La Habana está ubicado en el antiguo Centro Gallego que servía como institución social y de ayuda para los emigrantes de Galicia en la isla de Cuba. De estilo ecléctico, dicho centro fue construido alrededor del antiguo Gran Teatro de Tacón, primer nombre de dicho espacio escénico que fue inaugurado en 1838.

Las torres laterales del teatro están coronadas por dos diosas aladas de la victoria, que llevan en la mano un ramo de olivo para coronar al vencedor del certamen escénico de turno. Dicha diosa es conocida como “Nike” en la cultura griega y de ella proviene el nombre de la marca de ropa deportiva estadounidense Nike, creada por la diseñadora Carolyn Davidson a partir de una de las alas de la escultura griega tradicional. Después del paso del huracán Irma, una de estas Nikes del Gran Teatro quedó movida de su posición vertical a casi horizontal, a punto de desplomarse hacia abajo.

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Durante y después del paso del huracán Irma por las islas del Caribe y Florida, han circulado muchas fotos que reflejan no solo el estado general en que quedaron muchos de los sitios a causa del embate del ciclón, sino también a algunos cubanos en medio de sus casas y sus calles inundadas. Entre esas fotos, llamaron mi atención principalmente algunas que presentan, por ejemplo, a una mujer frente a la reja de su casa sonriendo con el agua por encima de las rodillas mientras su hijo nada junto a la puerta; a otra de perfil mientras, en medio de la inundación y ante la entrada de su hogar, le recoge el pelo a la hija; a una pareja sentada en un banco en el aluvión, aparentemente tranquilos o despreocupados o más bien resignados al desastre.

Entre esas posturas aparentemente cotidianas en que los personajes enfocados siguen haciendo muchas de las actividades diarias en medio del agua, las inundaciones y la basura, donde parecen olvidar momentáneamente las circunstancias excepcionales y adversas en las que se encuentran, ha circulado una imagen donde se ve a un grupo de hombres sentado alrededor de una mesa mientras juegan dominó. Junto a las demás fotografías mencionadas y más allá de la aparente diversión, esta capta momentos en los que puede vislumbrarse la señal de un abandono, síntoma de aplatanamiento, resultado claro de una resignación fraguada durante décadas. Una especie de adaptación al medio como lo hubiera hecho cualquier tipo de animal, de ser vivo no pensante. La capacidad de evasión y enajenación del cubano ha llegado a límites insospechados. Y no es para mí divertirse, es el acto mecánico de nadar, chapotear, ejercitarse en el agua (esta vez metafórica y literal) que sacude, subyuga y envenena. La diversión, desde su sentido etimológico, implica buscar diversos modos y en estas imágenes parece tratarse de todo lo contrario: de la anulación de toda posibilidad.

Pero hay otra imagen entre las instantáneas tomadas después del paso del huracán que me parece incluso más interesante que las mencionadas, porque desdeña el abandono o parece orientarse a otra forma de abandono más allá de la indolencia y el folklore circundante, sin dejar de ser parte del paisaje en ruinas. Me refiero a una mujer afrocubana que está en medio de la calle inundada con un haragán en la mano y mirando, entre sospechosa y vigilante, el entorno. Lleva un pañuelo de colores en la cabeza, un reloj, una manilla, pendientes y una camiseta gris con la marca Nike en el pecho. La pieza de ropa dice exactamente “Nike SB” (abreviatura de Skate Boarding), lo cual, tratándose de una inundación, puede sonar paródico y a la vez señalar que nuestra Nike humana está potencialmente lista y con el equipamiento necesario para enfrentar los obstáculos que la circundan, lo cual también suena, dada la situación cubana, al menos irónico. Es precisamente el símbolo de Nike en la camiseta junto a su pose y al haragán que sostiene en la diestra, lo que (ciclón mediante) me ha permitido establecer un paralelo entre la Nike del Gran Teatro, La Giraldilla y la mujer habanera de la foto.

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La alusión a La Giraldilla no es en absoluto fortuita ya que, además de ser una imagen tradicionalmente representativa de la Ciudad de La Habana, es también una cristianización de la Nike griega. En estas tres imágenes están en juego las tradiciones fundamentales de occidente y de la isla: la griega o europea en general (Nike del Gran Teatro), la tradición cristiana española (La Giraldilla) y la afrocubana y popular (mujer habanera de la foto con la camiseta Nike).

Muchas de estas fotos pueden estar preparadas, sus poses pueden ser preconcebidas, pueden incluso alimentar un estereotipo de lo cubano que a muchos nos puede molestar, pero ni la Nike del Gran Teatro ni La Giraldilla con su cara de supuesta joven española[1] escapan al artificio, a la técnica o al estereotipo. Y estas no son razones que me impidan acercarme a las tres imágenes en tanto posibles representaciones de una ciudad como La Habana, o como referentes visuales y artísticos de un tiempo y un lugar.

A diferencia de La Giraldilla (emblema escultórico de la etapa colonial de la isla que cayó de la torre del Castillo de la Real Fuerza a causa del ciclón de 1926), la Nike de bronce (después del paso del huracán Irma) permanece en la imagen como una amenaza, sin llegar a caer, pero en su desequilibrio conmina, amaga y advierte del peligro, la caída, la maldición sostenida. No es el derrumbe sino algo peor: su extensión y posibilidad prolongada indefinidamente.

Con respecto a La Giraldilla, asegura Mario Martí que “la figura es la de una bella muchacha vestida a la usanza del renacimiento español y con la Cruz de Calatrava en una de sus manos”. En la cristianización de la Nike griega, La Giraldilla lleva en una mano la cruz de Calatrava. Dicha cruz que encarna la pasión de Jesús y el misterio cristiano es, en las manos de la mujer habanera, un haragán, típico trapeador utilizado en Cuba para sacar el agua de la casa. No deja de ser satírico y a la vez utópico que, en medio de una inundación y con el agua casi a la cintura, la mujer sostenga precisamente un haragán. A su vez, ello la ubica en el espacio doméstico: pareciera que la mujer de la foto, en medio del desastre, ha detenido sus labores de gineceo y se ha lanzado a la calle con su instrumento de trabajo diario. Es posible ver en esta nueva cruz una apropiación práctica y desacralizada del legado católico y colonial. La Nike mulata ha cambiado la cruz por el haragán, el vuelo etéreo por la limpieza y el baldeo. Toda la tradición clásica y cristiana en ella se vuelve una mezcla de necesidad, absurdo y sentido práctico.

Según Manuel Pérez Beato (Rectificaciones históricas, La Habana, 1943), La Giraldilla “representa la Victoria, portando en su brazo derecho una palma, de la que solo conserva el tronco”. Esa palma ausente, símbolo nacional truncado, aparece conjugada con la cruz en el haragán de la cubana: su única insignia nacional y espiritual parece ser el mocho, la sobrevida. Se ve decidida a limpiar y baldear la isla, pulir las calles, quitar el churre; pero en medio de la inundación y de los destrozos del huracán su tarea es titánica, disparatada y utópica. Inmersa en semejante disparate, la mujer no obstante parece ser la única interesada en hacer limpieza, en actuar, en buscar un cambio. Con su pose y su instrumento rescata aquel parlamento, paródico y serio a la vez, de Virgilio Piñera en Electra Garrigó: se trata de una simple cuestión de higiene.

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Hay otros paralelos fundamentales entre la Nike del Gran Teatro y la mujer habanera: la Nike está sobre un edificio colonial emblemático y pertenece a la tradición occidental, mientras la mujer de la foto lleva una camiseta con el símbolo de Nike, filtrado por la cultura moderna norteamericana. La estatua, además, es figurativa de una tradición europea, la mujer de piel negra sin embargo es representante de la cultura afrocubana o afrodescendiente de la isla, asociada en general con los grupos de la población cubana más desposeídos, con menos visibilidad en las esferas políticas y de poder de la isla. La Nike está en las alturas, como descendiendo del cielo, casi flotando en el aire, pero la mujer está en el agua, con los pies en la tierra. Mientras la estatua luce etérea, la mujer se ve doméstica, cotidiana, se desarrolla en un entorno popular. Estas polaridades no tienen para mí un sentido de superioridad o inferioridad con respecto a una u otra parte, sino más bien reflejan el cambio de paradigma en nuestro tiempo, la adhesión de lo tradicionalmente clásico en lo conocido como popular.

La escultura de estilo griego es símbolo del concepto de arte más tradicional y clásico, de lo sublime, y la mujer de la foto podría representar la dedicación a las labores domésticas, de limpieza, lo pedestre diario, la subsistencia y los dilemas de la sociedad cubana del siglo XXI. Esta mujer negra con su camiseta y su símbolo norteamericano encarna una serie de tensiones actuales y vigentes en la isla por décadas: las oposiciones y desencuentros entre el gobierno cubano y el estadounidense, la pobreza del negro en Cuba, además del contraste de la miseria circundante y el tipo de ropa que se lleva. La interpretación que propongo va encaminada a hacer énfasis en la incidencia de los males sociales sobre las personas, en la mujer de la foto como símbolo del ser humano que intenta sobrevivir en medio de condiciones adversas y contradictorias. Puede irse más allá del sexo y el color del personaje fotografiado sin olvidar que estos elementos también evidencian ciertos síntomas y conflictos de la sociedad cubana.

Las dos figuras (la griega y la cubana) simbolizan también otras diversas tensiones: la estatua, en todo su peso, peligra y está a punto de caer, lo cual puede poner en crisis todos los valores que representa. Ambas imágenes de la Nike, la griega o europea y la norteamericana, reflejan una serie de valores. En la norteamericana el sentido de victoria se asocia a la solvencia económica, aunque el sentido inicial está vinculado al deporte. Sin embargo, la mujer negra que lleva puesta la camiseta Nike pone en crisis esos conceptos de victoria, desajusta dichos valores culturales y económicos, los cuestiona, los desequilibra. Al mismo tiempo la habanera es la encarnación de una sociedad derrotada, arruinada que ha pasado décadas declarando hipotéticas victorias.

El proceso revolucionario cubano iniciado en 1959 hizo de la palabra “victoria” un referente fundamental de su imaginario: “hasta la victoria siempre”, “convertir los reveses en victoria”, “el pueblo victorioso”, “la victoria de Playa Girón”, “la victoria del pueblo”, “Patria o muerte, ¡venceremos!”, “resistir y vencer” son algunas frases que pueden rastrearse desde los primeros discursos de Fidel Castro y que perviven en la retórica política insular. Ante el estancamiento mismo de ese lenguaje, la potencial caída de la Nike del Gran Teatro puede leerse como ademán disidente, contestatario; como si el crudo golpe de la naturaleza dejara al descubierto el descuido institucional, el abandono de las conquistas y necesidades de la sociedad. Consecuencia de ese abandono es el ademán de la mujer de la foto y su intento de barrer y romper con la inercia y el desastre.

Más que de esencia humana, sexual o identitaria (cosa que evado y evito porque me parece fútil), la imagen de la mujer puede ser el reflejo de la incidencia de lo social en el individuo y del modo en que este intenta romper con toda sujeción, con lo político subyugante y hegemónico. Ese es, quizá, el cambio fundamental que observo en la apropiación de la figura de la imagen griega y el que más me interesa: la Nike ha pasado del ámbito de la hegemonía, de representar el poder cultural y político legitimado, a personificar al ser humano común que lucha contra su condición de dominado y sujeto y que se enfrenta a unas condiciones socio-políticas que le son hostiles. A dicha idea van encaminados los paralelos que en este artículo se establecen entre la Nike tradicional y la mujer de la foto.

La nueva Nike insular lleva su única ala (el símbolo Nike de la camiseta) cruzándole el pecho de lado a lado y convierte el gesto estético minimalista y abocetado de la diseñadora norteamericana en imagen de la escasez y la carencia que padecen en general los habitantes de la isla caribeña. El ala en su diseño se vuelve bastón de resistencia. Pero esta nueva Nike cubana que, como Yemayá, camina segura por las aguas con su especie de nuevo tridente doméstico, emergente diosa del mar con mirada segura y precisa, esta “reina del mocho” con su agudeza visual, parece, por su firmeza, ser capaz de abrir las aguas con su haragán. A pesar del desposeimiento, la casa en ruinas e inundada por el ciclón aparenta portar todo lo que necesita, luce lista. Observa incrédula y horadante el entorno, no hay rastro de miedo o extrañeza en sus ademanes o en sus ojos. Se mueve entre el agua y la basura con sospecha y desenfado. Más que de dos, pareciese que ambas imágenes constituyen momentos distintos de una misma diosa, de la Nike cubana en sus diversas etapas. Es la Nike colonial abandonando su posición hegemónica (tradicionalmente relacionada con lo institucional europeo y cristiano), caída hace tiempo desde las altas torres del Castillo de la Real Fuerza o el Gran Teatro que ha aprendido, por siglos, a abrirse paso con su remo, su haragán, entre las aguas más adversas, a luchar contra las fuerzas dominantes y tiránicas; que ha transitado de lo hegemónico a la condición de sujeto que busca la no sujeción, es decir: de lo europeo a lo afrocubano, del aire al agua, de la luz al fango, del éter al basurero, del bronce a la piel negra, de lo museable institucional a la calle, de lo culto a lo popular, del peplo ondeante a la camiseta importada, del olivo a la fregona. Es la Nike colonial que ha encontrado en la caída, si no la victoria, al menos otros tensísimos modos de la sobrevida y la (no) pertenencia. Un muy raro sentido de pertenencia que se confunde con la muerte.

La habanera de la foto, callejera y curiosa como el famoso personaje de Cirilo Villaverde, luce lista para decir, en cualquier instante, los parlamentos de Santa Cecilia de Abilio Estévez: “Mi lugar es bueno porque es mi lugar. Será el infierno pero es mío. De aquí no hay quien me mueva. Tendrá que secarse el mar para que abandone este sepulcro que me pertenece. Y ahora, ¡váyanse, Furias, si quieren!”

Yoandy Cabrera

Sept. 2017

NOTAS:

* Las imágenes han sido tomadas del sitio digital de noticias Cibercuba.

[1] Mario Martí explica que “en La Giraldilla se observan rasgos que evocan las facciones de la mujer española, por lo cual se considera una representación genuina de una ciudad tan espiritualmente española como lo es La Habana”.

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Esta entrada fue publicada el septiembre 14, 2017 por en Arte, Autores, Crítica, Tradición clásica.
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