El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Domingo

Despierto a las diez. Salgo a caminar. Hablamos al pasear por el parque. Las gotas de lluvia se diseminan, simétricas, por las hojas, después de llover fervorosamente toda la noche.

Los charcos devuelven el paisaje al fondo.

Hablamos con la intensidad y el sosiego que con frecuencia nos falta. El sosiego, quiero decir, porque la intensidad siempre está ahí comiéndonos los pies. Hablamos hasta la ruptura. Y no supe hacer otra cosa que seguir caminando cuando las palabras llegaron, como el paisaje, a su espejismo de fango. Una, dos, casi tres horas sin detenernos, saltando de un parque a otro, repitiendo el circuito, como dos ratones de laboratorio.

Llenamos el día con una comida en un restaurante, fajitas y ensalada. Fuimos, como locos, de tienda en tienda buscando una mesa y dos sillas para la terraza. Había que llenar el día con lo que fuera, hasta que casi exhaustos, volvimos al salón, a su penumbra.

Entonces, comencé a llorar.

 

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Esta entrada fue publicada el octubre 23, 2017 por en Uncategorized.
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