El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Verdad sospechosa

“La poesía empuja por todos lados

la reacia orilla del lenguaje”.

A. Reyes

Alfonso Reyes define el hecho literario en su ensayo “Apolo o de la literatura” (1940) como “verdad sospechosa”. Matiza, además, el concepto de “mímesis” y lo llama más bien “ficción”, por la intención del texto creativo de alejarse de la realidad, aunque dialogue con ella. En tanto signo lingüístico, Reyes nombra los dos planos del mismo como “semántico” y “formal”. El primero se relaciona con el acontecer ficcional y el segundo con la intención estética.

En los valores que enumera sobre el lenguaje en la literatura, Reyes parece hacer coincidir emoción con estilística en un primer momento. Sin embargo, más adelante alerta reiteradamente: “no confundir nunca la emoción poética, estado subjetivo, con la poesía, ejecución verbal”, de hecho, considera que “la poesía es un combate contra el lenguaje”. A ese movimiento en tensión de lo poético entre el logos y el silencio, el autor lo llama “desajuste”.

En esos dos elementos de la naturaleza poética me interesa detenerme: en la sospecha y en el desajuste. En lo oculto y contradictorio. Sin misterio y contradicción no hay literatura. El forcejeo con el lenguaje va encaminado a reflejar lo oculto y contradictorio sin revelarlo. Lo rodea en agonía, pero no lo agota. De ser agotado se acabaría la necesidad del arte. Se trata del “secreto instinto” que menciona el autor mexicano en que “la poesía empuja por todos lados la reacia orilla del lenguaje”.

Alfonso Reyes forcejea en este ensayo con lo que la lingüística tradicional evita: hurgar allí donde el lenguaje se hace inútil, torpe, donde el hablante se pierde y no encuentra fácilmente una solución. Movido entre un yo y un nosotros, un emisor x a veces no encuentra el término en su lengua (sin tener que ser excesivamente explicativo) que le permita desubjetivarse y a la vez no implicar a los otros. Un término en que se asuma la responsabilidad personal, pero que al mismo tiempo no quede solamente en el plano egótico, sino que trascienda sin que ello se vuelva un nosotros colectivista, impersonal, casi proletario, retrógrado o abstracto.

Una persona entre el yo y el nosotros que no se vuelva una tercera.

La lingüística, en su sentido más humanista, debiera detenerse más en estos abismos, en los espacios donde, más que certeza o confirmación, hay verdad sospechosa. Ahí donde el hablante dice “no puedo, no sé cómo decirlo”, la lingüística debiera encender un bombillo rojo. Al borde siempre de los abismos, del plus ultra, de lo que Reyes identifica como “frontera indecisa”, “desajuste psicológico” o como instante de evaporación. El lenguaje alcanza su acmé donde también se vuelve más inútil, donde el poeta, al borde de lo daimónico, calla.

 

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Esta entrada fue publicada el octubre 23, 2017 por en Autores, Crítica, Tradición clásica.
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