El Jardín de Academos

Cuaderno de Crítica y Poesía

Nieve de Moscú en una cajita azul

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(A propósito de la exposición personal El lobito gris vendrá de Dashel Hernández. Taylor Hall Gallery, University of Delaware, February 6-16, 2018.) 

Hacer del espacio íntimo, en el que no falta cierta dosis de opresión, no un lugar habitable sino habitado. Convertir una galería de Newark (Delaware) en el entorno doméstico de un niño cubano de los años ochenta. El espectador puede pensar, en algún momento: “¿cómo he llegado a aquí?, ¿qué hago yo en la habitación de este niño que, con certeza, acaba de salir del cuarto y en cualquier momento regresará?” Pero incluso en las preparaciones previas a la inauguración, en el montaje, en la re-presentación, las losas del suelo, el martillo recostado a la pared, el pupitre como accidentalmente dejado en el pasillo, la tanqueta o cubo, el cuaderno de apuntes, el teléfono en el piso…, todos ellos son signos de lo incidental trascendente en que se fundamenta esta muestra de Dashel Hernández[1]. La representación se confunde, se vuelve presentación. El arte pone toda su naturaleza técnica, su esencia en tanto téchne, al servicio no solo de la memoria sino de la confluencia espacial entre recuerdo y presente.  La curadora de la muestra, María de Lourdes Mariño, presenta los conceptos de “cultura material” y “memoria cultural” como base de la exposición, ya que el artista persigue reconstruir y reinterpretar la historia a partir de los objetos y de una experiencia vital compartida[2] .

La primera pregunta que me viene al recorrer las obras panorámicamente es ¿cómo asimila un niño cubano de los ochenta la herencia soviética, esa que también contribuye al sistema que lo oprime, y la asume, sin embargo, como parte de su imaginación, de sus sueños de libertad?[3]

La esencia del arte está en hacer visible lo invisible, en representar los afectos, los espacios de la memoria, en un aquí y ahora literalmente perceptibles. Esta muestra persigue precisamente borrar toda marca de artificio o de estilo que atente contra la inmersión de los objetos en su cotidianidad más absoluta. Recuperar los espacios rutinarios de la infancia es el golpe maestro de esta exposición. La galería deja de serlo y es el interior de un aula cubana o de una habitación de un niño o el humilde salón de una casa camagüeyana de 1985.

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Por las ventanas del recinto expositivo se ven los árboles en invierno. La nieve rusa que Javier Antonio le reclama a su abuela está justo al otro lado del cristal[4]. No deja de ser irónico que, a través de esta muestra, sea precisamente en una ciudad norteamericana donde el personaje en que Dashel se autoficciona consiga su poco de nieve rusa. De esta forma, la naturaleza misma de Newark se ha confabulado de modo tal que la división entre interior y exterior encarnan la oposición entre ínsula y continente, entre Caribe y Europa, entre el calor y la nieve, es decir, entre el espacio cotidiano de un niño cubano y el otro con el que sueña en ruso, con el que juguetea en su imaginación. En la pizarra puede leerse la fecha del 26 de junio de 1985, mientras más allá de la ventana se multiplica el poco de invierno que su madre ¿le prometió? traer a Javier Antonio en una cajita azul[5]:

– Abuela, ¿cuándo vuelve mamá? ¿Hace mucho frío en Moscú? ¿Y ella me traerá nieve cuando vuelva? Yo quiero que ella me traiga nieve en una cajita azul. ¿Y si se le olvida el abrigo, el abrigo grande que tú le cosiste?

– No se puede traer nieve a Cuba, Javier Antonio. La nieve es agua, agua congelada en una nube. Y se derrite; sí, se derrite solita, como todo lo demás en esta vida…[6]

Decía Reinaldo Arenas en su autobiografía:

La nieve y el invierno fueron para mí todo un acontecimiento; disfrutaba viendo caer la nieve; era un placer inmenso caminar por la calle y sentir cómo nos caía encima; no sentía ni siquiera el frío. La nieve ha sido siempre una especie de añoranza incesante para todos los cubanos: José Lezama Lima, Eliseo Diego, Julián del Casal; casi todos los poetas, que nunca vieron la nieve, se pasan la vida añorándola; otros que la padecieron, se la pasaron renegando de ella, como Martí y Heredia. De una u otra manera, la nieve ha jugado un papel fundamental en nuestra literatura.[7]

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Si en la mayor parte de su obra pictórica previa el artista ha buscado hacer del artificio una forma de encarnar su sensibilidad en lo exterior, si la naturaleza estilizada en que un tronco se confunde con una voluta persigue en sus otros cuadros fundir naturaleza con artificio, ya que en su cosmovisión no hay una gran diferencia entre lo uno y lo otro; sin embargo en esta nueva propuesta procura que la técnica y el trabajo detallado y minucioso con fotos, pizarras, juguetes, cajas y muchos otros objetos tributen a esconder la mano del autor, su huella. Dashel Hernández sigue siendo un artista del detalle, pero esta vez esa tendencia busca recuperar la memoria sin afeites ni maquillajes o, más bien, usando los retoques y pastiches para hacerlos invisibles, indetectables, ausentes.

Justamente en el trabajo de los detalles y del montaje digital a veces imperceptible (precisamente por buscar borrar la huella del artificio) es donde radican los más importantes elementos subversivos, satíricos e irónicos de la muestra. Este no es tampoco un mero rescate de la cotidianidad de los años ochenta dentro del entorno opresivo cubano, sino más bien y sobre todo, un ajuste de cuentas con esa memoria, un atentado contra lo tiránico y represivo de ese tiempo.

Lo subversivo y paródico está presente en la muestra desde su denominación: Dashel Hernández usa como título de la propuesta El lobito gris vendrá, nombre que, por causa de la censura soviética, el cineasta ruso Yuri Norstein (1941) no pudo utilizar para su filme[8]. En el cartel del cumpleaños de la foto que es parte de la instalación ¡Felicidades, pioneros! (nro. 17), se lee, por ejemplo, “Felicidades, camarada lobito”, en ruso. La oposición entre sonido, texto e imágenes en el vídeo (obra número 18), por otra parte, permite el uso reiterado de la ironía y el cuestionamiento al sistema político cubano y a los supuestos y divulgadísimos logros del gobierno insular. La música bordada en la almohada que invita al dulce sueño a través de los versos de una nana rusa[9] contrastan con el peligro acechante.

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Las referencias homoeróticas entre el niño cubano y el ruso son fundamentales para comprender la dimensión subversiva de la propuesta: aparecen en la pizarra, por ejemplo, los nombres de ambos unidos por un corazón rosa, la pluma rosa de la pieza 16 es otro guiño semejante. Pero la pieza fundamental dentro de este subtema es The Brief, Happy Story of How I Went From Red to Rose (obra número 15) en que el artista parodia un cartel de Fidel Castro y Nikita Khrushchev (c. 1963) donde aparecen ambos líderes con las manos enlazadas y levantadas en alto, con las banderas de ambos países al fondo, representando la amistad “eterna” cubano-soviética. Dashel Hernández, sin embargo, muestra a los dos niños (Javier y Aleksandr) frente a la pizarra donde están dibujadas las banderas cubana y rusa, representando otra forma de amor eterno entre Rusia y Cuba, esa que va del rojo comunista y épico al rosa homoafectivo. Tanto en las banderas de la pizarra como en los demás elementos que suelen aparecer en rojo (color propio de las insignias comunistas) este ha sido cambiado por el rosa.

En adición, las fotos en cartulinas sacadas de un álbum familiar, el cartel en el que debiera leerse “ya sé leer” y en su lugar dice “ya sé mentir” (obra número 9), el lobito multiplicado en las fotos como amenaza y símbolo de ternura a la vez, el televisor en la sala con muñequitos rusos (en específico con el filme de 1979 creado por Yuri Norstein Skazka skazok, es decir, El cuento de los cuentos, de donde proviene el pequeño lobo gris que es como el hilo conductor de toda la puesta) son algunos otros guiños irónicos y transgresores en los que, desde la prolijidad minuciosa, el autor se regodea, conmueve y divierte.

 

Además del diálogo de Hernández con el proceso creativo (que está presente en la película animada de Norstein), el motivo especular con repercusiones en lo biográfico asocia también la imagen del lobito con la labor artística de Dashel: en un instante, al inicio del filme, el lobito acerca su rostro a la pantalla y poco después se ve reflejado en la llanta de un coche. El niño de la película, mientras come una manzana de pie sobre la nieve, también se imagina entre las ramas nevadas compartiendo la fruta con las aves del árbol. De modo semejante Dashel Hernández trabaja con su propia imagen, se refleja y distorsiona en su repertorio fotográfico personal a través de la manipulación de las fotos y de la alteración o superposición de frases, objetos, personas dentro de un contexto que los resemantiza, en que conforman parte de un archivo histórico donde lo íntimo es el punto de partida.

Tal y como propone Plutarco al introducir la vida de Alejandro Magno (otro Aleksandr, tocayo del amigo ruso imaginario de Dash / Javier Antonio), el artista va de lo personal a lo político, porque “no escribimos historias, sino vidas; ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para pintar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades”. Dashel Hernández persigue contar la intimidad, el trauma y el conflicto cultural de un país y una época desde la habitación de un niño en que los asuntos políticos y bélicos nacionales e internacionales quedan reflejados y también reducidos a los soldaditos que en bandos separados se enfrentan en una amplia batalla sobre la alfombra de su cuarto, entre juguetes y sábanas[10].

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Como el enorme pez que vuela ante los ojos del gato, el tierno toro que salta, o el niño que imagina su doble sobre las ramas congeladas, el lobito es, tanto en el filme como en la muestra, símbolo de una ficción y del mundo fantástico y onírico de la infancia o de la vida en general, aunque los adultos sean más propensos a esquivarlo. Pero el lobito es incluso algo más, es el doble y su inversión, ese que menciona Ana Ajmátova en su poesía, como sospechando: “y en el espejo mi doble es tal vez mi contrario”. Y es, además, el símbolo de un deseo marcado desde el nacimiento, evidente en el bebé del filme que, desde el seno de la madre, descubre ese “animal extraño”, como lo llama Delfín Prats en uno de sus poemas:

un animal extraño me visita

sin anunciar su inesperado arribo

abre la puerta callado se desliza

por entre los objetos oscuros de mi cuarto

hasta alcanzar su sitio en el armario

entonces vuelve hasta mí su rostro

y se establece nuestro impasible juego

este animal conoce mis secretos ha visto

bajo mi piel segregaciones semejantes a su orina

ha sentido mi aliento abominable y en mis masturbaciones

se ha estremecido un tanto también poseso del deseo

él está hecho para andar por mí aún donde yo mismo me ignoro

evidenciando mis temores y mis aspiraciones

este animal era temible antes era un niño

malcriado una criatura hostil que despertaba

mi sueño en altas horas y en el cuarto contiguo

como para un concierto indeseable

el amor afinaba sus sordos instrumentos

ahora es distinto ese animal es todo para mí

es el amor el trago la costumbre que nos amamanta

el sitio predilecto un viejo amigo

que sabe su deber: un animal extraño

que siempre me visita y me sorprende[11]

Como Prats, Dashel hace de ese animal recién llegado, objeto de extrañeza, peligro, amenaza, pero también la bestia se vuelve “el sitio predilecto”, el amor, la encarnación de un deseo. El lobito es amenaza y prolongación de Javier Antonio[12]. El personaje del poeta, en el filme, un poco frustrado, deja sobre la mesa una hoja en blanco que el lobito va tomando en contra de la voluntad del propio bardo, la envuelve y sale corriendo con ella. Esa hoja, que luego se convierte en un recién nacido, es la que, como un espejo ustorio, como una superficie cóncava, ha querido entregarnos Dashel Hernández en su muestra. Niñez, reflejo y arte se conjugan en un acto casi por descuido, inesperado, y no por ello menos desconcertante y meticuloso. Tanto la película de Norstein como la muestra de Dashel Hernández descubren, se enfocan en lo cotidiano (una escena de interior, un almuerzo familiar, un juego infantil) la fusión de lo maravilloso y terrible, una forma de buscar en lo sutil y en apariencia afable otros modos de la compasión y el terror aristotélicos.

Dash 2

Se trata de lo que Fernando Pomares[13] llama “el vínculo” en su texto “Érase una vez Yuri Norstein: El vínculo”, donde asegura que hay una conexión entre “dos mundos distintos unidos por una fina capa, por algo invisible, materializado por ese instante en el encuentro”. Dashel Hernández utiliza al lobito por su naturaleza sígnica híbrida y contradictoria: el lobito que viene a llevarse al niño evidencia en la película “cómo la idea del rapto, una idea terrorífica para un niño, es a la vez una idea que arropa, porque sin ese sentimiento de miedo que proporciona el cuento uno no podría ser niño y por lo tanto se vería desarraigado”, como explica Pomares.

Esta exposición personal es también un homenaje de Dashel Hernández a la obra de Norstein y Francesca Yarbusova, a quienes lo une el uso de la pintura, el lirismo, la música y la imagen en sus otros posibles formatos y a quienes, por causalidades de la historia política cubana de las últimas décadas, lo unen lazos culturales que, a pesar de la distancia y las diferencias entre Rusia y Cuba, han comenzado siendo un capricho ideológico asfixiante, pero han terminado siendo, gracias a la obra y la sensibilidad de artistas como Tarkovsky y Norstein, todo lo contrario a lo que el poder político ha pretendido. En medio de sistemas totalitarios que siembran el temor y limitan las libertades y los derechos de los ciudadanos surge, por esa magia del arte que escapa a toda censura, un símbolo como este lobo, hijo tanto del miedo como del deseo. De la misma forma que Norstein en su película, Dashel Hernández organiza su muestra simulando el funcionamiento de la memoria humana, en su caso circunscribiéndose, en principio, al hogar de la infancia.

El lobito siempre ha estado ahí, incluso antes de verlo, antes de nombrarlo. Incluso antes de que alguien nos avisara de su acecho perenne.

College Station

18 de febrero de 2018

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Notas:

[1] El artista había realizado una exposición semejante en 2015 titulada Пусть всегда будет солнце (Quiero que haya sol siempre), en San Fernando 161, en su estudio personal, Camagüey, Cuba.

[2] La curadora María de Lourdes Mariño, en el catálogo de la muestra, explica que “esta exposición está basada en la mezcla de dos conceptos clave, el concepto de ‘cultura material’ (testimonio físico de una edad o período, un modo de acercarse a la historia leyendo los residuos que quedan a través de los objetos), y ‘memoria cultural’ (la construcción intangible de una idea del mundo, el legado que nos queda a través de la narrativa y la experiencia compartida de una comunidad específica). Como ha señalado el artista: Estoy interesado en crear una respuesta emocional y visual al mundo cambiante de mis memorias personales, como también a parte de la historia de mi país“.

[3] Como explica en el catálogo la curadora de la exposición, María de Lourdes Mariño, en cuanto al artista, “sin saberlo, su imaginación vivió atrapada en la lucha ideológica cubano-soviética en medio de la Guerra Fría”.

[4] Véase más adelante la viñeta en cuestión.

[5] Sobre la posible promesa de la nieve a Javier Antonio, el autor comenta: “Ahí hay una ambigüedad intencional: ¿la promete la madre?, ¿la promete Sasha?, ¿la promete la madre y es Sasha quien la envía?, ¿lo inventa Javier?, ¿Javier sigue esperando la nieve aun cuando sabe que su madre está muerta y se ha inventado todo esto?, ¿Javier se ha inventado a Sasha como alivio de la ausencia del amor materno? Ambigüedad total.”

[6] Esta es una de las viñetas escritas por el artista para la muestra. Apareció en el catálogo de la exposición.

[7] Sobre el tema de la nieve, bien merecería hacer un estudio dentro del arte y la literatura cubana. La cita de Arenas ha sido tomada de Reinaldo Arenas (2003): Antes que anochezca. Tusquets, p. 318.

[8] En cuanto a la censura de la película, en su artículo “Inside the world of the greatest living animator and the masterpiece he knows he may never finish”, Brian Phillips declara que “They know how to maneuver against the censors to keep him in theaters, if not in favor. When Tale of Tales was under review, the authorities assumed that it must be subversive, since they had no idea what it was about. But his friends anticipated this, and arranged for his past work to win an important state prize just before the new film went before the functionaries. That way, the censors could not ban Tale of Tales without attacking the judgment of the powerful prize committee; they fumed, but they let the film pass”. El artículo completo puede ser consultado en: http://www.mtv.com/news/interactive/yuri-norstein-the-little-gray-wolf-will-come/

[9] Esta nana rusa está considerada un clásico, su título es “Cossack Lullaby”.

[10] En otra de las viñetas escritas por el autor, en diálogo con la muestra, se lee:

– Javier Antonio, a comer, la mesa está puesta.

– Подожди пожалуйста бабушка, я играю!

– ¡Niño! ¿Pero tú me estás hablando en ruso?

– Espérate abuela, por favor, estoy jugando. Mira, es la guerra. Mis soldaditos están fajándose con el oso malo. ¿Ves? El tren se descarriló después del último bombardeo. Pero ya viene el Krasnaya Armiya. Sasha va montando su tanque. Mira, van a liberar Stalingrado. Y después Sasha vendrá a Cuba. Y nos haremos cosmonautas. Y vamos a ir a la estación Мир. Y vamos a jugar en la nieve. Y…

[11] El poema  citado de Delfín Prats suele aparecer bajo el título de “Litografía” o “Animal extraño”, y forma parte del primer poemario del autor titulado Lenguaje de mudos que mereció el Premio David de Poesía (1969), pero que fue censurado y destruido para que no circulase en la isla. En este cuaderno iniciático del poeta holguinero, el signo homoafectivo y las referencias a la cultura soviética son fundamentales y lo relacionan, por tanto, con la exposición que analizo. El poema se puede consultar en: Delfín Prats (2013): Obra poética. Hypermedia, p. 40.

[12] Algo semejante sucede con las vivencias del cineasta plasmadas en el filme, ya que, en el artículo antes citado, Brian Phillips explica: “The little gray wolf is scary but also comforting, a familiar phantom. He has noticed that a kind of strange potential seems to surround his everyday life. It waits just past the boundary of what he normally sees and hears, and though he does not see it or hear it, it is always there, as real to him as the fathers and mothers and brothers who never came out of the war”.

[13] El texto puede consultarse en: http://doctorbasura.blogspot.com/2012/09/erase-una-vez-yuri-norstein-el-vinculo.html

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Esta entrada fue publicada el febrero 19, 2018 por en Arte, Autores, Crítica, Fotografía.
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